«Esto os mando: que os améis unos a otros.» Juan 15:17.
Hay personas que pueden hablar de ciertos temas con notable propiedad. Percibimos al instante que el apóstol Juan, por ejemplo, podía con gran oportunidad insistir en las obligaciones del amor fraternal, ya que él mismo exhibía ese rasgo del carácter cristiano de manera tan conspicua. Y si Juan, debido a esta circunstancia, tenía un derecho especial para extenderse sobre tal tema, ¡cuánto más el bendito Jesús puede llamar la atención hacia él y convertirlo en un tema destacado de exhortación y ruego! Pues un Salvador amante que nos manda amarnos unos a otros, ¡con qué gracia especial podía hacerlo!
Pero este deber, por quienquiera que se lo inculque, es en sí mismo preeminentemente razonable. Si bien debemos mirar a todos nuestros semejantes con sentimientos de bondad y buena voluntad, es evidentemente incumbente para nosotros nutrir otras y más elevadas emociones hacia aquellos con quienes estamos unidos por vínculos espirituales. La familia de la fe debería ser mirada por nosotros con un afecto nada común.
Se nos dice que «todo el que ama al Padre, ama también a sus hijos». Amando a Cristo, amaremos a su pueblo; y lo amaremos en proporción justa al amor que le tengamos. Las líneas de un círculo, cuanto más se acercan al centro, más se acercan también entre sí. El imán no puede atraer hacia sí las partículas de hierro sin poner al mismo tiempo toda la masa en contacto directo. Y así ocurre con Cristo, el gran objeto central del sistema del evangelio: si vivimos cerca de Él, seguros estamos de sentir cercanía con todos los que están animados por su Espíritu y llevan su graciosa imagen. Y mientras Él es piedra de tropiezo y roca de escándalo para sus enemigos, es un imán para su pueblo, dispuesto en el día de su poder. Y así como somos atraídos a Él, así también, bajo la influencia de la misma atracción divina, seremos atraídos los unos a los otros. Eliminada la distancia entre nuestras almas y Él como la gran Cabeza, también quedará eliminada en relación con todos los miembros de su cuerpo místico.
Hemos de recordar que el amor a los hermanos no debe ser cuestión de mera teoría o de vago sentimentalismo, sino de carácter práctico. Dijo Jacob en su encargo de muerte acerca de uno de sus hijos: «Neftalí es una cierva suelta; da palabras hermosas». Y es de temer que el afecto fraternal de muchos consista por completo en expresiones amables; dan «buenas palabras», pero eso es todo. Las Escrituras, sin embargo, condenan del modo más enérgico el amor que existe solo de palabra y de lengua, y aprueban únicamente aquel que es de hecho y de verdad. De ahí que leamos acerca de «la obra del amor», y cuando este es genuino y vigoroso, sus obras serán abundantes; será «lleno de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad y sin hipocresía». El amor sin actividad es como el fuego sin calor; o como una sombra sin sustancia; o como una fuente sin corriente; o como un cuerpo sin alma. Lo que Santiago dice de la fe puede decirse del amor, su hermana virtud: «Si no tiene obras, está muerta en sí misma».
Hijo de Dios, busca el aumento del afecto fraternal. Entrégate cada vez más a sus compasivos impulsos. Codicia cada día el más rico de todos los lujos: el lujo de hacer el bien. Recuerda las palabras del Señor Jesús, cómo dijo: «Más bienaventurado es dar que recibir». Muchos de tus hermanos en el Señor, coherederos contigo de la herencia celestial, sufren grandes privaciones; ¿y no les extenderás, de tus medios más amplios, algún pequeño alivio? «Si alguien tiene bienes mundiales y ve a su hermano en necesidad, y cierra su corazón contra él, ¿cómo mora el amor de Dios en él?»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Brotherly Love
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.