Hay un mundo de consuelo encerrado en las sencillas palabras: «Él me conduce». Como ya hemos tenido ocasión de señalar más de una vez al aludir a esta misma figura pastoral, nuestras vidas no son una concurrencia fortuita de eventos y circunstancias; no somos como malas hierbas arrojadas a las aguas, sacudidas y zarandeadas en los remolinos del caprichoso accidente y del azar, con un futuro que nosotros mismos nos señalamos. Hay una mano y un propósito divinos en todo lo que nos sucede. La existencia de cada hombre es una biografía, escrita capítulo a capítulo, línea a línea, por el propio Dios. No es el mero boceto trazado por el Ser divino, que se nos deja completar; sino que todos los detalles minuculosos y delicados son insertados por él. Con solo considerar nuestra relación con él como criaturas, es imposible sostener por un momento el pensamiento de que podamos estar fuera de la guía de Dios, y hablar de una vida de autogobierno y autosuficiencia.
La compleja maquinaria del mundo exterior, la naturaleza inanimada y muda en todas sus partes integrantes, es sostenida por él. «Él pesa los montes en balanzas, y los collados en una medida». «Cuenta el número de las estrellas». Guía a Orión y a Arturo en sus magníficos desfiles. Si uno de estos astros fuera desplazado de su lugar, arrancado de su trono silencioso en los cielos, es bien sabido que el equilibrio y el perfecto balance del sistema material quedaría fatalmente perturbado; la devastación reinaría triunfante. ¿Y lo reconoceremos a él como guía de estrellas y planetas, y pasaremos por alto su soberanía sobre el espíritu humano? ¿Reconoceremos que es Señor en el universo de la materia, y no supremo en el imperio del pensamiento y de la voluntad humana? No; «su reino se enseñorea sobre todo». Ángel, arcángel, querubín y serafín; hombre, bestia, gusano: «todos estos esperan en ti».
Pero no es la doctrina de la soberanía general de Dios lo que en el versículo escogido para la meditación se nos llama a contemplar. Es a él como Pastor y guía de su rebaño redimido, y el modo y el método de su conducción: «Él me conduce por sendas de justicia». Esto no solo proclama que soy objeto de un pensamiento en el corazón de Dios, sino de un pensamiento amoroso. Es el Pastor empeñado en un propósito de amor en cada recodo intrincado del camino sinuoso. ¡Ay! sabemos que a veces nada hay más difícil de creer que esto. «¡Cómo!», decimos, «¿Dios guiándome como Pastor y guiándome en justicia? ¿Cómo puedo reconciliar con todo esto tanto de lo que resulta sorprendente y perplejo, tanto en mi propia experiencia como en el mundo que me rodea, donde veo el vicio ensalzado y la virtud pisoteada?»
Hay un hombre soberbio, mezquino, disoluto, indigno; un extorsionador, el opresor de los pobres. Dios lo conduce por uno de los caminos sonrientes del mundo; lo eleva a posiciones de influencia y distinción; la fama hace sonar ante él su broncínea trompeta; mientras que allá lejos hay un hombre de probidad y valía auténticas, de alto honor y filantropía sin límites, el amigo de los que no tienen amigos, cuya mano abierta acompasa con su corazón generoso, que puede contar una experiencia muy distinta. ¿Qué puede ser sino una fortuna caprichosa e indómita la que ha mecido sobre sus rodillas a aquel que así resulta indigno y de alma mezquina, y ha dejado al otro, en un momento de desgracia, despojado y mendigando; frustrando sus esperanzas, cercenando las alas de una honrosa ambición, despojándolo de sus bienes, estrellando sus naves contra las rocas, vaciando sus despensas y dejando a sus hijos sin un centavo?
«¿Puede ser aquel», dirá otro, «el camino de justicia, aquel camino que resuena con el lúgubre paso de la multitud funeral, cuando algún ser amado es llevado a su morada postrera? Mi inocente criatura me ha sido arrebatada; ¡oh!, ¿por qué tomar lo verde y perdonar lo maduro? ¿No podría más bien haber tomado el viejo árbol nudoso y decrépito, con su tronco hueco curtido por las tormentas de los años? ¿No podría más bien haber tomado la rosa con sus hojas marchitas y dispuestas a caer al suelo? ¿Por qué ha arrancado el botón que se abre; ha dejado la vejez con sus muletas, y ha despojado a la cuna de sus sonrisas?»
Silencia estos pensamientos ateos; lejos con estas sospechas indignas. Él «conduce en justicia». Él tiene una razón infinita para todo cuanto hace. No nos toca a nosotros intentar desentrañar el enredado hilo de la Providencia. Dios, con frecuencia, como el Jacob de antaño, bendice a los hijos de José con las manos cruzadas. Nosotros, en nuestra fe a medias ciega y de corto alcance, nos atreveríamos a dictarle y a prejuzgar la sabiduría y la rectitud de sus caminos. Somos tentados a decir con José: «No así, padre mío». Pero, como el antiguo patriarca, «él guía sus manos con intención».
Como ovejas de su prado, puede que no te esté conduciendo por la pradera luminosa ni por la ladera soleada; puede que se demore entre hierba raquítica; puede que te haga descender por algún espinozaral, que se hunda en lóbregas sendas del bosque, mientras acres de rica pradera soleada están cerca. Pero él ve lo que tú no veías; ve aquí una víbora; ve allí un león; ve aquí trampas; ve allí un precipicio. Te conoce mejor, te ama mejor que para ponerte en lugares resbaladizos y precipitarte a la perdición. Ve que, si aquella fortuna hubiera quedado intacta, si aquel sueño de ambición se hubiera cumplido, si aquel ídolo de barro no hubiera sido destronado, el corazón apartado se habría ido deslizando gradual, pero terriblemente, lejos de él.
Confía en él. En medio de tratos desconcertantes di: «Yo sé» (no puedes decir «yo veo»), pero deja que la fe diga: «Yo sé, oh Dios, que tus juicios son justos, y que en tu fidelidad me has afligido». Es el amor del pacto lo que te guía. Si eres conducido a las cumbres de la distinción, el honor y la prosperidad mundanas, ÉL te conduce; si por los valles humildes de la oscuridad y la pobreza, de la humillación y el dolor, ÉL te conduce. Tu vida es un plan del gran Dios; y este es el elemento más importante del plan: «Amado, deseo ante todo que te vaya bien y que tengas salud, así como le va bien a tu alma».
Salud, enfermedad; gozo, tristeza; éxitos, reveses; honores mundanos, humillaciones mundanas; recibir, entregar; sufrir, perder; en todo esto, él tiene en vista la prosperidad de tu alma. Mejor no tener ni dónde reclinar la cabeza, si el Pastor que te guía está contigo, que todas las vastas tierras del mundo sin él. Mejor el barril vacío y el puñado de harina, con Dios, que la copa llena y los techos dorados sin él. Mejor Lázaro con sus migajas y su esperanza de gloria, que el rico con su púrpura y sus manjares exquisitos, y sin cielo. Mejor aquel prisionero encadenado en el calabozo, que Nerón en su palacio. El uno era el dueño indiscutido del mundo, con su pie sobre el cuello de millones de súbditos; el otro era un judío desterrado, una oveja sin redil ni pasto en la tierra que pudiera llamar suyo; sin embargo, a su Pastor que lo guía podía decir: «Todo lo tengo y abunda». «Todos me abandonaron; pero el Señor estuvo a mi lado y me fortaleció, y fui librado de la boca del león».
Lo reconocemos: estas guías llenas de gracia muchas veces no son discernibles. No podemos comprender sus juicios; son un abismo, «un misterio grande». Puede que hayas visto las montañas sombrías que descienden en masas abruptas y escalonadas hacia algunos de nuestros apacibles lagos de las Highlands. Sus bases se pierden en las profundidades insondables de aquel espejo tranquilo; solo vemos sus reflejos temblorosos, nada más. Pero las montañas mismas son patentes a la vista. Así, si no podemos discernir ni comprender los juicios de Dios, reconozcamos la «justicia» que los dirige. Digamos en reverente adoración con el salmista, que parece haber tenido esta imagen hermosa ante sus ojos: «Tu justicia es como los grandes montes, tus juicios son un gran abismo».
¡Qué grandeza y dignidad, qué seguridad y firmeza daría a la vida si procurásemos siempre considerarla como una conducción del Pastor, Dios dando forma a nuestros propósitos y destinos, de modo que a dondequiera que vayamos, o a dondequiera que vayan nuestros seres queridos, él esté con nosotros! Aun en los viajes terrenales, si nuestro camino es el mar grande y ancho, «él da al mar su decreto»; vientos, olas y tempestades son la voz del Pastor. Si es el discurrir veloz por las vías del ferrocarril, con solo aquel finísimo hilo de hierro entre nosotros y la muerte, él frena el salvaje ímpetu del corcel de fuego; él pone el freno en su boca de hierro; él manda a sus ángeles que nos guarden y nos sostengan en todos nuestros caminos.
Si se trata de nuestra posición en el mundo; él mide cada gota de la copa, nos asigna nuestro lugar en su templo, llena o vacía nuestras arcas, deja desocupadas las sillas de nuestros hogares. Pero «¡ÉL nos conduce!». Él será aún su propio intérprete. No podemos tomar más que la vista cercana, limitada, terrena, de sus tratos; detengámonos a esperar las infinitas revelaciones de la eternidad.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: 11 — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.