La vida de Cristo para cada día

El mejor vino guardado hasta el final

En las bodas de Caná, Jesús manifestó su gloria transformando el agua en vino y mostrando que él reserva lo mejor para el final de sus redimidos.

El Señor Jesús comenzó su ministerio con un milagro. Varios de sus discípulos contemplaron esta demostración de su poder. Es probable que Natanael fuera uno de ellos; pues aunque no se le menciona en la lista de los doce apóstoles, generalmente se supone que Bartolomé, el apóstol, era la misma persona que Natanael. Cuando Jesús llevaba tres días en Galilea, fue a unas bodas. Es claro, por tanto, que hay festines a los cuales no es pecaminoso asistir. Estamos seguros, sin embargo, de que Jesús no habría ido a un banquete donde hubiera profanidad, embriaguez o desorden; ni los recién casados habrían invitado a un huésped tan santo, si hubieran tenido intención de ofrecer un festín impío. El vino era la bebida común de la tierra de Canaán, y no era tan fuerte como el vino que se usa en este país, mezclado con aguardiente. Como las uvas crecían en los campos de Canaán, el vino era tan barato que incluso los pobres podían beberlo. Es probable que los recién casados fueran pobres, porque Jesús mismo, así como sus discípulos, era pobre, y él aún no se había hecho célebre como profeta. La pobreza pudo impedirles proveer suficiente vino para los invitados. Cuando se agotó la provisión, la madre de Jesús le habló como si esperara que su hijo proporcionara más vino mediante un milagro; dijo: «No tienen vino.» La respuesta del Señor puede parecer irrespetuosa, pero no lo era. En los países orientales «mujer» es un título tan respetuoso como «señora» lo sería aquí; incluso a las princesas se las dirige así. Cuando Jesús dijo: «Mujer, ¿qué tengo que ver contigo? Mi hora aún no ha llegado,» quiso mostrar a su madre que, aunque la había obedecido en las cosas comunes, no podía ser dirigido por ella en los asuntos de su Padre celestial. Ya se lo había dicho cuando era niño, y fue hallado por ella en el templo. Los romanistas, por tanto, se equivocan mucho cuando ruegan a María que mande a su Hijo otorgarles bendiciones. ¿Y no nos equivocamos también nosotros cuando nos atrevemos a dictar a Jesús? Cuando pensamos que él debería darnos alguna bendición o quitarnos alguna aflicción. Cuando así pensemos en nuestros corazones, oigamos a Jesús dirigiéndonos estas palabras: «¿Qué tengo que ver con vosotros? Mi hora aún no ha llegado.» Quizá él se proponga hacer lo que deseamos; pero no debemos apresurarle, su propio tiempo es el mejor. La madre de nuestro Señor aún esperaba que su Hijo hiciera alguna obra admirable, y dijo a los siervos: «Todo lo que os diga, hacedlo.» Este fue un mandato seguro. Podemos decirlo unos a otros en todo tiempo: «Todo lo que os diga, hacedlo.» Sabéis que los judíos tenían muchas costumbres acerca de purificarse o lavarse; algunas fueron mandadas por Dios y otras inventadas por los hombres. Siempre guardaban grandes tinajas de agua en sus casas. Estas tinajas Jesús mandó a los siervos que llenaran; ellos obedecieron sin cuestionar, y aun sacaron el agua para entregarla al maestresala, sin saber qué presentaban. Las tinajas se llenaron hasta el borde, de modo que era evidente que no podía haberse añadido vino en secreto al agua.

El maestresala era un hombre a quien el novio le había confiado el manejo del banquete. Se sorprendió al probar un vino tan excelente, y llamando al novio expresó su asombro de que hubiera guardado el buen vino hasta el final, cuando los hombres suelen dar primero el mejor vino, pues el sabor se disfruta más al comienzo de un festín. En estas palabras, el maestresala dio testimonio, sin proponérselo, de la excelencia de las obras de Cristo, y rindió su testimonio a la perfección del milagro. ¡Cuán benévolo milagro fue este! Manifestó el tierno cuidado de Cristo por nuestro consuelo aun en las cosas más pequeñas; aunque no quiso convertir las piedras en pan para saciar su propia hambre, convirtió el agua en vino para proveer a los invitados del banquete de bodas. Pero su principal propósito al obrar este milagro fue manifestar su gloria como Hijo de Dios, para que su pueblo creyera en él para vida eterna. Él puede otorgarnos aquel vino que alegrará nuestros corazones por toda la eternidad.

Todos los que acuden a él hallarán razón para decir: «Has guardado el buen vino hasta ahora.» Es su método guardar las mejores cosas para el final; pero es el método de Satanás hacer lo contrario. Los hijos de este mundo tienen primero sus mejores cosas. Hallan que la vida se va oscureciendo cada vez más a medida que avanzan; sus días de juventud son los más felices (ellos mismos lo confiesan); pronto los abruman los cuidados, los deprimen las decepciones, los sorprenden las dolencias; la lobreguez aumenta sin cesar, hasta terminar en la oscuridad de la tumba. Tal es la porción del hombre mundano. Satanás da primero el buen vino, y luego aquel que es peor. ¡Cuán miserable porción es el mundo! Cristo procede de manera contraria: «La senda de los justos es como la luz resplandeciente, que va en aumento hasta que el día es perfecto.» Todo verdaderamente santo halla que su felicidad crece con su edad; de modo que no querría ser como fue una vez, ni aun por volver a poseer juventud, salud, parientes y consuelos que ahora puede haber perdido. Cuanto más santo se vuelve, más feliz se siente. Aun en la tierra comienza a decir: «Has guardado el buen vino hasta ahora.» ¿Qué dirá entonces en el cielo, cuando beba del fruto de la vid con su Salvador; es decir, cuando participe de la dulzura del amor redentor en toda su perfección? Esta felicidad se nos ofrece. ¿La rechazaremos, prefiriendo buscar nuestra dicha en un mundo que se marchita entre nuestras manos?

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Jesus turns water into wine

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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