La importancia del milagro de los panes y los peces se muestra en el hecho de que es el único de los milagros que los cuatro evangelistas registran. Jesús buscaba descanso para sus discípulos, que estaban muy cansados, mostrando así su solicitud por ellos, y los llevó aparte. Pero el descanso anhelado no se hizo realidad, pues la gente acudía en multitud tras Él y en poco tiempo una gran muchedumbre se agolpaba a su alrededor, interrumpiendo su reposo y llamándolo a ministrar de nuevo a las personas.
Un cuadro de la galería de Doré representa a una gran multitud de personas, ricos y pobres, jóvenes y ancianos, reyes y campesinos, todos volviendo miradas suplicantes hacia una lejana Figura. Es el Cristo, vestido con ropas de deslumbrante blancura, llevando una cruz, y con la mano en alto llamando a estos corazones quebrantados y cargados de tristeza a que vengan a Él para hallar descanso. Este es siempre un retrato verdadero de Jesús. Él invita a sí a todos los cansados y necesitados. Dondequiera que Él está, los que tienen hambre espiritual o están en angustia son atraídos a Él. Así era en los antiguos días de Galilea. Apenas podía Él conseguir un momento de descanso o de quietud. La gente lo seguía hasta sus retiros cuando Él buscaba estar a solas. Interrumpían incluso cuando Él estaba orando. Sigue siendo cierto que hay algo en Cristo que atrae a todos los hombres hacia Él. Él tenía algo que dar a los hombres, algo que necesitaban y que nadie más podía darles.
Jesús se preocupa de nuestras necesidades físicas tanto como de las espirituales. Cuando vio la multitud a su alrededor en el desierto, su corazón se conmovió de compasión por ellos. A veces olvidamos esta parte del cuidado de Cristo por nosotros. Sabemos que Él cuida de nuestras necesidades espirituales y tiene gracia dispuesta para cada necesidad; pero con demasiada frecuencia olvidamos que nuestras necesidades corporales también están en sus pensamientos. Muchas personas ni siquiera oran a Dios por sus asuntos seculares; no le piden ayuda en sus negocios ni en los asuntos de su hogar. Pero en realidad nada de lo que nos concierne le es indiferente. Aquel que alimenta a las aves hambrientas cuidará también de sus hijos.
Jesús habló del asunto de dar de comer a esta gente a Felipe, preguntándole qué debían hacer. El relato dice que hizo esto para probar a Felipe. Jesús prueba continuamente a sus discípulos, los somete a prueba para sacar a luz su fe y entrenarlos en el servicio. Él envía constantemente a nosotros casos de necesidad para ver si los ayudaremos, y para que aprendamos cómo ayudarlos. Desea despertar nuestro interés, nuestro amor, nuestra simpatía, nuestra ternura, nuestra solicitud, y enseñarnos a hacer las obras de misericordia que Él nos deja hacer en este mundo. Los discípulos no veían ninguna manera posible de alimentar a la multitud en el desierto, y sin embargo el Maestro quería que ellos los alimentaran. Lo poco de ellos, bendecido y usado, resultó suficiente. Pensamos que no podemos satisfacer las necesidades y los hambres que se nos presentan, pero sí podemos, si queremos. No parece que podamos hacer mucho, pero incluso nuestras pocas palabras dichas con amabilidad, nuestras lágrimas de simpatía, nuestra expresión de amor, Él puede usarlas para hacer gran bien a los cansados y desmayados que tenemos delante.
En respuesta a la pregunta de nuestro Señor: "¿Cuántos panes tenéis? Id y ved." Andrés encontró en la compañía a un muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos pececillos. Feliz muchacho, de estar aquel día entre la multitud con su canasta de provisiones. Por qué llevaba consigo las provisiones no se nos dice. Su pequeña provisión fue aceptada y usada por Cristo en la realización de una gran obra de bondad. Este incidente muestra el bien que incluso un niño con Cristo puede hacer. Fue una joven la que llevó a Siria la noticia del poder del profeta, lo que condujo a la sanidad de la lepra del orgulloso general (véase 2 Reyes 5). Todo niño que estudia la historia debería quedar impresionado por el hecho de que, aun con sus pequeñas posesiones, puede hacer grandes cosas cuando Cristo trabaja con él y lo usa.
Debemos estudiar con cuidado el método de este milagro. Hubo varios pasos. Para empezar, los discípulos llevaron los panes a Jesús. Si no lo hubieran hecho, si hubieran comenzado a alimentar a la gente con lo que tenían, sin llevarlo primero al Maestro para su bendición, no habría llegado muy lejos. Debemos llevar nuestros pequeños recursos a Cristo y ponerlos en sus manos, para que Él los use. Cuando hemos hecho esto, nadie puede medir el bien que puede realizarse, aun con las habilidades más pequeñas. Cualquier cosa que tengamos en la mano, podemos usarla para Dios, y Él pondrá en ella su poder. Entonces cumplirá la voluntad de Dios. Nunca debemos decir que no podemos hacer nada con nuestra pequeña habilidad o recursos. Dios no depende del poder humano.
Notemos lo que Jesús hizo al realizar esta señal. Primero, hizo que la gente se sentara, para que estuvieran quietos. No habrían podido ser alimentados mientras se movían en medio de la multitud. Debemos hacer nuestra obra de manera ordenada. Debemos estar quietos y en calma si queremos que Cristo nos alimente. Luego, cuando la multitud estuvo en silencio, Jesús dio gracias y bendijo los panes antes de darlos a los discípulos. La bendición de Dios enriquece. Debemos orar continuamente para que el toque de Cristo esté sobre nosotros y sobre las cosas que hacemos. La carta que escribes a un amigo desanimado, ponla primero ante Cristo para su bendición, y entonces llevará consuelo y aliento. Las flores que llevarás a una habitación de enfermo, haz primero una breve oración para que la bendición de Cristo esté sobre ellas, para que vayan cargadas con la fragancia de su amor. Entonces su poder para hacer el bien se multiplicará.
Se nos dice en los otros relatos evangélicos que Jesús partió el pan antes de dar el alimento a los discípulos. El pan debe partirse antes de poder comerse. El cuerpo de Jesús tenía que ser quebrantado antes de poder convertirse en pan para el mundo. A menudo Jesús debe quebrantarnos a nosotros y a nuestros dones antes de poder hacernos alimento para otros. Pensemos también en la responsabilidad de los discípulos aquel día. Jesús pasó el pan por sus manos a la multitud hambrienta que estaba más allá de ellos. Si solo se hubieran alimentado a sí mismos con lo que Jesús les dio, sin transmitirlo, no habría habido milagro y los miles de hambrientos sentados en la colina no habrían sido alimentados.
Nosotros somos ahora los discípulos, situados entre el Maestro y la gente hambrienta. A nuestras manos llegan las bendiciones del evangelio, y debemos transmitirlas a los que nos rodean y a los que están más allá. Si solo nos alimentamos a nosotros mismos, si tomamos el consuelo y la gracia para nuestras propias vidas y no transmitimos el pan partido, hemos defraudado a nuestro Maestro y hemos fallado en nuestro deber como sus ayudantes y colaboradores, dejando además sin alimento a la gente que espera.
Después del milagro, tenemos una lección sobre frugalidad y cuidado. Se mandó a los discípulos que recogieran los fragmentos que sobraron, para que nada se perdiera. "No desperdicies, no carecerás", dice el proverbio. Parece notable que Aquel que con tanta facilidad podía multiplicar los pocos panes en una comida para miles, fuera tan cuidadoso con guardar los fragmentos que quedaron. Pero Él quería enseñarnos economía con su propio ejemplo. No importa cuán grande sea nuestra abundancia, nunca deberíamos desperdiciar nada. Después de haber comido en nuestras mesas, siempre hay personas hambrientas que se alegrarían con los pedazos que sobran.
Un día Thomas Carlyle se detuvo de pronto en un cruce de calles y, agachándose, recogió algo del lodo, aun a riesgo de ser derribado y atropellado por los vehículos que pasaban. Con sus manos desnudas frotó suavemente el lodo del objeto. Luego, casi con reverencia, lo llevó hasta la acera y lo depositó en un lugar limpio del bordillo. "Esto", dijo el anciano con un tono de ternura que rara vez usaba, "es solo una corteza de pan. Sin embargo, mi madre me enseñó a no desperdiciar nada; sobre todo, el pan, más precioso que el oro. Estoy seguro de que los gorriones o un perro hambriento obtendrán alimento de este trozo de pan."
La lección sobre el pecado del desperdicio se aplica a otras cosas además del pan: a los fragmentos de tiempo, de energía, de influencia, de afecto. Muchas personas desperdician años enteros a lo largo de su vida en los pequeños fragmentos que pierden cada día: un minuto aquí, cinco minutos allá, y diez minutos más tarde. Si, al final de un año, pudieran recoger todos estos fragmentos que han desperdiciado, tendrían muchas canastas de tiempo dorado en las que podrían hacer mucho bien. En la casa de moneda, donde se fabrican las monedas de oro y plata, los barridos de los pisos se examinan cuidadosamente en busca de finas partículas de metales preciosos; y se dice que durante un año se recuperan grandes sumas de esta manera. Si tan solo aprendiéramos a no desperdiciar nada de lo que pasa por nuestras manos, seríamos mucho más ricos al final de nuestra vida, y el mundo sería más rico por nuestro vivir. ¡Debemos recoger los fragmentos, aun el polvo de oro más fino, para que nada se pierda!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Miracle of the Loaves and Fish
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.