Horas devocionales con la Biblia — volumen 5

El niño Jesús en el templo y el valor de una vida sencilla

Al recordar que Jesús fue niño y vivió en humildad en Nazaret, descubrimos que la vida ordinaria, el trabajo y la obediencia son lugares donde la gracia de Dios se manifiesta y nos forma.

Después de la presentación en el templo vino el episodio de la visita de los Magos, registrado solo en el Evangelio según Mateo, seguido por la huida a Egipto y luego la matanza de los niños por parte de Herodes. Cuando María, José y el Santo Niño regresaron de Egipto, fueron a Nazaret, donde permanecieron hasta que Jesús tuvo treinta años. De estos años no tenemos ningún relato, salvo este único incidente de la visita a Jerusalén. La vida en Nazaret era tranquila y sin acontecimientos destacados. Cada año María y José iban a la Pascua, pero hasta que cumplió doce, Jesús no salió de su hogar.

El recordar que una vez Él fue niño, y que ahora en el cielo no ha olvidado las experiencias de su infancia y niñez terrenal, acerca a Jesús a los pequeños. Su familia era pobre, y no contaba con las comodidades que muchos niños disfrutan hoy en día. No tenía ninguna de las oportunidades que nosotros tenemos. No había libros, revistas ni periódicos. Oía leer las Escrituras cada sábado en la sinagoga, y en su hogar se le enseñaban las palabras de Dios. A los trece años comenzó a aprender el oficio de carpintero, y desde entonces hasta su bautismo podemos imaginarlo trabajando cada día en la carpintería. Es un consuelo, para quienes hoy deben trabajar duramente, recordar que Jesús trabajó en un oficio común, sin duda con largas jornadas y escasa paga.

Las palabras que describen el crecimiento del niño Jesús nos muestran que no hubo nada extraordinario ni inusual en su vida en aquel entonces, al menos en lo que la gente podía ver. No había nada fuera de lo común en su niñez. Los artistas pintan aureolas alrededor de su rostro en sus cuadros, pero no había tal aureola cuando Él descansaba en los brazos de su madre. Cuando los pastores fueron a buscar al recién nacido, no lo reconocieron por señales de divinidad, sino porque estaba envuelto en pañales y acostado en el pesebre. En su infancia fue tan indefenso como cualquier otro bebé. Pasaron meses antes de que pudiera hablar, y cuando comenzó a hacerlo, al principio solo balbuceaba como un niño pequeño, mientras su madre le enseñaba. Sus lecciones no le llegaban sin esfuerzo: tenía que trabajar duro para aprenderlas.

Cuanto más nos acerquemos al camino de la naturaleza al pensar en la hermosa infancia de Jesús, mejor comprenderemos la verdad de ella. Las cosas que les suceden a los niños en nuestros días le sucedieron a Él. Un artista pintó un cuadro de Jesús en el hogar de Nazaret como un pequeño en una carpintería. Se ha cortado el dedo y acude a su madre para que se lo cure. Sin duda, esa escena fue realidad en su vida más de una vez. La principal diferencia entre el niño Jesús y los demás niños era que Él siempre hacía lo que se le pedía, nunca fue descortés, insolente ni hosco, sino que mostraba siempre un rostro dulce y sonriente, guardando siempre el amor en su corazón.

Lucas nos dice que "el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él". Muchos niños crecen bien en el cuerpo, pero Jesús crecía también en sabiduría. En este aspecto, cada niño debería ser como Él. Es una vergüenza crecer en la ignorancia. Niños y niñas deben estudiar a fondo sus lecciones, aprovechando toda oportunidad para adquirir sabiduría mediante la observación, la lectura y la reflexión. Un proverbio oriental dice: "Abre bien tus faldas cuando el cielo llueve oro". En verdad, el cielo está lloviendo oro en los días de escuela de los niños que tienen las oportunidades que la mayoría de los niños en países cristianos poseen. Además, se nos dice que la gracia de Dios, es decir, el favor y la bendición divinos, estaban sobre Jesús.

El relato de la primera Pascua de Jesús es muy hermoso. Tenía doce años. María y José habían ido a la fiesta cada año, pero hasta entonces Jesús se había quedado en casa. Su asistencia este año fue un gran acontecimiento en su vida.

El incidente de la pérdida de Jesús por parte de su madre es muy interesante. Podemos comprender con facilidad cómo no echó de menos hasta que llegó la noche, pensando que se encontraba en algún lugar de la caravana. Muchas personas pierden a Cristo. A veces, como María, no saben que lo han perdido hasta que han avanzado bastante en su camino. Hay hogares donde Cristo fue una vez el invitado, pero en los que ya no habita. Él no dejó el hogar: fue afligido y ahuyentado por la indiferencia, por la incredulidad o por el pecado. Hay personas que una vez caminaron en estrecha intimidad y amistad con Cristo, pero que ahora ya no lo tienen con ellas. Lo han perdido en el camino, quizás por las preocupaciones de los negocios o del hogar, o por los placeres mundanos. Sea cual fuere la manera en que Cristo se haya perdido de nuestra vida, no debemos descansar hasta que lo hayamos encontrado de nuevo.

Por fin la madre encontró a Jesús en el templo, en medio de los maestros. Estaba profundamente absorto en lo que aquellos hombres le decían, escuchando sus palabras y haciéndoles preguntas con avidez. La lección para los jóvenes es que también ellos deben interesarse profundamente en la Biblia, deseosos de aprender todo lo posible de sus verdades por todos los medios.

La madre de Jesús le reprendió por haberse apartado de ella. "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia". Su respuesta fue muy sencilla y, sin embargo, mostraba que estaba entrando en una nueva etapa de su vida: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" No habrían tenido que preguntarse dónde estaba. ¿Acaso no sabían que Él estaría con seguridad en la casa de su Padre? Es algo bueno cuando el corazón de un joven lo atrae hacia los lugares de instrucción o de adoración, donde encuentra compañías que lo elevan y lo ayudan. Nos volvemos semejantes a las cosas que amamos. Si amamos lo puro, creceremos puros. Si amamos lo celestial, creceremos con mente celestial. Si amamos la Biblia, sus palabras penetrarán en nuestros corazones y permearemos toda nuestra vida, transformándola. Si amamos la casa del Padre en este mundo, estaremos preparados para la casa del Padre en el otro.

José y María no entendían al niño que Dios les había dado para criarlo. A pesar de toda su belleza y sencillez de carácter, apareció ahora en Él algo que los dejó asombrados. Tampoco podían comprender sus palabras. Así fue durante toda su vida: sus amigos no lo entendían. Se quedaban perplejos al ver su vida y escuchar sus palabras. Pensaron que su muerte era derrota y fracaso, ¡y todas sus esperanzas acerca del Mesías perecieron aquel día en la cruz! Solo cuando resucitó comenzaron a entender el significado y el misterio de su muerte. Aun hoy, los amigos de Cristo a menudo no logran entenderlo. No pueden ver cómo las pruebas, las decepciones y los dolores de sus vidas pueden contener amor divino. Algún día lo comprenderán.

Tenemos aquí un hermoso destello de la vida hogareña de Jesús, desde los doce hasta los treinta años. Se apartó tranquilamente del templo y regresó a Nazaret con José y su madre, y allí tomó y conservó el lugar de un niño, obedeciendo a sus padres y mostrándose en todo dutiful, reverente y servicial. Descubrió que la niñez en un hogar humilde era un espacio suficientemente amplio para el ejercicio de su vida bendita.

Robert Browning, en uno de sus poemas, presenta a Gabriel ocupando el lugar de un niño pobre y trabajando en su oficio humilde con el mismo contento que si estuviera desempeñando el más alto servicio del cielo. Pero aquí hay algo más sublime aun que la fantasía del poeta: ¡el Hijo de Dios mismo trabajando durante dieciocho años como carpintero, con paciencia, dulzura, sencillez y sin descontento!

¿Podría algún niño de corazón sincero, por grandes que sean sus dones, considerar indigno el lugar infantil en el hogar, o un lugar demasiado humilde, demasiado pequeño para el uso de sus talentos?

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Boy Jesus in the Temple

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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