Este es el último discurso que se registra y que nuestro Salvador pronunció en presencia de sus enemigos. ¡Cuán alarmante es! Sin duda, aquellos pecados deben ser muy peligrosos que arrancaron tales advertencias del manso y bondadoso Salvador. La primera parte del discurso no fue dirigida a los fariseos mismos, sino a los discípulos y a la multitud. El Señor los previno contra imitar el ejemplo de sus maestros. En cuanto a sus instrucciones, esta fue la regla establecida. Cuando los fariseos se sentaban en la cátedra de Moisés, es decir, cuando leían los libros de Moisés en la sinagoga al pueblo, entonces debían ser escuchados. Sabemos que sus interpretaciones FALSAS no debían recibirse, pues nuestro Salvador en una ocasión los reprendió por enseñar como doctrinas los mandamientos de los hombres (Mateo 15:9). Por eso percibimos cómo debemos entender las palabras del versículo 3: «Todo, pues, cuanto os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo». Todas las instrucciones que daban y que concordaban con la palabra de Dios, el pueblo estaba obligado a observar, por malvados que fueran sus maestros.
El Señor mandó luego al pueblo que no imitara el ejemplo de los fariseos: «No hagáis conforme a sus obras». Somos propensos a imitar a quienes admiramos. El pueblo admiraba sobremanera a los fariseos, porque no podía discernir sus motivos. Era el ORGULLO. Todo lo que hacían era para ser vistos por los hombres; por tanto, todo lo que hacían era abominable a Dios. Las filacterias, aquellas tiras de pergamino en las que se escribían textos de la Escritura, eran inofensivas en sí mismas, pero los fariseos las llevaban con el malvado deseo de ganarse la admiración de los hombres mediante una apariencia de piedad. Los bordes, o franjas en los vestidos, estaban incluso mandados por Dios en la ley. En Números 15:38 se ordenaba a los israelitas poner franjas, o bordes, en sus vestidos, y sobre las franjas un cordón azul, para que al mirarlo se acordaran de todos los mandamientos del Señor. Cristo no los reprendió por llevar estos bordes, sino por llevarlos para ser vistos de los hombres; tampoco los censuró por sentarse en los lugares más honorables en los banquetes o en la sinagoga, sino por AMAR sentarse allí.
Es natural en los hombres desear ser notados y admirados. Incluso los cristianos sienten este deseo, pero no lo cultivan; no, lo aborrecen, oran contra él y se esfuerzan por vencerlo. Cuantas veces nos sintamos mortificados porque nos han pasado por alto, o exaltados porque nos han notado, deberíamos lamentar ante el Señor el orgullo de nuestros corazones. ¿Por qué es el orgullo tan ofensivo a los ojos de Dios? Porque lleva a los hombres a desear ocupar el lugar de Dios. El orgullo nunca se satisface. Si un hombre ganara la admiración de cien personas, desearía ganar la de cien más, y sus deseos no se detendrían hasta ser objeto de homenaje universal, hasta ocupar el trono del Todopoderoso. No es de extrañar que Dios aborrezca un pecado que pretende destronarlo a él y volver miserable a toda su creación. La felicidad del universo depende de que Dios esté sentado en su propio trono y de que todas sus criaturas se sometan a su gobierno. Dios tiene que humillar a todo aquel que quiere salvar. Si hemos de ser salvos, tenemos que ser humillados. Poco saben las personas lo que hacen cuando fomentan el orgullo en los niños. Muchos de los métodos comunes de educación están calculados para alimentar esta peligrosa pasión. El deseo de ser el primero se fomenta por múltiples artificios, cuando todo medio debería usarse para frenar el amor a la distinción en el corazón joven. Nada puede someterlo tan eficazmente como el Evangelio de Cristo. Allí el hombre aprende que es un ser contaminado y que nada sino la sangre del Salvador crucificado puede lavar sus manchas. ¿Creemos esta doctrina humillante? Entonces recordemos las palabras del apóstol Pablo: «Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre» (Ef. 4:2).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ warns the people against the pride of the Pharisees
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.