Es un pensamiento dulce que Jesucristo no salió sin el permiso, la autoridad, el consentimiento y la asistencia de su Padre. Fue enviado por el Padre para ser el Salvador de los hombres. Con demasiada frecuencia olvidamos que, si bien hay distinciones en cuanto a las personas de la Trinidad, no las hay en cuanto al honor. Con harta frecuencia atribuimos el honor de nuestra salvación, o al menos la profundidad de su benevolencia, más a Jesucristo que al Padre. Esto es un error muy grande. ¿Qué si Jesús vino? ¿Acaso no lo envió su Padre? Si habló maravillosamente, ¿no derramó su Padre gracia en sus labios, para que fuera un ministro idóneo del nuevo pacto?
Quien conoce al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como debiera conocerlos, nunca antepone uno a otro en su amor; los ve en Belén, en Getsemaní y en el Calvario, todos igualmente ocupados en la obra de la salvación. Oh cristiano, ¿has puesto tu confianza en el hombre Cristo Jesús? ¿Has depositado tu confianza solo en Él? ¿Y estás unido con Él? Entonces cree que estás unido al Dios del cielo.
Puesto que eres hermano del hombre Cristo Jesús y mantienes con Él la más estrecha comunión, por ello estás en unión eterna con Dios. El Dios eterno, «el Anciano de días», es tu Padre y tu amigo. ¿Has considerado alguna vez la profundidad del amor en el corazón de Jehová, cuando Dios el Padre equipó a su Hijo para la gran empresa de la misericordia? Si no, que este sea el tema de tu meditación de hoy. ¡El Padre lo envió! Contempla ese asunto. Piensa cómo Jesús obra lo que el Padre quiere. En las heridas del Salvador moribundo, ve el amor del gran YO SOY. Que cada pensamiento de Jesús se vincule también con el Dios eterno, siempre bendito, porque «Quiso el Señor quebrantarlo; le ha afligido.»
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: February 5 — Morning
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.