La vida de Cristo para cada día

El Padrenuestro, modelo de toda oración verdadera

Esta oración, enseñada por el propio Salvador, ofrece un modelo para acercarnos al Padre con reverencia, presentando primero el anhelo de su reino y luego nuestras necesidades cotidianas.

Esta oración nos resulta tan familiar que corremos el gran peligro de no considerar su profundo significado. Una oración enseñada por nuestro bendito Salvador debiera captar nuestra más profunda atención. Si tan solo se nos hubiera dicho que tal oración fue dada, sin haber escuchado jamás sus palabras, ¡con cuánto anhelo desearíamos oírlas!

No debemos suponer que estamos obligados a usar esta oración cada vez que oramos. Jesús dijo: «Orad de esta manera». Encontramos en ella un modelo para nuestras oraciones. Vemos cómo debemos dirigirnos a Dios y qué clase de peticiones podemos presentarle. El título que se nos permite darle es el más tierno que pueda concebirse: Padre nuestro. Él es nuestro Padre porque nos creó a su imagen; pero por el pecado nos hicimos hijos del diablo. ¿Cómo, pues, somos restituidos a nuestro Padre? Por Jesucristo. Él se hizo nuestro hermano en la carne, para que nosotros fuéramos sus hermanos en el espíritu. Nos hace hijos de Dios por la fe en él. Por eso dijo a María Magdalena, después de resucitar: «Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».

Nuestro Padre es también un rey; pero un rey destronado. Sus súbditos se han levantado en rebelión contra él. Por eso sus hijos le ruegan que regrese. Su retorno es el anhelo más entrañable de sus corazones. Es gran señal de fidelidad en los súbditos mantener su lealtad a un soberano desterrado. En tal tiempo es peligroso ser fiel; pues si fueran descubiertos enviando cartas a su monarca, invitándolo a tomar posesión de su trono, serían tenidos por enemigos por sus compatriotas rebeldes. Sin embargo, los súbditos fieles trazarían sin cesar planes para la restauración de su legítimo soberano, y correrían todos los riesgos antes que abandonarlo. Así sienten y actúan los hijos de Dios mientras viven en el mundo. Su deseo es que el nombre de su Padre sea santificado, alabado y adorado; que su reino venga y que su voluntad se haga en la tierra como en el cielo. En sus oraciones expresan este deseo primero, y se esfuerzan por promover su cumplimiento persuadiendo a los hombres a someterse a su rey. Y no serán defraudados sus deseos ni sus esfuerzos, porque un día Dios será rey sobre toda la tierra. Vemos, pues, que solo los convertidos pueden ofrecer esta oración con sinceridad, porque ninguno que no lo esté anhela que Dios sea reconocido como rey.

Las peticiones siguientes se refieren a cuanto deseamos para nosotros mismos. En primer lugar pedimos el pan; no una gran provisión, sino el pan de cada día. Luego pedimos el perdón de los pecados, declarando al mismo tiempo que hemos perdonado a otros sus ofensas contra nosotros. Así vemos que esta oración no conviene a quienes en su corazón albergan odio y venganza; pues si no perdonamos a los que nos ofenden, cada vez que la usamos estamos pronunciando nuestra propia condenación y pidiendo a Dios que no nos perdone.

Habíamos notado que esta oración solo conviene a quienes aman a Dios, porque piden que su reino venga y que su voluntad se haga. Ahora vemos que solo conviene también a quienes aman al hombre; y sabemos que quienes aman de veras a Dios aman también a sus semejantes. Estos son los dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Cuando los hombres creen en Cristo reciben un corazón nuevo y comienzan a amar a Dios y al hombre. Entonces esta oración les cuadra. Aún tienen pecados que perdonar, y es el sentido de la gracia de Dios al perdonarlos lo que les hace tan prontos a perdonar a otros. Cuando Dios les ha perdonado una deuda de miles de talentos, ¿cómo pueden exigir a sus semejantes una deuda de unos pocos centavos! Sienten que nadie ha actuado hacia ellos con tanta ingratitud como ellos hacia Dios, y así se les cierra la boca para lanzar reproches contra sus semejantes.

El pecador arrepentido aborrece el pecado. Puede decir desde el corazón: «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal» (o del maligno). Por naturaleza nos deleitamos en la tentación y en el mal. Todos nuestros placeres son tentaciones; siempre corremos hacia ellas y las anhelamos. Pero el cristiano teme la tentación; por eso no desea ser rico, ni correr con las multitudes, ni obtener grandes aplausos, porque sabe que podría ser tentado a volverse orgulloso, necio y a olvidarse de Dios.

La oración termina como comenzó: con la alabanza a Dios. Tuyo es el reino, el poder y la gloria. Este es el consuelo del hijo de Dios: aunque nadie reconozca a su Padre, sabe que su Padre es glorioso, y que algún día su gloria será manifestada ante el universo congregado. Cristo no habría dado a su pueblo tal oración si no hubiera determinado concederla. Él sabe lo que hará, y se complace en oírnos pedirle que cumpla sus designios llenos de gracia. Diga, pues, todo alma devota: «Ven, Señor Jesús, ven pronto, porque tuyo es el reino, el poder y la gloria».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The Lord's Prayer

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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