El Señor Jesús, impedido por algún tiempo para entrar en los pueblos a causa de las inmensas multitudes que se reunían doquier que iba, se retiró al desierto. ¡Cuán bendito fue el uso que hizo de su retiro! Se entregó a la oración. ¿Y nos atreveremos a vivir sin oración, sin mucha oración, sin oración ferviente? ¿Cómo podemos esperar alguna paz de espíritu sin oración al Dios de paz?
Pronto, sin embargo, nuestro Salvador volvió a los pueblos. Fue en Capernaúm donde sanó al hombre paralítico. Predicaba entonces en una casa, y muchos de los sabios y grandes estaban presentes, observando con malicia sus palabras y sus acciones.
Fue en esta ocasión cuando cuatro hombres, que llevaban a un pobre paralítico y no lograron entrar por la puerta, subieron a la azotea, probablemente por unas escaleras exteriores, y descolaron a su amigo enfermo por el tejado. Gran sorpresa debió sentir la multitud de abajo al ver descender la camilla en medio de ellos. Nuestro Salvador no se molestó por la interrupción; siempre estaba listo para ayudar a los afligidos y se regocijaba al ver cualquier prueba de fe en su poder. En este caso parece haber percibido algún deseo espiritual en el hombre; porque, en lugar de sanarlo inmediatamente, le dijo: «Tus pecados te son perdonados»; y, como Mateo refiere, añadió: «Hijo, ten buen ánimo»; como si le mirara con ternura especial, como a un hijo que se afligía más por sus pecados que por sus sufrimientos. Este hombre era sin duda uno de los quebrantados de corazón que Jesús vino a sanar.
Pero ¿qué piensas de la conducta de los amigos del paralítico? Si no hubieran estado muy ansiosos por la recuperación del enfermo, se habrían retirado al ver la multitud junto a la puerta; pero tenían el corazón puesto en llevarlo a Jesús, y fueron ingeniosos para hallar un camino. Si estamos tan ansiosos por obtener bendiciones espirituales como lo estaban ellos por beneficiar al enfermo, también seremos ingeniosos. Hallaremos tiempo en casi cualquier circunstancia para la oración y para la lectura de las Escrituras.
Unos piadosos prisioneros estuvieron una vez encerrados en un calabozo oscuro, y solo se les permitía luz por unos minutos a la hora de la comida. ¿Cómo podían leer la Biblia? Usaron la luz para leerla, y comieron en la oscuridad. ¡Qué santa ingenuidad mostraron! Hay otros que han usado semejante ingenio para idear medios de llevar a los pecadores a Jesús. El día final revelará cuán abundantemente han sido bendecidos sus piadosos planes.
Jesús sabía que sus enemigos, que le rodeaban, dudaban de su poder para perdonar pecados; por eso preguntó qué era más fácil, si perdonar pecados o sanar al hombre. Él sabía qué les parecía más fácil: perdonar pecados. ¡Idea equivocada! Era tan difícil que Jesús derramó su sangre para conseguir ese perdón. Poco sabían sus enemigos lo que le costaría poder decir: «Tus pecados te son perdonados».
El perdón que él concede solo es apreciado por quienes gimen bajo el peso del pecado. El gran reformador Martín Lutero, poco después de haberse hecho monje, cayó gravemente enfermo. Aunque había buscado el perdón durante mucho tiempo, estaba lleno de terror ante la perspectiva de la eternidad. Entonces un anciano monje visitó su celda y le recordó aquellas palabras del credo: «Creo en el perdón de los pecados». «Cree», dijo el anciano, «no solo que los pecados de David o de Pedro son perdonados, sino que los tuyos propios lo son». Estas palabras fueron un bálsamo para el corazón herido de Lutero. Ya no pensó más en ganar el cielo por su propia justicia, sino que miró con confianza a la misericordia de Dios en Cristo.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The paralytic let down through the house-top
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.