La vida de Cristo para cada día

El paralítico junto al estanque de misericordia

El estanque de Bethesda, casa de misericordia, apunta al manantial abierto en el Evangelio, donde Cristo, el gran Médico, se acerca al alma desamparada y la sana con una sola palabra.

¿Podemos oír de este estanque sin acordarnos de aquel manantial para el pecado que Jesús ha provisto en su Evangelio? Este estanque se llamaba Bethesda, que significa «Casa de misericordia». ¿Y no ha abierto Jesús una casa de misericordia en su Palabra? Los pobres enfermos que estaban sentados junto al agua representan a las almas enfermas, como todos lo somos por naturaleza; solo que nuestras almas están mucho más enfermas que sus cuerpos lo estaban, pues algunos de ellos eran ciegos, otros cojos y otros secos, pero nuestras almas están enfermas en todos sus poderes. Tampoco todos habían sido afligidos por muchos años. Aun el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo no lo estaba desde su nacimiento; ¡pero nuestras almas han estado enfermas de pecado desde que nacimos!

El estanque de Bethesda no es una imagen exacta de la salvación, pues solo el primero que entraba en él era curado. Pero ¿qué sería de los pecadores si la salvación de Cristo estuviera así limitada? Bendito sea Dios, el manantial de la sangre de Cristo está abierto a todos los pecadores hasta el fin del mundo. ¡Cuánto egoísmo debió manifestarse en los bordes de este estanque! ¡Cómo miraría cada uno a su prójimo con malos ojos, temiendo que otro entrara antes que él y le privara de la curación! ¡Cuán distinto deberíamos mirar a nuestros semejantes pecadores! Su salvación no estorbará la nuestra.

Sin embargo, en un aspecto debemos imitar a los enfermos alrededor del estanque: en su fervor. Como sabían que solo el primero sería curado, ¡con cuánta paciencia velaban junto al estanque, con cuánto afán se lanzaban después del movimiento del agua! Debemos buscar a Dios con el mismo afán COMO SI solo uno pudiera obtener la salvación; entonces ninguno dejaría de obtenerla.

Parece que Jesús no era conocido por estos enfermos. De haber sabido que el gran Médico estaba tan cerca, ¡qué clamor se habría levantado de una multitud de labios sufrientes! Jesús se acercó a uno de estos objetos de compasión. Era uno que llevaba mucho tiempo afligido, que había buscado ansiosamente una curación y que no tenía ningún amigo que le ayudara a entrar en el estanque. Alguien, en verdad, le había traído al borde del estanque; pero ninguno había velado junto a él para sumergirle en el momento crítico.

Jesús conocía su condición desamparada y las amargas decepciones que había sufrido. Lo escogió como objeto apto en quien mostrar su poder y su misericordia. El pobre paralítico no estaba acostumbrado a la voz de la bondad. Debió refrescar su espíritu cansado oír a Jesús preguntarle: «¿Quieres ser sano?». Al instante comenzó a derramar sus quejas en el oído del compasivo extraño, esperando quizá que le ayudaría la próxima vez que el agua fuera agitada. Pero había una misericordia más rica reservada para él que la que ningún hombre ni ángel podía conceder; porque con una palabra, Jesús lo restauró, repentina y perfectamente.

Aquel Salvador conoce las circunstancias de todas sus criaturas esparcidas ahora por el mundo; y sabemos que se compadece de los que no tienen amigos que les enseñen el camino de la salvación, especialmente cuando ellos mismos se preocupan por su propia alma. Puede dejarlos por algún tiempo en angustia y perplejidad; pero no permitirá que perezcan en su ignorancia.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The miracle at the pool of Bethesda

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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