Si el Señor no nos buscara, nosotros jamás lo buscaríamos. Esto es del todo cierto. Si eres de los que busca al Señor en oración, en súplica, en deseo secreto, con muchos gemidos que parten el corazón, de noche y de día, ten por seguro que nunca lo habrías buscado si Él no te hubiera buscado primero. Él te busca ahora. Puede ser, como temes, que tarde algún tiempo en hallarte; pero al fin te hallará.
¡Con qué dulzura ha expresado el Señor esto en la parábola de la oveja perdida! La pobre oveja se ha extraviado; y una vez fuera del redil, es casi seguro que ha ido a parar a un lugar extraño. Se ha caído por una roca, o rodado a una zanja, o se oculta bajo un arbusto, o se ha metido en una cueva, o yace en algún barranco profundo y lejano, donde solo un ojo y una mano experimentados pueden encontrarla. Así son las ovejas perdidas del Señor: llegan a lugares extraños, caen de las rocas, se deslizan en agujeros, se esconden entre los matorrales y a veces se arrastran a morir en cavernas.
Cuando la oveja literal se extravía, el pastor va tras ella para hallarla. Aquí ve una huella, allá un mechón de lana arrancado por las espinas. Busca en cada rincón, mira en cada esquina, hasta que al fin encuentra a la pobre oveja cansada, herida y casi exánime, con apenas fuerza para gemir su miseria. No la golpea para llevarla a casa, ni le clava la aguijada en el lomo, sino que la toma con ternura, la pone sobre sus hombros y la trae a casa con gozo. Así son los caminos del Señor con sus ovejas perdidas. Distinta es la manera de obrar de los hombres. Que un fariseo vea una oveja «volcada», como se dice en el campo, echada e indefensa sobre su lomo, pronto la patearía y la arrearía a golpes, le golpearía la cabeza con su cayado o le clavaría el clavo en el costado.
Sabia fue la oración de David: «Caiga yo en manos de Dios, y no en manos de hombre». ¡Oh caer en las manos de Dios, en las manos de un Sumo Sacerdote misericordioso y compasivo, que fue tentado en todo según nuestra semejanza y por eso puede compadecerse de su pueblo tentado! Estas son las únicas manos en las que podemos caer seguros; y el que cae en ellas no caerá de ellas ni a través de ellas, porque «debajo están los brazos eternos», que no pueden ser desunidos ni rotos.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: October 8
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.