El pastor y su rebaño

El pastor que guía con seguridad y simpatía a los suyos

El Buen Pastor lleva con ternura a los que dudan y a los que sufren, y los conduce a la fe con seguridad, afecto y simpatía divina.

Ahora bien, aquellos que dudan por el simple afán de dudar, que alimentan y fomentan las objeciones de una mente especulativa, no pueden esperar trato ni guía amable alguna del Pastor. Él no liberará a tales agobiados: su incredulidad no es una desgracia, sino su pecado; incurren en grave riesgo y pena al alimentar y fomentar las dudas, como quien alimentara arañas para cubrir con sus telarañas las ventanas del alma y ocultar el paisaje espiritual. La duda, con el tiempo, en tales casos pasará a ser ‘libre pensamiento’, y el libre pensamiento a una incredulidad desolada.

Pero aquellos cuyas dudas son los temblorosos recelos de inquiridores ansiosos, los que de veras buscan la verdad con sinceridad, palpando el camino con cautela pero con seguridad, peldaño a peldaño por la escalera; procurando «hacer la voluntad de Dios» al mismo tiempo que procuran «conocer la doctrina», a estos el Pastor está siempre dispuesto a recibir y guiar, y a cumplir en su experiencia su propia promesa: «Entonces conoceremos, si seguimos conociendo al Señor.» Nicodemo fue uno que llevaba tal carga. Se deslizó de noche, cuando las calles de Jerusalén guardaban silencio, hasta la morada del Gran Maestro, para descargar su corazón agobiado y ser instruido en las cosas del reino. Muchas de las nuevas doctrinas resultaban sorprendentes y repugnantes a este hombre cauto de los fariseos. Confesó con honestidad que chocaban con sus opiniones preconcebidas. «¿Cómo puede ser esto?» El Gran Pastor lo recibió con bondad y lo instruyó con bondad; y al final de su conversación dio una indicación significativa de la razón por la cual, a diferencia de buscadores sinceros como él, muchas dudas medrosas, en el caso de otros, se asientan en incredulidad y escepticismo: «La luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que hace la verdad viene a la luz.»

¿Cuál fue el resultado de que este «hacedor» de la verdad llevara sus tinieblas a la luz y sus cargas al Pastor de las almas? Fue este: que de un estado de duda angustiada pasó a ser fuerte en la fe, dando gloria a Dios. Pues cuando el Pastor fue herido y las demás ovejas se dispersaron, aquel espíritu que antes temblaba se glorió en la pública confesión de su fe en Jesús, y a plena luz del día acudió y reclamó con valentía a Pilato el cuerpo de su Señor.

Tomás fue otro aún más fuertemente oprimido por esta carga. Cuando los demás apóstoles aceptaron de buen grado el hecho de un Salvador resucitado, atestiguado por testigos dignos de crédito, él no quería creer a menos que tuviera prueba visual, a menos que viera y palpara las heridas de la lanza en el cuerpo desgarrado. ¿Cómo trató el Señor a este apóstol incrédulo? Conocía su temperamento peculiar; había probado antes la robusta y heroica fe de aquel hombre que, en una hora crítica reciente, había propuesto con audacia a sus compañeros apóstoles perecer junto a su Maestro: «Vamos también nosotros, para que muramos con Él.» No lo rechazará ahora. ¡No! Aunque su duda sea irrazonable e indefendible, con todo, Él tendrá en debida cuenta una naturaleza naturalmente dura, severa, racionalista y especulativa, un hombre lento y cauto hasta el exceso al recibir pruebas, pero firme como una roca una vez que la verdad se ha apoderado de su mente. «Pon aquí tu dedo», le dijo, «y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

El Buen Pastor, que así condujo con suavidad a aquel agobiado desde sus dudas hasta una fe firme, no tuvo reprensión más severa que esta: «Tomás, porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no vieron y, con todo, creyeron.» El apóstol nunca, hasta el día de su muerte, olvidó haber sido así llevado en aquellos brazos amables. Una vida posterior de celo y duro trabajo compensó aquella hora pasajera de vacilación, y demostró que el «¡Señor mío, y Dios mío!» pronunciado por labios adorantes no era una exclamación formal, no una protesta vacía y hueca de amor y devoción.

¡Sí! Es un consuelo alentador que Aquel que sugirió la excusa misericordiosa para los que dormían en Getsemaní, «el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil», «guiará con suavidad» a los Poca-fe y a los Prontos-a-tropezar, así como a los Sansones y los Asaeles de su rebaño. A menudo viene en las horas nocturnas de su duda más oscura, y enciende la débil vela de la fe, la esperanza y la confiada confianza. Así como una madre, cuando su hijo despierta a medianoche asustado y aterrado por visiones, enciende una luz e ilumina la alcoba, alisa la frente alterada y besa todo temor, así el Señor disipa las lúgubres aprensiones de sus hijos: «Tú», dice el Salmista, «encenderás mi lámpara; el Señor mi Dios alumbrará mis tinieblas.»

Otra carga del rebaño del Señor es la carga de la AFLICCIÓN. ¡Cuántos hay débiles y cansados, agobiados por ella! Comparativamente pocos quizás lleven la carga de la duda, pero muchos son los hijos de la aflicción, muchos más de los que el mundo conoce. Pues las tristezas más hondas son las secretas, en las que un extraño no se entromete. Dios guía con suavidad a tales. Los toma en sus brazos. No los conducirá por un camino más áspero del que puedan soportar. Adapta a ellos sus consolaciones. Como el Refinador de la plata, está sentado junto al horno que Él mismo ha encendido, regulando el furor de las llamas. «Te castigaré», dice, «con medida.» Todo será medido. «Él detendrá su viento recio en el día del solano.»

Aquel Gran Pastor, que ha «trasquilado al cordero», tiene «los vientos en su puño», y los templará en consecuencia. Dará óleo de gozo por el luto, y manto de alabanza por el espíritu angustiado. ¡Oh, tú que vas agobiado con las múltiples aflicciones de la vida, piensa en el fuerte Brazo que te sostiene! Hemos oído del marinero que arrebataba al niño del barco que se hundía con una mano, y con la otra se abría paso entre las rugientes olas, llevándolo a salvo a la orilla. Ese es un cuadro de tu Dios. La Omnipotencia sosteniendo la debilidad. «Confía en el Señor para siempre, porque en el Señor Jehová está la fortaleza eterna.» A través de todas las olas de esta vida mortal, Él te llevará al puerto deseado. «El Señor en las alturas es más poderoso que el estruendo de muchas aguas, más que las impetuosas olas del mar.»

Sugerimos, en conclusión, uno o dos breves pensamientos de esta descripción del trato del Salvador con su rebaño cansado y agobiado: recogiendo los corderos con su brazo, llevándolos en su seno y guiando con suavidad a las que crían. Este lenguaje habla de SEGURIDAD. ¿Dónde está un cordero tan seguro como en los brazos de su pastor? El lobo puede estar al acecho muy cerca; la corriente inundada puede amenazar con arrastrar al resto del redil; pero esa criatura débil e impotente está segura. Antes de poder herirla o destruirla, tienes que destruir al pastor. El miembro más débil del rebaño de Dios está seguro en los brazos del amor y la fidelidad del pacto. Su trono tendría primero que ser conmovido antes de que los intereses del creyente más humilde pudieran sufrir. La vida de Jesús es la prenda y la garantía de la vida de su pueblo. «Porque yo vivo, también vosotros viviréis.»

Estas palabras hablan de AFECTO. Un viajero oriental nos cuenta que al pastor sirio se le ve a menudo rodeado de ciertos corderos predilectos que no se mezclan con el resto del rebaño, sino que a veces van en sus brazos, o jugueteando y acariciándose a sus talones. O, ¿miraremos de nuevo aquel símbolo más alto del afecto terreno, el niño acurrucado en los brazos de su madre, confiado en la ternura de ella, susurrando a su oído su pequeña historia de tristeza o de gozo, y ella, a cambio, cantando sobre su lecho su nana de amor? Ambos son débiles cuadros de la comunión afectuosa entre Cristo y sus escogidos. «El secreto del Señor es con los que le temen, y les hará conocer su pacto.» Sí, y hay esta diferencia: el pastor puede abandonar, la madre puede olvidar; «pero», dice el Buen Pastor, «no me olvidaré de ti.»

Esta hermosa palabra del Profeta habla aún más de SIMPATÍA: recogidos en sus brazos, llevados en su seno, nos dice cuán cerca estamos de Cristo, cuán íntimamente somos llevados a una unión entrañable con Él, y especialmente en nuestras temporadas de carga, en nuestros tiempos de prueba y de dolor. No hay verdad más preciosa en la que la mente pueda reposar que esta simpatía infinitamente pura y excelsa del Gran Pastor de las ovejas. Él mismo, el Príncipe de los que sufren, habiendo llevado nuestras penas y soportado nuestros dolores, mientras nos lleva en sus brazos por el desierto, puede entrar tiernamente en cada angustia que desgarra nuestros corazones.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: 13 — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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