El manso y humilde Jesús no hallaba placer en denunciar ayes sobre los pecadores, pero era demasiado fiel para ocultarles su aborrecimiento de sus crímenes.
Entre los invitados a la casa del fariseo había algunos doctores de la ley. Eran escribas del más alto orden, cuya función era explicar la ley de Dios al pueblo. Uno de ellos, tras oír a Jesús decir: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!» (v. 44), respondió: «Maestro, al decir esto también nos afrentas a nosotros». La reprensión fue considerada por él como afrenta. En vez de confesar su pecado y buscar perdón, solo deseaba justificarse.
El Señor no dejó a estos escribas en la ignorancia acerca de qué partes concretas de su conducta Él condenaba. Mencionó tres pecados flagrantes que cometían.
(v. 46) «Cargáis a los hombres con fardos difíciles de llevar, y vosotros mismos ni siquiera tocáis los fardos con uno de vuestros dedos». Este fue el primer pecado reprobado. Estos doctores enseñaban al pueblo que debían hacer muchas cosas difíciles para agradar a Dios, como ayunar, lavarse a menudo, hacer largas oraciones; pero ellos no se tomaban la molestia de hacer lo mismo.
El segundo pecado reprobado fue «edificar los sepulcros de los profetas». ¿Pero cómo era esto un pecado? Era una rama de la hipocresía de los escribas. No edificaban los sepulcros de los profetas porque amaban sus santos caracteres, sino porque pensaban que, honrando a los muertos piadosos, parecerían piadosos ellos mismos. Era evidente que en realidad aprobaban las persecuciones de sus padres contra los profetas. ¿Y cómo era evidente? Porque perseguían a los profetas vivos. Aumentaban su culpa cuando, mientras sus corazones ardían de ira contra Juan el Bautista o contra el Señor Jesús, deseaban que se erigiera un monumento a Elías o a algún otro profeta antiguo. Es fácil alabar a los muertos; no pueden ofendernos con sus fieles reprensiones, ni avergonzarnos con sus santos ejemplos. Muchos alaban a los reformadores y mártires de antaño que aborrecen la piedad de un hermano o de un compañero.
El tercer pecado de los doctores fue quitar la llave del conocimiento. Esto era peor que imponer cargas pesadas al pueblo. Las cargas podían oprimir, pero no destruir; pero sin conocimiento, el pueblo perecería. Si un hombre quitara la llave del lugar donde se guardaban las bombas de incendio, y la ciudad entera se quemara por esta conducta, ¡cuán avergonzado estaría de aparecer entre los pobres ciudadanos sin hogar! ¡Y cuán avergonzados estarán en el día final los que han quitado la llave del conocimiento! Son culpables de este pecado los que mantienen la Biblia fuera del alcance del pueblo; y también lo son los que pervierten las doctrinas de la Biblia y ocultan a los pecadores el único remedio para su culpa: la sangre del Señor Jesucristo.
Un ministro fiel toma la llave que se le ha confiado y, al desentrañar los misterios de Dios, salva almas de la destrucción. Es una bendita cosa entrar nosotros mismos en el reino de Dios, y es más bendito todavía ayudar a otros a entrar con nosotros. El Señor Jesús ha declarado: «Cualquiera, pues, que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; pero cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ exposes the wickedness of the lawyers
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.