¡Palabras terribles! pero necesarias para disuadirnos de una destrucción más terrible. ¡El infierno de los ministros apóstatas debe ser doblemente severo! Es el «engaño del pecado» el que endurece a tantos de nosotros hasta la indiferencia ante un peligro tan grande. La soberbia precede a la destrucción, hasta que, de repente, como Saúl, el ministro descuidado se halla envuelto en algún gran pecado. Esto quizás nunca sea conocido por el mundo, pero puede conducir a su ruina. «Estoy persuadido», dice Owen, «de que hay muy pocos que apostaten de una profesión de alguna continuidad, como abundan en nuestros días, cuya puerta de entrada a la locura de la apostasía no haya sido, o algún pecado grande y notorio, que ensangrentó sus conciencias, contaminó sus afectos e interceptó todo deleite de tener algo más que ver con Dios; o un curso de negligencia en los deberes privados, surgido del cansancio de contender contra esa poderosa aversión que hallaban en sí mismos hacia ellos. Y esto también, por el arte de Satanás, ha sido mejorado en muchas opiniones necias y sensuales de vivir para Dios sin y por encima de cualquier deber de comunión. Y hallamos que, después de que los hombres han ahogado y cegado sus conciencias por un tiempo con este pretexto, la maldita maldad o sensualidad ha sido el fin de su necedad».
De toda la gente de la tierra, los ministros necesitan más las impresiones constantes que se derivan de la piedad del retiro. Si alguna vez escuchan la voz aduladora de sus admiradores, y se creen realmente santos porque otros los tratan como tales; si sueñan con ir al cielo ex officio; si, cansados de los ejercicios públicos, descuidan los privados; o si adquieren el hábito destructivo de predicar y orar acerca de Cristo sin fe ni emoción; entonces su curso probablemente será descendente. Lejos, sin embargo, puede estar un ministro de Cristo de tan horrible condenación, y aun así ser casi inútil. Para prevenir tal declive, el mejor consejo que conozco, es estar mucho en devoción secreta; incluyendo bajo este término la lectura reflexiva de la Escritura, la meditación, el autoexamen, la oración y la alabanza. Y aquí no esperes de mí ninguna receta para la conducta de tales ejercicios, ni reglas para los tiempos, duración, postura, lugar, etc.; pues me regocijo de que sea la gloria de la Iglesia a la cual ambos pertenecemos, que es tan poco rúbrica. Con qué frecuencia ayunes, cantes o ores, debe dejarse a ser resuelto entre Dios y tu conciencia; solo fija en tu mente y corazón la necesidad de mucha devoción.
Es bueno recordar a veces los ejemplos de predicadores eminentes. John Welsh, el famoso yerno de Knox, fue, durante su exilio, ministro de una aldea en Francia. Un fraile una vez se hospedó bajo su techo, y al ser preguntado cómo había sido recibido por el predicador hugonote, respondió: «Mal, porque siempre sostuve que había demonios rondando las casas de estos ministros, y estoy persuadido de que hubo uno conmigo esta noche; porque oí un murmullo continuo toda la noche, que no creo que haya sido otra cosa que el ministro conversando con el demonio». La verdad era que era el predicador hugonote en oración. Welsh solía decir: «Se admiraba de cómo un cristiano podía acostarse toda la noche y no levantarse a orar; y muchas veces oró, y muchas veces veló». Tales casos no faltan del todo en nuestros propios días. El señor Simeon, de Cambridge, se sabe que en más de una ocasión pasó toda la noche en oración. Permítame recomendar seriamente a tu atención un artículo contenido en su vida por el señor Carus, titulado, «Circunstancias de mi experiencia interior». Casi cada palabra es de oro, y entre otros pasajes notarás el siguiente:
«Nunca he pensado que la circunstancia de que Dios me haya perdonado fuera razón para que yo me perdonara a mí mismo; por el contrario, siempre he juzgado que es mejor aborrecerme a mí mismo más, en proporción a lo que estaba seguro de que Dios estaba apaciguado para conmigo. Tampoco me he contentado con ver mis pecados, como los hombres ven las estrellas en una noche nublada, uno aquí y otro allá, con grandes intervalos entre ellos; sino que he procurado obtener y conservar continuamente ante mis ojos una visión de ellos tal como tenemos de las estrellas en la noche más brillante; los mayores y los menores todos mezclados, y formando como una masa continua; ni tampoco, como cometidos hace mucho tiempo y en muchos años sucesivos; sino todos formando un agregado de culpa, y necesitando la misma medida de humillación diaria, que necesitaban en el mismo momento en que fueron cometidos. Ni quisiera descansar con una visión tal como se presenta al ojo desnudo; he deseado y deseo diariamente, que Dios pusiera —por así decirlo— un telescopio ante mi ojo, y me permitiera ver, no mil solamente, sino millones de mis pecados, que son más numerosos que todas las estrellas que Dios mismo contempla, y más que las arenas de la orilla del mar. Solo hay dos objetos que jamás he deseado contemplar durante estos cuarenta años; uno es mi propia vilidad, y el otro es la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo; y siempre he pensado que deben ser vistos juntos; así como Aarón confesó todos los pecados de todo Israel mientras los ponía sobre la cabeza del macho cabrío expiatorio».
Tales ejercicios como estos, admitirás, pueden bien dar ocasión a una persistencia más que común en la oración.
Fuente y atribución
Autor original: James Alexander
Título original: The Cultivation of Personal Piety — parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Alexander, publicado originalmente en Grace Gems.