La soledad endulzada

El pensamiento que silencia toda queja en medio del sufrimiento

Contemplar que hemos sido librados de la ira venidera y destinados a la gloria silencia nuestras quejas, pues las aflicciones presentes son breves frente a la eternidad de gozo que Dios nos ha asegurado.

Cuando contemplo en mi mente algún pensamiento escogido, me asombro de que jamás pueda tener el rostro abatido por todas las pruebas que pueden sobrevenirme en el mundo. Haber sido librado de la ira y estar destinado a la gloria es un pensamiento que serena y que silencia. Cuando padezco dolor de muelas tan solo una noche, y me revuelvo de un lado a otro con el dolor punzante, ¡cuán larga parece la noche! Pero, ¿qué será, entonces, la noche eterna de la ira, esa eternidad de dolor? Si tuviera un debido sentido de la venganza divina, me tendría por dichoso en medio de mis aflicciones más amargas, si pudiera abrigar la dulce esperanza de ser librado de la ira venidera.

¿Me atreveré, entonces, yo que me he hecho digno de la sentencia irrevocable de un Juez airado, a quejarme del castigo de un Padre? ¿Me disgusta que, en su providencia, él se siente como refinador de mis gracias, cuando en justicia podría ser fuego consumidor que me devorase? ¿Puedo gritar al pasar por el fuego y el agua de la aflicción, cuando él podría ponerme como blanco suyo, hacer que sus saetas entrasen en mi alma y su veneno bebiera mis espíritus por toda la eternidad? ¿Debería quejarme de la tribulación y del dolor yo, que merezco ser atormentado día y noche para siempre jamás? ¿Me atrevo a estar desconsolado por la pérdida de deudos, yo que podría haber sido encadenado por todas las edades con la confraternidad de los demonios, con quienes me había unido en rebelión contra Dios?

¡Ay! ¿qué diré? ¿Qué puede sobrevenirme de lo que justamente pueda quejarme, cuando he sido librado de la ira venidera? Si pudiera mirar en el lago ardiente y ver los tormentos de los condenados, ¡cómo bendeciría la condición más miserable del mundo y abrazaría las aflicciones más amargas, endulzadas con la esperanza de escapar de aquel lugar de tormento!

Si la fe, divinamente audaz, sobre fundamentos sólidos, puede reclamar la herencia celestial, ¿qué hay en el mundo que pueda hacerme miserable? Haber sido librado de las llamas eternas debería procurarme un gozo duradero en medio de toda y cualquier tristeza. ¿Ha tratado Jehová con tanta bondad la duración eterna de mi ser, y yo, ¿me atreveré a contender con el modo en que conduce mis pocos momentos de tiempo? Los pesares que me afligen son de corta vida, ¡pero la angustia de la que me ha rescatado es eterna! Bajo todas mis adversidades temporales, debería hacerme callar el hecho de que no rugiré bajo su mano vengadora para siempre. Y debería convertir mis murmuraciones de aquí en un cántico el saber que no aullaré en la eternidad por venir.

El que escapa de su casa cuando arde, no hará mucho caso de tropezarse con el dedo del pie en su huida. Así, si escapo de la ira venidera, no importa que mi camino pase sobre espinas de tribulación y abrojos de adversidad. El alma librada del pozo de corrupción debería recorrer con placer el áspero sendero de la aflicción hacia el paraíso de Dios.

Además, el Dios que nos libra del infierno y nos lleva al cielo no puede menos que bendecirnos por el camino. Puede aun bendecir con cruces —la carne y la sangre no pueden creerlo—, beneficiar con adversidades, enriquecer con pérdidas y nutrir con desilusión y dolor.

¡Por tanto, sin reserva, echaré sobre su buena voluntad todos los momentos transitorios de mi vida, para que sean distribuidos como a él le plazca, puesto que él ha hecho feliz y gloriosa mi eternidad!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: To escape wrath—should silence under all afflictions

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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