Los preceptos de Jesús

El perdón mutuo refleja el perdón de Dios

Una advertencia contra el espíritu que no perdona y un llamado a perdonar a los hermanos siguiendo el modelo divino, que no solo perdona sino que olvida para siempre las ofensas.

«Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» Mateo 6:15.

La expresión «un cristiano que no perdona» es una contradicción en los términos. Casi podríamos hablar de un necio sabio, de un ladrón honrado, de una ramera casta, de un borracho sobrio. Y, sin embargo, hay quienes llevan el nombre del manso y amoroso Jesús que viven en malicia y envidia, aborreciendo y siendo aborrecidos unos por otros.

«¡Ah!», dijo un astuto indio en cierta ocasión, «el libro del inglés es muy bueno; pero el inglés no es tan bueno como el libro del inglés.» Y el testimonio es cierto. Lo es respecto a muchas cosas, pero especialmente en cuanto al espíritu al que ahora nos referimos. En lo tocante al perdón y la bondad fraternal que debemos cultivar, al amor, la paz y la armonía que debemos procurar, el libro del cristiano es en verdad bueno; su bondad en ese terreno proclama a voz en cuello su origen celestial, pues ¿dónde más se hallan tales preceptos? Que se rebusquen los tesoros de la sabiduría clásica, que se escudriñen las éticas de los sabios paganos, ¿y podrá producirse de tales fuentes algo digno de compararse? Pero mientras el libro del cristiano es así de bueno, ¡que el cristiano se avergüence de que él y su libro sean tan diferentes el uno del otro! Las páginas del libro llenas de amor, ¡pero con cuánta frecuencia el hombre se caracteriza por el odio, la malicia y toda falta de caridad! ¿Qué hemos de pensar de tales personas? Hay mucho motivo para sospechar que la religión de tales personas es vana.

Lector, cultiva la importante y hermosa gracia del perdón fraternal. Ningún deber se urge con mayor claridad y reiteración; es un tema sobre el cual tenemos línea sobre línea, precepto sobre precepto. En la hermosa forma de oración que el Salvador dio a sus discípulos, se les enseñó a decir: «Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores», petición que Él reforzó añadiendo: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial. Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» Dice el apóstol: «Así que, como escogidos de Dios, santos y amados, vestíos de entrañable misericordia, de benignidad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros».

Al extender el perdón a nuestros semejantes, y especialmente a nuestros hermanos cristianos, debemos procurar hacerlo según el modelo divino. «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.» Aquí se nos muestra que Dios no solo perdona, sino que olvida; y se nos requiere hacer lo uno así como lo otro. Que toda animosidad sea sepultada, y que no se erija lápida alguna que marque el lugar de su entierro y sirva de memorial para mantenerla fresca en la memoria. Sobre la tumba en la que Dios ha sepultado los pecados de su pueblo no puede levantarse tal recordatorio; pues ¿qué dice el profeta? «Él echará todos sus pecados en las profundidades del mar.» Quedan sepultados en el océano insondable, y así, si se buscan, jamás podrán hallarse. «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados»; sí, «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Mutual Forgiveness

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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