Muchas luchas a muerte se han librado para salvar a un amigo. ¡Un Salvador moribundo reúne su último aliento para interceder por sus enemigos! En el clímax de su propio sufrimiento y de la ingratitud humana —abandonado por los hombres y desamparado por Dios—, su voz vacilante se mezcla con el grito de sus verdugos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Si el incrédulo Pedro hubiera estado allí, ¿podría haberse sorprendido de la respuesta a aquella pregunta anterior: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le perdonaré? ¿Hasta siete?» Jesús le dijo: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21, 22).
La superioridad ante el insulto y la humillación, en algunos, procede de un temperamento insensible e indiferente —una frialdad flemática, estoica, igualmente ajena a la bondad que al desprecio. No fue así con Jesús. Las tiernas sensibilidades de su santa naturaleza le hacían profundamente sensible a la ingratitud y a la injuria, ya se manifestara en la malicia de una enemistad declarada o en la traición de una amistad confiable. Acaso para una naturaleza noble, esta última sea la más profundamente hiriente. Muchos están dispuestos a perdonar a un adversario abierto y sin máscara, que no lo están a olvidar o perdonar la deslealtad despiadada o el amor no correspondido.
Pero ved también, en este respecto, la conducta del bendito Redentor. Observad cómo trata a sus propios discípulos, que vilmente le habían abandonado y huido, ¡y eso en la hora en que más necesitaba su simpatía! No bien resucita, se apresura a disipar sus temores y a asegurarles un afecto inalterable e inmutable. «Id, decid a mis hermanos» es el primer mensaje que envía; «Paz a vosotros» es el saludo del primer encuentro; «¡Hijitos!» es la palabra con que primero los saluda en las orillas de Tiberíades. Aun José (el tipo y modelo del Antiguo Testamento del perdón generoso), cuando se da a conocer a sus hermanos, evoca el amargo recuerdo: «Yo soy José vuestro hermano, a quien vendisteis para Egipto». El verdadero José, cuando se revela a sus discípulos, sepulta en el olvido la memoria de su pasada deslealtad. Los recibe con una bendición. Y al ascender, los deja con la misma: «¡Los bendijo alzando sus manos!»
«¡Padre, perdónalos!» Lector, sigue en todo esto el espíritu de tu Señor y Maestro. Al levantarte del estudio de su santo ejemplo, procura sentir que para ti no debería existir tal nombre, ni tal palabra, como enemigo. No albergues pensamientos resentidos, no te entregues a amargas recriminaciones. No te abandones a un hosco mal humor. Que «la ley de la bondad» esté siempre en tu corazón. Interpreta del mejor modo las faltas ajenas. No hagas comentarios hirientes sobre sus fragilidades; ni insinuaciones poco caritativas. Cuando en cualquier momento te sientas dispuesto a abrigar un espíritu implacable hacia un hermano, piensa: si tu Dios hubiera retenido su enojo para siempre, ¿dónde estarías tú? Si Él, el Infinito, que podría haberte despreciado para siempre lejos de su presencia, ha tenido paciencia contigo y te ha perdonado todo, ¿por causa de algún agravio trivial que tus momentos más serenos juzgarían indigno de un pensamiento, te entregarás a la mirada fría del distanciamiento, a la palabra implacable o al acto despiadado? «Soportaos unos a otros y perdonad cualquier queja que tengáis el uno contra el otro. Perdonad como el Señor os perdonó.»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: FORGIVENESS OF INJURIES
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.