El Señor Jesús observa las expresiones que usamos en nuestra conversación común; nota toda palabra ofensiva que dirigimos a los demás, y nota también toda palabra irreverente que pronunciamos acerca de Dios. Oyó con desagrado a los judíos de antaño llamar a sus hermanos raca y necio, y jurar por el cielo, por la tierra, por Jerusalén y por su propia cabeza. No olvidemos que él todavía escucha nuestras palabras y se desagrada con toda expresión profana, como «Dios nos bendiga», «El Señor sabe» o «Por mi alma». Los impíos tienen tanta costumbre de pronunciar estas exclamaciones que apenas saben cuándo las usan; pero no habrían contraído el hábito si hubiesen sentido reverencia por la majestad del Dios Todopoderoso. Cuando los hombres se hicieron pecadores, empezaron a despreciarlo. Si oyesen su voz terrible, se llenarían de temor, como Adán; pero como no lo ven, no sienten pavor y no les importa cuánto insultan su nombre. «No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano; el Señor no te tendrá por inocente si tomas su nombre en vano».
¡Con qué solemne reverencia el Hijo de Dios habla de su Padre! Aun los cielos y la tierra no son cosas comunes ante sus ojos. Cuando miramos el azul bóveda sobre nuestras cabezas, contemplamos el trono de su Creador; y cuando miramos esta verde y risueña tierra, contemplamos el estrado de su glorioso Monarca. Aun nuestras propias cabezas son suyas y no nuestras, pues él las hizo, mientras nosotros no podemos hacer un solo cabello, blanco o negro. Si los hombres no fueran pecadores, se contentarían con decir «sí» y «no», sin usar juramentos para confirmar sus palabras. Pues Jesús dijo: «Sea su sí, sí, y su no, no; lo que excede de esto procede del malo», es decir, del corazón malo.
Puede plantearse una dificultad respecto de la regla que Cristo estableció. ¿Cómo es que Pablo, en sus epístolas, apela con frecuencia a Dios, diciendo: «Dios es mi testigo de que hablo verdad en Cristo; no miento; lo invoco por testigo sobre mi alma»? ¿Habló Pablo profanamente? Es imposible, pues habló por el Espíritu Santo. Es lícito, por tanto, apelar a Dios en ocasiones solemnes e importantes, como en un tribunal de justicia, cuando nuestras palabras pueden afectar la vida de un semejante. Incluso en Isaías se menciona como prueba de piedad en los tiempos venideros que los hombres, en vez de jurar por dioses falsos, jurarán por el Dios verdadero: «El que jura en la tierra, jurará por el Dios de verdad» (Isaías 65:16). También en Deuteronomio dijo Dios: «Al Señor tu Dios temerás, y a él servirás, y por su nombre jurarás» (6:13). Debe ser lícito, pues, en algunas ocasiones usar juramentos solemnes.
¡Cuán condescendiente ha sido Dios con nosotros al usar un juramento para confirmar su promesa! Como no podía jurar por uno mayor, juró por sí mismo y dijo: «Vivo yo». Esto lo hizo para aquietar los temores incrédulos de su propio pueblo. A cada uno de los que han huido a Cristo en busca de perdón les dice: «Ciertamente bendiciendo te bendeciré». Añade su juramento a su palabra y dice: «Vivo yo». Así, por dos cosas inmutables, su palabra y su juramento, da fuerte consuelo al pobre penitente que tiembla ante su estrado. Usa el mismo juramento cuando amenaza destruir a sus enemigos: «Alzaré a los cielos mi mano y diré: Vivo yo para siempre. Si afilo mi reluciente espada y mi mano toma el juicio, vengaré a mis enemigos y daré su recompensa a los que me aborrecen» (Deuteronomio 32:40-41). ¡Cuán justo, pues, que temamos este nombre glorioso y terrible: «El Señor tu Dios»!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ forbids irreverent swearing
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.