El poder de una vida sobre otra vida es algo casi asombroso. Ha habido miradas de un ojo que han cambiado un destino. Ha habido encuentros de un solo instante que han dejado impresiones para la vida, para la eternidad. Ninguno de nosotros puede comprender esa cosa misteriosa que llamamos influencia. Leemos de nuestro bendito Señor que de él salió virtud y sanó a la mujer tímida que venía detrás de él entre la multitud y tocó el borde de su manto. Y otra vez, cuando la multitud se agolpaba alrededor de él y procuraba tocarlo, que de él salió virtud y a todos sanaba. Por supuesto, nunca hubo otra vida como la de Cristo; sin embargo, de cada uno de nosotros sale continuamente virtud—ya sea para sanar, para bendecir, para dejar huellas de belleza; o para herir, para dañar, para envenenar, para manchar otras vidas.
Para siempre estamos añadiendo, sea a la salud, la felicidad y el bien del mundo—o a su dolor, su tristeza o su maldición. Cada momento de vida verdadera, cada victoria que ganamos sobre el yo o el pecado, cada fragmento de vida santa que vivimos—hace más fácil para otros ser valientes, veraces y dulces. Siempre estamos dando influencia.
Así es como el compañerismo siempre deja su impronta. Ni siquiera puede el ojo mirar al ojo, en una mirada profunda y fervorosa—sin que un toque haya quedado en el alma. Un artista de rango distinguido no se permitía mirar sino buenos cuadros. Decía que la sola vista de cuadros inferiores dañaba el tono de sus propias concepciones. Si esto fuera cierto, ¡cómo deberíamos guardar nuestros corazones y nuestras mentes contra el recibir cualquier impresión que no sea refinadora y elevadora! La lectura de un libro que es indigno, la complacencia en pensamientos o imaginaciones que son malsanos, el admitir en la vida aun por poco tiempo un compañerismo que no es lo que debiera ser, no pueden menos que rebajar el tono de la vida.
Un hombre ya muy entrada la mediana edad dijo que, en su juventud sensible, otro joven lo apartó furtivamente y le mostró una imagen vil. La miró solo un instante y luego apartó la vista. Pero una mancha había sido quemada en su alma. El recuerdo de aquella mirada nunca había podido lavarlo. Había vuelto a él a lo largo de los cuarenta años que había vivido desde entonces, irrumpiendo aun en sus momentos más sagrados, y manchando sus pensamientos más santificados.
No sabemos qué estamos introduciendo en nuestra vida cuando admitimos en el compañerismo, aun por una hora, a alguien que no es piadoso, ni puro, ni veraz. Entonces, ¿quién puede estimar la influencia envilecedora de tal compañerismo cuando se prolonga hasta volverse intimidad, amistad; cuando se intercambian confidencias, cuando el alma toca al alma, cuando la vida fluye y se funde con la vida?
Cuando uno despierta a la conciencia del hecho de que ha formado o está formando un compañerismo con alguien cuya influencia no puede sino dañarlo y acaso destruirlo—solo hay una cosa verdadera que hacer—debe renunciar a ella al instante. La pata de un conejo quedó atrapada en la trampa de acero del cazador. La pequeña criatura parecía saber que, a menos que pudiera libertarse, su vida se perdería pronto. ¡Oh, con una bravura que no podemos sino admirar, se arrancó la pata con sus propios dientes, libertándose así, aunque dejando su pata en la trampa! Pero ¿quién dirá que no fue más sabio escapar así de la muerte, aun con la pérdida de su pata—de lo que habría sido conservar la pata y morir?
Si alguien descubre que está en el lazo del mal compañerismo o de la mala amistad, cueste lo que le cueste, ¡debería arrancarse de ella! Mejor entrar en la vida pura, noble y digna, con una mano o un pie, o con ambas manos y ambos pies cortados—que conservar esos miembros y ser arrastrado a la muerte eterna! Los jóvenes deberían guardarse de los comienzos del mal compañerismo. Es como la maquinaria del molino, que, cuando atrapa el borde más externo de los vestidos de uno, rápidamente enrolla todo el vestido y arrebata el cuerpo de la persona a una muerte veloz y terrible.
Pero un carácter piadoso y veraz tiene también su influencia. Ha habido meros encuentros casuales de un momento, como cuando los barcos se encuentran en el mar y se cruzan cada uno en su rumbo, para no volverse a encontrar jamás, que sin embargo han dejado bendiciones cuya influencia nunca perecerá. Así es con la influencia de vidas piadosas. Palabras, pensamientos, canciones, hechos amables, el poder del ejemplo, la inspiración de cosas nobles, caen del cielo de la amistad pura en las profundidades del corazón; y, al caer, se recogen allí y se vuelven bellas gemas y santos adornos de la vida.
Si aun breves momentos de compañerismo digno dejan su marca de bendición—entonces, ¿quién podrá decir el poder de una amistad estrecha y prolongada, que corre a lo largo de muchos años felices, compartiendo las experiencias más profundas, corazón y corazón entretejidos, la vida tejida como en una sola tela? Hay un pequeño poema de un amable escritor que pregunta: «¿Qué es lo mejor que un amigo puede ser?» Y lo responde. Un amigo no es solo refugio, consuelo, descanso, refrigerio, guía—sino también una atmósfera cálida con todas las amables inspiraciones de vida pura, sin mancha de pecado. Esto no es exageración sentimental. La vida, en verdad, fluye en la vida en la verdadera unión simpática, y ambas se funden como la fragancia de las flores se funde con el aire al que se difunde. Y desde entonces, cada vida lleva algo de la otra en su misma fibra y trama, algo inerradicable. Ninguno de nosotros vuelve a ser del todo el mismo—después de haber tenido un amigo o aun un compañero íntimo por un tiempo.
Nuestros amigos son también nuestros ideales. En la vida de cada amigo piadoso vemos un pequeño fragmento de la belleza del Señor, que se vuelve parte de la gloria en la que debemos ir moldeando nuestras vidas.
Cuando amamos de veras a un amigo, inconscientemente nos extendemos hacia lo que él es, y crecemos hacia su semejanza. Así como un padre y una madre son modelos para su hijo, que copia su vida, su habla, sus faltas así como sus virtudes. Lo mismo es cierto en todas las amistades y compañerismos estrechos. Si estos no son piadosos, la influencia solo puede ser dañina y mala.
Hay un maravilloso poder restrictor y coactivo sobre nosotros—en la vida de alguien a quien amamos. No nos atrevemos a hacer lo malo en la sagrada presencia de un amigo puro y amable. Todo el mundo sabe cuán indigno se siente cuando viene, con la conciencia y el recuerdo de algún pecado o alguna bajeza, al compañerismo de alguien a quien honra como amigo. Es una especie de «presencia de Jesús» la que nuestro amigo es para nosotros, en la que no nos atrevemos a hacer cosas malas.
Uno dice: «Un amigo tiene muchas funciones. Viene como el que Alegra nuestra vida—para duplicar nuestros goces y dividir a la mitad nuestros pesares. Viene como el Consejero—para dar sabiduría a nuestros planes. Viene como el que Fortalece—para multiplicar nuestras oportunidades y ser manos y pies por nosotros en nuestra ausencia. Pero por encima de todo uso como este viene como nuestro Reprensor—para explicar nuestros fracasos y avergonzarnos de nuestros pecados; como nuestro Purificador, nuestro Exaltador, nuestro Modelo, cuya vida es para nosotros un constante desafío en nuestro corazón».
Aun cuando nos dejan en la muerte—la influencia de nuestros amigos y compañeros permanece sobre nosotros, como un resplandor postrero cuando el día ha concluido. El recuerdo de su pureza es una amable restricción sobre nosotros, cuando quisiéramos pecar. Muchas madres son más para sus hijos cuando está en el cielo—de lo que era cuando estaba con ellos en la tierra. Si aquellos santos en la gloria alguna vez nos ven—no lo sabemos—pero hay una influencia que siempre nos inspira a cosas nobles.
Así, la influencia del compañerismo se proyecta aun mucho más allá de la historia terrenal de aquellos que tocan e impresionan nuestras vidas. En verdad, nunca podemos apartarnos de ella, ni podemos ser como si no la hubiéramos experimentado.
Si estas cosas son ciertas—y nadie puede dudar de su verdad—este asunto del compañerismo es de importancia vital. Especialmente importante es para los jóvenes dar el más cuidadoso pensamiento y atención a la elección de sus compañeros y amigos. Por supuesto, no pueden elegir a aquellos con quienes se relacionarán en general—en la escuela, o en el trabajo o en los negocios. Uno se ve obligado muchas veces a sentarse o estar de pie día tras día junto a quienes no son piadosos ni dignos.
La ley del amor cristiano requiere que en todos estos casos se muestre la mayor cortesía y bondad. Pero esto puede hacerse sin que el corazón se abra a un verdadero compañerismo. Es el compañerismo lo que deja su marca en la vida, es decir, el entrar en relaciones en que los corazones se funden. Jesús mismo mostró amor a todos los hombres y mujeres—pero tomó en compañerismo solo a unos pocos escogidos. Debemos ser como él, procurando ser una bendición para todos—pero recibiendo en relaciones personales de afecto y confianza solo a aquellos que son dignos, y cuyas vidas ayudarán a la edificación de nuestra propia vida.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Influence of Companionship
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.