"El mal se obra por falta de reflexión, tanto como por falta de corazón."
Hay personas que tienen la maravillosa cualidad de decir siempre una palabra amable o de hacer un acto bondadoso en el momento justo, cuando es más necesario y mayor bien puede hacer. No importa cuándo los encontremos, parece que por una inspiración infalible comprenden nuestro estado de ánimo y tienen algo precisamente adecuado a él: un rayo de sol para nuestra tristeza; una palabra de aliento para nuestro desaliento; un recordatorio suave pero nunca ofensivo del deber, si nos estamos volviendo negligentes o descuidados; un impulso a la acción, si nuestro celo decae; o una palabra de generosa aprobación y delicada alabanza, si estamos cansados y agobiados.
Hay un poder maravilloso en lo oportuno. Una bondad que, considerada aparte de su ocasión, parece del todo insignificante, adquiere importancia y asume un valor inestimable por su oportunidad. Multiplica cien veces, mil veces la utilidad de uno saber pronunciar la palabra adecuada o hacer lo correcto, justamente en el momento preciso y de la manera debida.
Muchas personas con los mejores motivos e intenciones, y con una capacidad verdaderamente grande para hacer el bien, casi fracasan por completo en su utilidad y desperdician sus vidas porque carecen de este don del tacto. Realizan sus actos más bondadosos de una manera tan inapropiada que les quitan casi todo su poder de consuelo o aliento. Siempre llegan unos minutos demasiado tarde para ser útiles. Pronuncian la palabra equivocada y causan dolor cuando querían dar placer. Están siempre haciendo alusiones a temas de los que no debiera hablarse. Siempre tocan puntos sensibles. Cuando entran en un hogar de duelo, movidos por la más sincera simpatía, casi siempre hacen sangrar más los corazones sensibles por alguna falta de oportunidad en palabra o acción. Continuamente hieren los sentimientos de sus amigos, ofenden a casi todas las personas que encuentran y dejan ceños y lágrimas a su paso. Todos les reconocen honestidad de intención, y sin embargo sus esfuerzos por hacer el bien casi siempre se malogran o incluso producen daño.
Lo triste de todo ello es que sus motivos son buenos y sus corazones están llenos de deseos bondadosos. Sus vidas son fracasos porque carecen del toque adecuado y no saben de qué manera hacer lo que se proponen.
Otros pueden no tener ni un ápice más de deseo sincero o ferviente de ser útiles. Su interés por las personas puede no ser más verdadero, su simpatía no más profunda, su amor no más cálido. Pueden tener menos, en lugar de más, poder natural para ayudar. Sin embargo, por su tacto peculiar y amable, esparcen alegría a su alrededor y están siempre realizando dulces ministerios de bien. Sus iniciativas de bondad no les vienen como ocurrencias tardías, cuando ya es imposible prestar ayuda. No se tropiezan en toda clase de crueldades cuando intentan aliviar una pena. Llegan oportunamente, como los ángeles de Dios. Su consideración parece comprender intuitivamente cuál será la mejor palabra que pronunciar o la cosa más bondadosa y adecuada que hacer.
Cuando son invitados en un hogar, tienen una manera de manifestar agradecida apreciación por los favores y atenciones que se les brindan, y sin embargo de una manera tan delicada que nunca parecen adular. Cuando juzgan necesario recordar a otro alguna negligencia en el deber, lo hacen con tanta suavidad que no pierden al amigo, sino que lo atraen aún más cerca. Poseen el arte de manifestar interés, no fingido, sino sincero, en cada persona que encuentran, y logran dejar una impresión agradable y una influencia llena de gracia en todos.
Hay quienes consideran el tacto como insinceridad o hipocresía. Se jactan de su propia honradez, que nunca procura disimular su desagrado por una persona, que critica con franqueza las faltas de otro aun a costa de su amistad. Creen en la verdad, en toda su desnuda aspereza, por mucho dolor que cause; y condenan todo aquel tacto considerado que tiene en cuenta los sentimientos humanos y procura decir la verdad de tal manera que no hiera ni aparte.
Les gusta pronunciar el "¡ay!" contra aquellos de quienes todos hablan bien, y aquella otra expresión de nuestro Señor de que no había venido a traer paz sino espada. Su profeta favorito es Elías, y se refieren con frecuencia a la condena bíblica de quienes profetizaban cosas halagüeñas. Confunden la franqueza con la rudeza. En nombre de la sinceridad emplean el sarcasmo y el ataque mordaz y amargo contra las personas. Cuando otros se afligen o se ofenden o se sienten insultados, responden: "Soy un hombre franco; digo lo que pienso, ¡y debes disculparme!"
La franqueza debe ser honrada, pero esto no es franqueza; es impertinencia, crueldad, el estallido de un mal carácter en quien habla, que en vez de hacer el bien solo hace daño.
Una verdadera apreciación de la historia de las enseñanzas del evangelio revelará el hecho de que nuestro Señor mismo ejerció el más bello y considerado tacto en todo su trato entre la gente. Era del todo incapaz de rudeza. Nunca pronunció una palabra áspera sin necesidad. Nunca causó dolor innecesario a un corazón sensible. Fue sumamente considerado con la debilidad humana. Fue sumamente tierno ante todo dolor humano. Nunca suprimió la verdad, sino que la pronunció siempre con amor. Incluso los terribles ayes que pronunció contra la incredulidad y la hipocresía, no creo que fueran dichos con tonos de trueno, temblorosos de ira como los hombres dan a sus anatemas. Pienso que debemos leerlos a la luz de sus lágrimas sobre la ciudad de su amor, que lo había rechazado, palpitantes y temblorosos de divina y dolorosa ternura.
Toda su vida habla de una consideración sumamente atenta. Tenía una maravillosa reverencia por la vida humana. Cada fragmento de humanidad era sagrado y precioso a sus ojos. Se comportaba siempre con la actitud de la más tierna consideración por todos. ¿Cómo podía ser de otra manera, puesto que veía en cada uno un ser perdido, a quien por amor podía ganar y rescatar, o a quien con una palabra áspera podía alejar para siempre de toda esperanza? Nunca habló con brusquedad ni hizo cruel la verdad. Veía en cada hombre y mujer suficiente tristeza para suavizar los mismos tonos de su voz y producir en él sentimientos de inefable ternura. Se movía procurando impartir a todos algún consuelo o ayuda.
Si logramos comprender, aun de la manera más débil, el sentir de Cristo hacia los hombres, nuestra brusquedad y rudeza pronto se transformarán en amabilidad. Y este es el verdadero tacto. Está infinitamente lejos de la astucia. La astucia es insincera. Adula y practica todas las artes del engaño. Profesa una amistad e interés que no siente. Solo busca promover sus propios fines. Es egoísta en el fondo, y del todo miserable y degradante.
El verdadero tacto es sentido común santificado. Es el amor cristiano haciendo su obra propia y legítima. Es aquella sabiduría que nuestro Señor encomendó tan calurosamente a los discípulos al salir entre enemigos y hacia un mundo hostil. Es al mismo tiempo tan inofensivo como una paloma. Nadie puede leer el Nuevo Testamento con reflexión sin ver cómo el amor se mueve por todas partes como reina de todas las gracias. La verdad va por doquiera vestida de la belleza cálida y radiante de la caridad. Positiva, fuerte y poderosa, es siempre tan suave como el toque del dedo de un niño. Alguien ha dicho que quien hace desagradable la verdad comete alta traición contra la virtud. La afirmación necesita una matización. Hay verdades desagradables que deben causar dolor cuando se dicen fielmente. Sin embargo, la verdad misma es siempre amable, y no le somos leales cuando la presentamos de manera que la haga parecer repulsiva.
El tacto cristiano es una consideración sabia y amorosa. Es aquella caridad que es sabiamente amable con todos, que todo lo soporta, que no busca lo suyo, que no piensa el mal. Tiene un instintivo deseo de evitar causar dolor. Procura agradar a todos para su bien. Sabe muy bien que la manera más segura de no hacer bien a los hombres es antagonizarlos y suscitar su oposición y enemistad; por tanto, en cuanto sea posible, evita todo ataque directo contra la vida y las opiniones de otros. Muestra respeto por las opiniones de quienes difieren en sentimiento o creencia.
Un escritor sabio ha dicho: "Cuando queremos mostrar a alguien que se equivoca, lo mejor es observar desde qué lado considera el asunto, pues su perspectiva suele ser correcta por su lado, y admitir ante él que tiene razón hasta ese punto. Quedará satisfecho con este reconocimiento de que no se equivocaba en su juicio, aunque fue inadvertido al no considerar todo el caso." ¡Cuánto más sabio y eficaz este método que el de asaltar violentamente la posición de quien difiere de nosotros, como si fuéramos infalibles y él y sus opiniones solo merecieran nuestro desprecio! Podemos lograr por vía indirecta lo que jamás lograríamos por métodos directos.
En ninguna clase de obra es tan necesario este sabio tacto como al procurar llevar a los hombres a Cristo. Hay en algún lugar una "llave para cada corazón", y sin embargo hay hombres buenos y fervientes a quienes ningún corazón se abre. Tienen celo sin conocimiento. El tacto santificado muestra su habilidad en mil pequeños detalles que ninguna regla puede trazar, pero que ganan corazones y consiguen aceptación para la verdad viviente y para el maravilloso amor de Cristo. Creo que al final se verá que muchas vidas que podrían haber sido salvadas por los métodos suaves que el amor enseña se han apartado de Cristo y se han perdido por la falta de sabiduría de los obreros.
El tacto tiene un poder maravilloso para allanar los asuntos enredados. Un pastor que lo posee armonizará una iglesia compuesta de los elementos más discordantes y evitará mil conflictos y riñas diciendo la palabra adecuada en el momento oportuno y poniendo callada y sabiamente a obrar otras influencias para neutralizar las tendencias discordantes. Un maestro dotado de este don puede controlar a los alumnos más indisciplinados y despojar a la travesura de su poder de molestar y perturbar la paz. En el hogar es un aceite indispensable. El tacto sereno tendrá siempre lista la palabra suave, pronunciada a tiempo para aplacar la ira. Sabe cómo evitar terreno peligroso. Puede poner a todas las partes de buen humor cuando hay peligro de desacuerdo o choque. Es silencioso cuando el silencio es mejor que la palabra.
Nada tiene tanto que ver con el éxito o el fracaso de los hombres en su utilidad como la posesión o la falta de tacto. Un hombre con grandes dones y saber no logra nada, mientras que otro, con ni la mitad de sus poderes naturales o conocimientos, lo supera con creces en la vida práctica. La diferencia está en el tacto, en conocer el arte de hacer las cosas. Necesitamos algo más que cerebro y erudición. El talento que más eficazmente influye en la vida es el que nos enseña cómo usar el poder que tenemos. Una persona hará más bien sin instrucción que otra con la cabeza llena del saber de los siglos.
El tacto es, sin duda, en gran medida un don natural, pero también es en parte un arte, y puede cultivarse. El hombre torpe que siempre se topa con alguien o pisa alguna flor delicada puede adquirir algo de la gracia del trato afable. El hombre áspero y brusco puede obtener un corazón más blando y, con él, un modo más suave. El hombre que siempre dice la palabra inadecuada y lastima a alguien puede, al menos, aprender a callar en las ocasiones dudosas. No hay mejor manera de adquirir este tacto portentoso que llenarse del espíritu de Cristo. Un amor cálido en el corazón por todos los hombres, desinteresado, atento y bondadoso, siempre encontrará alguna manera hermosa de realizar sus ministerios benéficos.
Una delicada bondad nos conmueve más que la más sublime exhibición de poder. La mansedumbre es más poderosa que el ruido o la fuerza. La pequeña flor que crece en lo alto de la montaña fría y escabrosa, entre el hielo y la nieve, impresiona más al observador que las grandes masas de granito que se elevan hasta las nubes. El brillo suave del sol puede lograr más que el impetuoso ventarrón invernal para que los hombres aflojen sus pesadas vestiduras y abran sus corazones a las influencias del bien.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Thoughtfulness and Tact
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.