Un libro para los afligidos

El poder que revoca la muerte: «Joven, levántate»

En el milagro de Naín, Cristo actúa en silencio y con ternura: primero consuela a la madre con un «No llores» y luego resucita a su hijo con autoridad divina. Una meditación sobre la deidad del Salvador y su compasión como compañero en el duelo.

No necesitamos detenernos en lo que siguió. En otros casos, la intervención del Salvador y su poder sanador son implorados con insistencia. Hay una excepción singular en el presente caso. Ninguna voz le suplica que realice el milagro. La multitud guarda silencio. La viuda que llora está demasiado absorta en su propio dolor para advertir la presencia del Profeta de Nazaret. Además, a pesar de sus otros hechos milagrosos, Él nunca había resucitado a los muertos; de modo que aun si ella hubiera conocido, o quizá presenciado personalmente, su capacidad de sanar a los enfermos y curar a los dolientes, jamás imaginaría que tuviera poder para revocar la sentencia irrevocable y abrir las puertas del Hades, que durante novecientos años (desde los días de Eliseo) habían estado cerradas a todo milagro.

Sin ostentación ni alarde, el Divino Redentor entra en medio de la multitud. Pero observad: lo primero que hace es susurrar, al oído que más lo necesitaba, la palabra bálsamo de consuelo: «No llores». Y aun cuando está a punto de pronunciarse la palabra de poder (aquella palabra que habrá de llamar de vuelta a un alma desde la región de los espíritus), todo se realiza en silencio discreto: en silencio toca el féretro; en silencio hace señas a los portadores para que se detengan; y, como las dos multitudes que se encuentran ya se han confundido en una sola, en medio del mismo silencio impresionante pronuncia el llamamiento omnipotente sobre el difunto envuelto en su sábana: «¡Joven, levántate!». Los pulsos de la vida vuelven a latir misteriosamente; los tonos conocidos vuelven a llegar a los oídos de una madre. ¡Oh, quién querría estropear la conmovedora sencillez del relato inspirado tratando de describir las ardientes lágrimas de asombro, de amor y de alabanza que ruedan por aquellas mejillas enflaquecidas y surcadas, cuando, en las sencillas palabras del relato —las mismas que en el milagro anterior— «se lo entregaron a su madre»!

Hemos oído hablar del gozo que provoca la aparición súbita del muchacho marinero en su cabaña natal, muchos años después de que aquella que más lo había amado no pensara sino en su hijo en una tumba acuática, con los restos de su barco arrojados a lejanas costas. Hemos oído del soldado que regresa a su hogar perdido hacía tiempo, cuando sus hijos solían hablar de la tumba de su padre en el lejano Oriente, con las palmeras y la hierba espesa ondeando sobre ella; e imaginamos el gozo cuando el triste sueño de los años se vio invertido y él se puso vivo ante ellos, abrazándolos por turno. ¡Cuál no sería el gozo de esta madre hebrea cuando se le concedió una nueva oportunidad de una vida tan preciada por un Salvador misericordioso, y al regresar, sosteniendo aquella mano que jamás creyó volver a estrechar en la tierra, exclamaba: «Este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y ha sido encontrado»!

Recojamos algunas VERDADES PRÁCTICAS y REFLEXIONES de esta historia tan sugerente.

I. Tenemos aquí un testimonio de la divinidad del Salvador.

Hay otros ejemplos en la Escritura de individuos resucitados de entre los muertos. Hemos visto hace poco a Elías, en Sarepta, resucitando al hijo de otra viuda; tenemos a Eliseo resucitando al hijo de la sunamita; a Pedro resucitando a «cierta discípula llamada Tabita». Pero todos estos casos se realizaron «permisivamente», por un mero poder delegado. Estos hombres santos asaltaron a la Muerte en su fortaleza sombría; pero no con sus propias armas. Su lenguaje fue: «Así dice el Señor», o bien: «En el nombre de Jesucristo de Nazaret». Siempre rechazaron y repudiaron la idea de cualquier capacidad inherente sobre la vida, cualquier usurpación de la prerrogativa divina. Actuaron únicamente como siervos. Pero aquí no hay reconocimiento de poder derivado. «Como hijo sobre su propia casa», Cristo pronuncia el mandato de una Omnipotencia sin restricciones: «Joven, a ti te digo».

¡Oh, bienaventurada seguridad! que aquel Ser a quien debo toda bendición que disfruto, toda esperanza para el tiempo y para la eternidad; quien fue clavado en la cruz por mí y por mí cerró los ojos en el sueño de la muerte; que tuvo el infinito Ser divino en unión misteriosa con una humanidad sufriente, afligida, desgastada por el dolor y herida de muerte, y que ahora, estando en el trono y habiéndosele entregado «todo poder en el cielo y en la tierra», nada puede resistir sus mandatos, nada puede frustrar sus designios y propósitos. No hay mal que su poder no pueda apartar; no hay calamidad que Él no pueda evitar, si así lo quiere. El «A TI TE DIGO» que pronunció sobre el féretro en Naín es su fórmula omnipotente PARA todos los tiempos y EN todos los tiempos. «Él habla, y es hecho».

II. Aprendamos la ternura y la compasión de Cristo como Hombre.

Es notable observar, en los acontecimientos más destacados del ministerio público de nuestro Señor, cómo las manifestaciones de su Humanidad y de su Divinidad van juntas. Suele haber una exhibición conjunta de majestad y de ternura, que proclama que, siendo Dios, es también partícipe de nuestra naturaleza.

Es el caso aquí. Acabamos de señalar las pruebas innegables de que Aquel que detiene a aquella multitud que llora es verdaderamente Divino. La Omnisciencia lo llevó allí; el acto de la Omnipotencia demuestra su deidad ante los ojos de los espectadores.

Pero Él es más que esto. Su mirada de compasión, su lágrima de simpatía, proclaman que en ese mismo pecho donde reside el poder de la Divinidad late también toda la ternura del afecto humano. Observad: fue la visión del dolor (la contemplación de la miseria humana) lo que conmovió hasta sus profundidades aquel Corazón de corazones. Parecería como si no pudiera contemplar el dolor terrenal sin que ese dolor se volviera suyo. En el caso semejante de Lázaro, como veremos más adelante, no fue el amargo pensamiento de un amigo perdido y muerto lo que abrió el manantial de sus propias lágrimas; pues cuando estuvo en el cementerio, sabía que, en pocos momentos, la víctima de la muerte volvería a encender sus ojos con vivo resplandor. En Betania (como aquí en Naín), fue sencillamente el espectáculo de los que sufren lo que hizo su irresistible llamado a su naturaleza emocional. La Vara de la compasión humana tocó la Roca de los Siglos, y brotaron los torrentes de la ternura. Él oye el llanto desgarrador de la viuda en medio de los que la acompañan; y, como ya hemos notado —pues es digno de observación—, pronuncia la palabra consoladora y compasiva antes de pronunciar el mandato divino.

Ni deberíamos pasar por alto el hecho de que solo pronunció una palabra. Esto revela un rasgo exquisito y conmovedor de la humanidad del Salvador. Atestigua cuán intensamente delicada y sensible, así como verdadera, era esa humanidad. Cuando nos encontramos con un doliente tras una prueba severa, nos retraemos del encuentro; acaso contentos cuando termina la triste y temida visita de cortesía. Hay una notable reserva al hacer referencia a ese vacío; o, si se hace, es breve, de una concisión estudiada. La presión de la mano expresa a menudo lo que los labios se resisten a decir. En aquella conmovedora imagen del dolor patriarcal, como observa un escritor al comentar este pasaje, los amigos y dolientes de Job se sentaron siete días a su lado, sin que se pronunciara ni una sílaba. Así fue aquí con Jesús. Él (incluso Él) no se impone con prolongados y triviales pésames. Con una lágrima en el ojo y un sollozo contenido, todo lo que dice es: «No llores».

Contemplad, pues, la hermosa y conmovedora simpatía de un compañero en el duelo, «el Hermano nacido para la adversidad». «Cuando el Señor la vio, tuvo compasión de ella». Hemos visto que aquella mujer que lloraba, desamparada, no carecía de otros amigos entristecidos. Su caso parecía ser de notoriedad pública. Muchos salieron a mezclar su dolor con el de ella. Pero la simpatía de todos ellos solo podía llegar hasta cierto punto. No podía esperarse que entraran en las particularidades de su aflicción. La simpatía humana es, en el mejor de los casos, imperfecta; a veces egoísta, siempre finita y pasajera. No así la simpatía de Aquel que acababa de unirse a la procesión fúnebre. Él podía decir, como nadie más: «Yo conozco tus dolores». La simpatía del amigo más amable de la tierra conoce un límite; la simpatía de Jesús no conoce ninguno.

¿Quién podrá decir si, en aquella expresión gentil de sentimiento tierno y en la profunda compasión que la inspiró, el Hijo del Hombre, el nacido de virgen, no tendría en vista a otra «Madre», cuya hora de pérdida semejante estaba cercana, cuando su propia muerte habría de ser «la espada» que habría de «traspasar su alma»? «No llores»; eso es muchas veces un detenimiento poco amable que el hombre impone a la sacralidad del dolor humano, como si fuera indigno derramar lágrimas que Cristo derramó antes que nosotros. Pero Él (el gran Salvador), que vino a contener crecidas más temibles de dolor, pudo, en su tierna compasión, pronunciar su propia palabra de calma. Aquella hora fue un presagio y un anticipo de un tiempo más feliz, cuando, en un mundo sin dolor, «Dios enjugará toda lágrima de todos los rostros».

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE DEATH OF AN ONLY SON — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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