Es un hecho muy interesante que fue mientras Jesús oraba que Él fue transfigurado. Cuando por primera vez se arrodilló en la fría montaña, no había brillo alguno en su rostro; pero a medida que continuaba en oración, comenzó a haber, al fin, un resplandor extraño en sus rasgos. Cada vez más brillante crecía, hasta que su rostro brilló como el sol. El cielo descendió a la tierra, y la gloria coronó el monte de la transfiguración.
Lo que fue verdad para Él en su vida humana, es verdad también para su pueblo. La oración transfigura. Puede que no haya una transfiguración corporal como la que hubo en el caso de Jesús. Sin embargo, todos hemos visto rostros humanos que tenían un brillo extraño en ellos, causado por la paz y el gozo interior. El corazón hace el rostro. El corazón escribe las líneas de sus rasgos en el semblante. Un corazón triste pronto hace un rostro triste. El descontento no puede ocultarse por mucho tiempo; pronto se muestra en la superficie, brotando desde las profundidades del alma. El mal genio se revela, no solo en estallidos descomedidos, sino en toda la expresión. La lujuria en el corazón, antes de mucho, mancha y aja los rasgos.
Por otro lado, las cosas buenas y hermosas que hay dentro se revelan en el rostro. Todos hemos visto enfermos que, en el dolor más agudo, sin embargo, soportaban con una paciencia que hacía resplandecer sus rasgos. Hemos visto personas que soportaban aflicciones, cuya paz parecía brillar a través de sus lágrimas, como si una lámpara santa ardiera dentro. Hemos visto ancianos que habían aprendido tan bien las lecciones de la vida, que sus rostros, aunque arrugados por la edad, aparecían transfigurados en una dulce y serena belleza.
Incluso el cuerpo es, en efecto, a menudo cambiado, transfigurado por la gracia que habita dentro. Nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo. Se nos asegura también que, en la resurrección, Cristo transformará nuestros cuerpos mortales a la semejanza de su propio cuerpo glorificado. Moisés y Elías, que aparecieron en gloria en el monte de la transfiguración, eran santos vestidos con su cotidiano y común atuendo celestial.
Pero sea lo que sea que digamos del cuerpo, el carácter de todo verdadero creyente está siendo transformado. Si Cristo habita en usted, Él producirá en usted la misma clase de vida que Él mismo vivió cuando estuvo en la tierra. Este cambio no llega en su plenitud, ni instantáneamente, en el momento en que uno cree en Cristo. Pero sí comienza entonces.
La vida es amplia. ¡Las lecciones de la vida son muchas y difíciles de aprender! Pablo ya era un anciano cuando dijo: "He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación". Le había tomado muchos años aprender esta lección de contentamiento.
De la misma manera, a nosotros nos toma años aprender las lecciones de la vida. Pero nada es más claro que la misión de la vida del creyente es ser transformado a la semejanza de Cristo. Ha de haber una transfiguración del carácter. La santidad debe llegar a ser el vestido cotidiano del cristiano. Somos llamados a ser santos, aun en este mundo pecaminoso. "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas". 2 Corintios 5:17.
Hay todavía otra manera en que la vida cristiana es transfigurada por la fe en Cristo. Hasta las vestiduras de Jesús fueron cambiadas, compartiendo su transfiguración. Esto sugiere que, para el cristiano, todas las condiciones y circunstancias de la vida son transformadas.
Tómese el asunto de las PREOCUPACIONES. Toda vida tiene preocupaciones. Hay preocupaciones en los negocios. Hay preocupaciones en la vida del hogar. Hay preocupaciones de la pobreza, pero no menos tiene el rico las suyas. La infancia tiene sus ansiedades; a veces los rostros jóvenes aparecen abrumados por el cuidado. Nadie puede escapar de la preocupación.
Para mucha gente, la vida es muy dura. Pero la fe cristiana transfigura la preocupación, para los que son de Cristo y han aprendido a vivir como Él nos enseña a vivir. Él nos dice que no nos afanemos por nada, porque nuestro Padre cuida de nosotros. Nos dice que la vida es una escuela, y que todas nuestras preocupaciones son parte de las lecciones que Él nos ha asignado. Eso significa que cada preocupación encierra en sí un secreto de bendición, un regalo de amor que nuestro Padre nos ha enviado. Cada vez que llegas a un punto difícil en tu vida, un obstáculo, una dificultad, una perplejidad, Dios te está dando una nueva oportunidad de crecer más fuerte, más sabio o más generoso de corazón. Procuramos hacer la vida fácil para nuestros hijos, pero Dios es más sabio que nosotros. ¡Él quiere que sus hijos tengan luchas, para que crezcan fuertes, santos y nobles!
Así es como la preocupación común es transfigurada por la gracia de Cristo. Encierra bendiciones para nosotros. Lleva en su forma, al parecer lúgubre, secretos de bendición para nosotros. Nuestras rutinas tediosas tienen bendiciones en su monotonía cansadora; sacamos de ellas muchas de nuestras mejores lecciones. Todo lo que necesitamos aprender es cómo enfrentar nuestras ansiedades, y ellas se transfiguran para nosotros. La luz de Cristo brilla a través de ellas.
Pablo nos dice en un pasaje maravilloso cómo obtener esta transformación de la preocupación: "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús". Filipenses 4:6-7. La paz de Dios brillará entonces a través de todas las inquietudes de la vida. Así la preocupación es transfigurada por el amor de Cristo en el corazón.
Tómese el DOLOR. Todos tienen dolor. Ser cristiano no exime a nadie del sufrimiento. Pero aquí, de nuevo, la fe en Cristo trae transfiguración. No solo se nos enseña a soportar pacientemente y con sumisión las aflicciones que nos sobrevienen, sino que se nos asegura que hay una bendición en ellas para nosotros, si las aceptamos con amor y confianza.
Una de las verdades más profundas enseñadas en la Biblia es que el dolor terrenal tiene una misión en la santificación de la vida. Una de las palabras más sagradas de toda la Escritura es la que nos dice que Jesucristo fue hecho perfecto por medio de los sufrimientos. Esto enseña que, en el cultivo incluso de su carácter sin pecado, hubo algo que solo el sufrimiento podía hacer, que Él no podía obtener en ninguna otra escuela. Su vida no fue perfecta en su desarrollo hasta que hubo sufrido.
Tememos al dolor, y sin embargo, la persona que no ha experimentado el dolor no ha tocado todavía los significados más profundos y preciosos de la vida. Hay cosas que nunca podremos aprender, excepto en la escuela del dolor. Hay alturas de la vida que nunca podremos alcanzar, excepto en la amargura de la aflicción. Hay goces que nunca podremos tener, hasta que hayamos caminado por los senderos oscuros del dolor. Un escritor dice: "Quizá sufrir no sea otra cosa que vivir profundamente. El amor y el dolor son las dos condiciones de una vida profunda".
Estas son palabras verdaderas. Sin amar, uno no puede conocer nada de la vida que valga la pena conocer; y sin sufrir, uno no puede llegar jamás debajo de la superficie en la experiencia humana. No haber tenido dolor, en alguna forma, es perderse una de las oportunidades más santas de la vida. Sacamos nuestras mejores cosas de la aflicción. "Te he purificado en el horno de la aflicción". Isaías 48:10. Los que visten las vestiduras blancas en el cielo son los santos que han salido de la gran tribulación.
Así es como las Escrituras derraman la luz de Cristo sobre el dolor. La fe ve el dolor ya no como algo oscuro y amenazante, sino atravesado por el resplandor del cielo, transfigurado por la bienaventuranza de Cristo.
El DEBER también es transfigurado por la fe en Cristo. El deber no es fácil. Existe en todo momento. A menudo es duro, casi más de lo que podemos soportar. Los hombres hallan opresivo el trabajo en sus lugares de negocio y labor. Las mujeres se doblan bajo su carga de quehaceres domésticos, que nunca terminan. Mucho de este deber no solo es duro, sino también monótono: las mismas cosas una y otra vez, en una rutina sin fin. A menudo, además, nada bueno parece salir de ello en absoluto. Es como sacar agua con un balde agujereado: nada se gana. Las manos quedan vacías al final, tras toda una vida de labor. Muchas personas se desaniman al pensar en la dura y rutinaria faena a la que deben entregar de nuevo sus manos cada mañana. ¡La recompensa por hacer bien su trabajo es solo más trabajo, y más difícil!
Pero aquí, de nuevo, la fe cristiana lo transforma todo. Hay una bendición en el deber, no importa cuán tedioso y cansado sea. Hay una bendición en el solo hecho de hacerlo, aunque nada parezca resultar de ello. Dios ama la fidelidad, y siempre la recompensa. Uno puede trabajar duramente durante setenta años, y no tener nada acumulado en bancos ni en bienes raíces; pero si ha trabajado con verdad, ¡en verdad tiene mucho tesoro acumulado!
El trabajo mismo es una bendición, uno de los mejores medios de gracia. Atesaura fuerza en el cuerpo. Entrena y desarrolla tanto los poderes físicos como los mentales. Hace de un hombre un hombre fuerte, capaz, noble. Hablamos de la rutina tediosa de nuestras tareas comunes; es en esa misma rutina donde obtenemos nuestra mejor educación espiritual. Formamos buenos hábitos, y así edificamos la vida y el carácter.
Piénsese en un hombre que sostiene un hogar, cría una familia, provee para su esposa y sus hijos a lo largo de todos sus años, y envía a sus hijos e hijas a ocupar un lugar honorable en el mundo. Supongamos que es tan pobre al final de su vida como al principio; si ha hecho todo esto, ¿puede decir que su deber cotidiano durante todos esos años no ha dejado ninguna bendición? No ha acumulado dinero en acciones ni en bienes, pero ha edificado bendición en vidas inmortales. Ha reunido una riqueza de carácter noble en su propia alma. ¡Ha atesorado riquezas en el cielo por su fidelidad!
Estas son indicaciones del modo en que la fe en Cristo transfigura el deber. Hay una bendición en cada fragmento de él, cuando el amor lo llena. El cuadro de un artista muestra a varios ángeles en una cocina, haciendo el trabajo de una ama de casa cansada. Uno está poniendo la tetera al fuego. Otro está levantando un balde de agua. Otro está bajando los platos de la alacena. Otro más está barriendo el suelo. Realmente no hay ficción en este fragmento de obra artística. Es tan hermoso como un trabajo de ángeles, el deber doméstico de las madres y las hijas en el hogar. Sabemos que hubo Uno, más alto que todos los ángeles, que de hecho trabajó durante años en un taller de carpintero campesino. Eso no es imaginación de un artista, es historia humana. Que no digan jamás los hombres que trabajan hoy en los negocios y en los oficios, fatigándose a menudo hasta el agotamiento doloroso, que el trabajo no es santo. Todo deber es sagrado, transfigurado, si se hace con amor a Cristo en el corazón.
Así, hacia dondequiera que volvamos, encontramos el brillo resplandeciente de la gloria del Redentor en estas vidas nuestras. Nuestros propios cuerpos son hechos gloriosos al ser templos del Espíritu Santo. Nuestros caracteres son renovados y transformados a la hermosura del Señor por la fe que habita en nosotros. Entonces toda la vida es transfigurada: la preocupación, el dolor, el deber.
La analogía se sostiene también en el otro hecho: que es en la oración, en la comunión con Dios, donde se realiza esta transformación. Toda oración verdadera tiene una influencia transfiguradora. Nos lleva a la presencia inmediata de Dios. El lugar santísimo del antiguo templo, donde estaba la gloria de la Shekinah, no era más santo que el lugar donde tú te inclinas cada vez que oras. ¡Estás mirando al rostro del mismo Cristo! Juan no estuvo más cerca de Él, recostado sobre su pecho, de lo que tú estás en tus oraciones. Uno no puede mirar así el rostro de Cristo sin que se obre en él alguna medida de transfiguración.
La oración es el levantamiento del alma hacia Dios. Eleva la vida, por un momento, al estado más alto y más santo. Un espíritu orante está lleno de aspiraciones hacia Dios. Sus anhelos se elevan en dirección a Dios. No hay estado de la vida espiritual más bendito que el anhelar. Es Dios en el alma encendiendo sus deseos y sus ansias de justicia y santidad. ¡Es la transfiguración del Espíritu, la que purifica estas nuestras vidas terrestres y apagadas, y las cambia, poco a poco, a la imagen divina!
Toda oración verdadera se caracteriza por la sumisión a la voluntad de Dios. Llegamos a los pies de Dios llenos de nuestros propios caminos y deseos. Pero puede ser que nuestros caminos no sean los caminos de Dios. Quizá somos obstinados, insubmisos, rebeldes. Deseamos cosas que no son las mejores para nosotros, y no estamos dispuestos a hundir nuestra voluntad en la de Dios. Pero mientras este sea nuestro espíritu, ni siquiera podemos comenzar a orar. Debemos ser llevados a decir: "No mi voluntad, sino la tuya sea hecha". Así, el orar nos obliga a la rendición y a la sumisión. Nos entrena a dejar todas nuestras peticiones a los pies de Dios con confianza. La más alta consagración cristiana posible se encuentra en la entrega perfecta de nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Eso mismo es una transfiguración. ¡La oración que nos obliga a someter nuestro camino al camino de Dios nos transforma a la imagen de Dios!
Entonces la oración nos transfigura, porque hace descender la gracia y la bendición divinas a nuestra vida. Las oraciones son respondidas. Las cosas que pedimos las recibimos, si son cosas que verdaderamente bendecirían nuestra vida. Somos débiles, y pedimos fuerza; nos levantamos de nuestras rodillas con el poder de Cristo descansando sobre nosotros. Pedimos santidad, y en nuestro corazón entran nuevos impulsos hacia las cosas santas. Estamos en tentación, en luchas encarnizadas, y clamamos por ayuda, y recibimos bendición de Cristo, que nos da fortaleza. Estamos en el dolor, y al orar recibimos consuelo de Dios. Así es que dondequiera y siempre que oramos, el cielo está abierto sobre nosotros, y las bendiciones divinas son enviadas sobre nosotros. El toque de Dios está sobre nuestra alma de alguna manera. Algún brillo nuevo comienza a resplandecer en nuestra vida. Así la oración transforma nuestra debilidad en fortaleza.
La oración cambia nuestras derrotas en victorias. Nos trae paz en medio de la turbulencia. Cambia la ansiedad en quieta confianza. Pone arcoíris sobre nuestras nubes de tormenta. Hace de nuestras lágrimas de dolor lentes a través de las cuales vemos más profundamente en el cielo. Abre los tesoros del amor de Dios, y nos enriquece con lo mejor de la gracia. ¡Orando, somos transfigurados!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Transforming Power of Prayer
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.