La vida cotidiana

El poder transformador del amor a Cristo, el Amigo invisible

El amor a Cristo, el Amigo que no vemos, transforma nuestras vidas, nos sostiene en toda circunstancia y nos lleva a servir al mundo con abnegación.

El mundo se sienta a los pies de Cristo, Ignorante, ciego y sin consuelo; Aún tocará el doblez de su manto, Y sentirá cómo el celestial Alquimista Transforma su mismo polvo en oro.

El amor por Cristo está transformando el mundo. El amor siempre transforma. Muchas vidas se embellecen por un amor humano puro, dulce y fuerte. ¿Quién no ha visto a una joven esposa, de naturaleza ligera y doncellil, sin seriedad, que solo se cuidaba a sí misma, hasta que llegó un bebé, y todo cambió? Se volvió seria, pensativa y diligente. El yo murió, y su alma se derramó en servicio sin reservas. Vivía ahora para su hijo. Las manos que hasta entonces habían estado ociosas se convirtieron en manos serviciales. Antes demasiado delicadas para cualquier labor o contacto rudo, ahora se usaban sin titubeo para cuidar a su hijo. Todo su ser fue transformado y se mostró ahora en noble hermosura. El amor había obrado el cambio. Los hijos son los ángeles de Dios para miles de madres jóvenes, enviados para bendecirlas apartando su corazón del yo. Pues nunca aprendemos a vivir hasta que dejamos de pensar en nosotros mismos y empezamos a vivir para algo fuera del yo. El egoísmo destruye la vida, marchita su belleza, agosta sus facultades y echa una maldición sobre ella. El amor salva la vida, desarrolla sus capacidades y saca a la luz lo mejor de ella.

Había un hogar sin hijos. Marido y mujer crecieron juntos en amor mutuo, pero como no tenían ningún interés fuera de sus propias vidas, se volvieron egoístas, avaros y codiciosos. Pasaron los años, y se iban enriqueciendo, pero eran mezquinos, ahorrando cada centavo posible. Se mortificaban, viviendo casi como mendigos, con ropa raída, comida pobre, en habitaciones sin fuego. No daban nada para aliviar la necesidad y la miseria que los rodeaban. Los ruegos por la obra de Dios no encontraban respuesta. Así pasó el tiempo hasta que llegaron a la mediana edad. Entonces la desintegración de otro hogar por la muerte de los padres trajo a un pequeño niño al hogar frío, sin amor y lúgubre. Al instante el niño se abrió camino hacia ambos corazones marchitos, y poco a poco el amor despertó. Casi de inmediato hubo un cambio. El hogar se alegró. El dinero atesorado se sacó a la luz y se gastó con más libertad. Los pobres fueron recordados, la causa de Dios recibió ayuda. Los rostros que envejecían y se enfriaban con las arrugas de la codicia y el afán de posesión se volvieron suaves y cálidos con la sutil calidez del amor. Las dos vidas fueron transformadas. Dios los había salvado por medio de un niño.

Estas son solo ilustraciones familiares de lo que aun el amor humano hace continuamente en este mundo. No sabemos lo que Dios está haciendo por nosotros cuando nos da amigos a quienes amar, especialmente cuando nos da a aquellos cuyo amor nos cuesta algo. La bendición llega a través del servir, a través del derramamiento de la vida. Un enfermo o un doliente en el hogar suele ser el medio para suavizar, refinar y enriquecer todas las vidas de la casa. Cuando Dios envía a alguien a quien amar, que se vuelve una carga sobre tu corazón, que exige sacrificio, servicio, cuidado paciente y costo, levanta tus ojos y dale reverentes gracias, pues hay bendición divina para ti en este ministrar en el nombre de Cristo. Esto es una pérdida de la vida, que en realidad es hallarla.

Pero es el amor a Cristo el que obra las transformaciones más maravillosas. Ha cambiado millones de vidas, del pecado, la sordidez, la crueldad, la degradación y el crimen, a la belleza, la mansedumbre, el refinamiento y la santidad. Hace casi dos mil años que Cristo murió en la cruz, descansó en el sepulcro y resucitó de entre los muertos. A lo largo de todos estos siglos, multitudes en cada generación han creído en él y lo han amado; y el amor por él ha cambiado sus vidas, las ha levantado y las ha atraído tras él en santa devoción.

Sus seguidores han aprendido las lecciones de la paciencia, el desinterés, la paciencia ante el agravio, el perdón de las injurias, la compasión por los débiles, la piedad por los perdidos y el amable ministerio hacia los necesitados y los afligidos. Toda la obra bendita del cristianismo es, sencillamente, la influencia del amor del Cristo invisible en los corazones y las vidas humanas.

"Pero ¿cómo podemos amar a quien no hemos visto y no podemos ver?" Esta es una pregunta que muchos hacen. Para empezar, podemos aprender toda la historia de Cristo tal como se cuenta en los Evangelios, hasta familiarizarnos con ella. Luego podemos recordar que, aunque Cristo no se ve en la tierra, está tan realmente presente como lo estuvo durante los años de su morada en Palestina. Él prometió: "Yo estoy con vosotros todos los días", y ciertamente quiso decir exactamente lo que dijo. Su presencia no depende de que nosotros lo veamos.

En verdad, nunca vemos realmente a ninguno de nuestros amigos. No es la forma humana que puedes ver la persona que amas. No son el rostro, el cabello, la mano y el cuerpo de tu madre lo que amas; es su alma, su espíritu. No es su cuerpo lo que es manso, paciente, amable, considerado y desinteresado. Un cuerpo no puede amar. Ni aun el rostro más hermoso puede por sí mismo ser una bendición para ti. Es la vida que habita en el cuerpo la que es tu madre. Puedes decir de ella, en un sentido verdadero: "A quien sin haberlo visto, amo." Toma a cualquier amigo que sea mucho para ti, en quien te apoyas, y no es el cuerpo lo que amas. Hay dulzura en un rostro, cálida bondad en una mirada, inspiración que estremece en un tacto. ¿Por qué? Por el alma que está en el cuerpo. Pero el cuerpo no es tu amigo, a quien en realidad nunca has visto, puesto que no puedes ver la verdad, la pureza, el amor, la simpatía, la constancia y la fortaleza.

No podemos ver a Cristo; pero si hemos llegado a ser suyos, él es en verdad nuestro amigo personal y es realmente para nosotros todo lo que tal Amigo divino puede ser.

¿Qué es en tu mejor amigo humano lo que más valoras, en quien más te apoyas en la debilidad, quien más te consuela en el dolor, quien es el mejor auxilio en cualquier necesidad o aflicción? ¿Es algo en tu amigo que puedas ver? ¿No es más bien su verdad, su sabiduría, su amor por ti, su simpatía, su fidelidad y su constancia? Aun cuando no esté contigo de modo que puedas verlo, ¿no sigue siendo para ti una fortaleza, un consuelo, un refugio, un auxilio? La conciencia de que él es tu amigo; de que cualquier otra cosa que te falte, él no te faltará; de que simpatiza contigo, te entiende y será paciente contigo; la seguridad de que, si fuere necesario, te ayudará con toda la capacidad de ayuda que hay en él, te fortalece, te bendice y te da paz, aunque no lo veas.

No puedes ver a Cristo, pero crees que él es verdadero, amante, fiel, conmovido con simpatía cuando sufres; que lo sabe todo de ti y te ama con un amor personal, profundo, tierno, fuerte y eterno. Sabes también que tiene todo poder y que todo su poder es tuyo para sostenerte, guardarte, bendecirte, librarte, protegerte y salvarte. Sabes que tiene toda sabiduría, una sabiduría que nunca yerra, que nunca aconseja con precipitación, con indiscreción, con corta vista, y que toda esa sabiduría está al servicio de la guía de tu vida y del ordenar de tus pasos. A medida que pensamos en estas líneas, el Cristo invisible se vuelve muy real para nosotros. Amar a este Amigo a quien no podemos ver se vuelve entonces un poder bendito en nuestra vida. Por lo pronto, aprendemos a confiar en él y a dejar en sus manos todos los asuntos de nuestra vida.

Muchas personas tienen un concepto del todo demasiado estrecho de lo que Cristo hace por ellas. Piensan en él como quien perdona sus pecados, cambia sus corazones, las ayuda solo en asuntos espirituales y las lleva al fin a su hogar en el cielo. Pero no hay nada en nuestra vida que no le interese, y el verdadero creer en Cristo implica poner en su mano todos nuestros asuntos. Esto no siempre será fácil. Nos gusta hacer nuestra voluntad y llevar a cabo nuestros planes. No nos gusta que el dolor y la decepción irrumpan en nosotros. Sin embargo, si él ha de dar a nuestra vida belleza celestial, debe hacer su voluntad con nosotros. Así obtenemos un atisbo del sentido de la prueba. Si el dolor llega en lugar del gozo que tú habías planeado para ti, es porque el dolor es mejor de lo que habría sido el gozo. Cristo puede muchas veces parecer estar echando a perder la hermosura de nuestra vida; pero es nuestro confiar en él aun entonces, y al fin sabremos que su camino fue más sabio que el nuestro. Los tejedores de tapices ven solo el revés mientras tejen.

Mi vida es solo un tejido Entre mi Dios y yo; Yo solo puedo elegir los colores, Él trabaja con constancia.

A menudo teje el dolor; Y yo, en necia soberbia, Olvido que él ve el lado de arriba Y yo el lado de abajo.

Amar a este Salvador invisible nos arrastrará a su servicio. Ninguna transformación a su carácter es completa si no nos hace semejantes a él en la entrega de nuestra vida al bien del mundo. Acaso a veces pasemos por alto esto, pensando en la semejanza a Cristo como mansedumbre, paciencia, humildad, pureza y verdad, sin el elemento activo. Pero cuando Cristo condensó en una frase el pensamiento de su misión, fue: "El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos."

De ninguna otra manera podemos concebir nuestra misión como seguidores de Cristo. Debemos seguirlo en la abnegación y el sacrificio, en el verdadero ofrecer de nuestra vida sobre el altar del amor. Eso es lo que el mundo necesita hoy: la vida de Cristo repetida en las vidas de su pueblo, en servicios humildes que llenen la tierra con la fragancia del amor y lleven bendición a cada rincón de ella. No mucho tiempo más estará él con nosotros como Salvador invisible. ¡Pronto iremos a estar con él!

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Loving the Unseen Friend

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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