La expiación por el pecado se sostiene o cae con la Deidad de Cristo. Si negamos su Deidad, debemos negar la expiación, pues ¿qué valor o mérito puede haber en la sangre de un mero hombre para que Dios, por causa de ella, perdone millones de pecados? Esto los socinianos lo ven claramente, y por ello niegan la expiación por completo. Pero si no hay expiación, ni sacrificio, ni sacrificio expiatorio por el pecado, ¿dónde podemos buscar perdón y paz? Vuelvan los ojos hacia donde los volvamos, no hay sino desesperación.
Pero cuando por el ojo de la fe vemos al Hijo de Dios obedeciendo la ley, rindiendo, con su hacer y morir, con su actuar y sufrir, una satisfacción a la justicia violada del Altísimo y ofreciendo un sacrificio por el pecado, entonces vemos tal gloria y tal valor respirando a través de cada pensamiento, palabra y acción de su humanidad sufriente, que le abrazamos a él y a todo lo que él es y tiene, con cada deseo y afecto de nuestra alma regenerada. Toda nuestra religión reposa aquí; toda nuestra fe, esperanza y amor fluyen hacia, y se fijan y concentran, por así decirlo, en Jesucristo, y él crucificado; y sin una medida de esto en nuestro corazón y conciencia, no tenemos religión digna de tal nombre, nada que salve ni que santifique—nada que libere de la culpa, la inmundicia, el amor, el poder y la práctica del pecado—nada que sostenga en la vida, consuele en la muerte o prepare para la eternidad.
El camino, pues, por el cual llegamos al conocimiento de, y a la fe en, la Deidad de Cristo, es primero sintiendo la necesidad de todo lo que él es como Salvador, y un Salvador grande, y luego teniendo una manifestación de él por el bendito Espíritu a nuestra alma. Cuando así es revelado y traído cerca, vemos, con el ojo de la fe, su humanidad pura y perfecta y su Deidad eterna; y estas dos naturalezas distintas las vemos combinadas, pero no mezcladas, en una Persona gloriosa, Emanuel, Dios con nosotros. Hasta que somos así favorecidos, podemos ver la Deidad de Cristo en las Escrituras, y hasta ese punto creer en ella, pero no tenemos esa fe personal y apropiadora con la cual, con Tomás, podemos decir: «¡Señor mío, y Dios mío!»
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: March 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.