El camino del cristiano

El privilegio de la comunión íntima con Dios

Todo creyente verdadero goza del privilegio de una comunión íntima con el Padre celestial, en la que presenta sus temores, pecados y necesidades y recibe promesas de gracia.

Se dice de Moisés que "el Señor hablaba con él cara a cara, como un hombre habla con su amigo". Ahora bien, hay un sentido importante en el que estas palabras pueden aplicarse a todo verdadero creyente. Este goza del privilegio de una comunión íntima y entrañable con su Padre celestial. Contémplelo de rodillas, en el secreto de su aposento, habiendo dejado fuera por un momento al mundo con sus múltiples ansiedades. ¡Cuán dulce es el privilegio que disfruta, el de hacer conocidas todas sus peticiones a Dios mediante oración y ruego! ¿Tiene conciencia de su propia debilidad, de las tentaciones que le rodean y de los muchos enemigos que le acosan? Su clamor ferviente es: "Sosténme, y estaré salvo". Y bien, Dios está allí, siempre cerca de los que le invocan en verdad, y le responde: "No temas, porque yo te rescaté. Te llamé por tu nombre; mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando pases por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador". Isaías 43:1-3

¿Se siente profundamente perplejo respecto al camino que debiera seguir, cuando reclamos encontrados se ciernen sobre él? Levanta la mirada y dice en el lenguaje del Salmista: "Enséñame, Señor, tu camino; y guíame por senda llana a causa de mis enemigos". ¿Y qué responde Dios? "Yo te instruiré y te enseñaré el camino que debes seguir; te aconsejaré y te guiaré con mis ojos". "Te guiaré por sendas que no has conocido; convertiré en luz las tinieblas delante de ti, y enderezaré los caminos torcidos; estas cosas haré por ti, y no te desampararé".

¿Está oprimido bajo un profundo sentido de su extraordinaria pecaminosidad, al ver sus iniquidades dispuestas en temible orden contra él, mirándole a la cara y cubriéndole de vergüenza y confusión? Sabe, sin embargo, lo que es mirar a Aquel a quien tantas veces ha hallado gracia; ora, por tanto: "Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades". Y Dios se acuerda de él con el favor que concede a su pueblo, y en la plenitud de su compasión proclama: "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados". "Seré propicio a tus injusticias, y no me acordaré más de tus pecados y de tus iniquidades".

A veces el hijo de Dios se halla en grande angustia por sus necesidades temporales, pues sus perspectivas terrenales se muestran oscuras y sombrías. Pero, sabiendo que Aquel que es el Dios de la gracia es también el Dios de la providencia, se acerca al divino escabel por sí mismo y por su familia, y allí clama: "Acuérdate de nosotros, oh Dios, para bien; ¡oh!, no nos dejes desamparados". Y Aquel que oye a los cuervos jóvenes le oye a él, y le dice: "No temas, hijo mío pobre; ningún mal te sobrevendrá, ni plaga alguna se acercará a tu morada. Aun los leones jóvenes y fuertes pasan hambre, pero los que confían en el Señor nunca carecerán de ningún bien".

A veces, mirando hacia el futuro, dice: "No me rechaces en la vejez; no me abandones cuando mi vigor se acabe". Y la voz desde el cielo proclama: "Yo te creé y te he cuidado desde antes de tu nacimiento. Seré tu Dios durante toda tu vida, hasta que tus cabellos encanezcan. Yo te hice, y yo te cuidaré. Te llevaré y te salvaré".

Y así, con todas sus necesidades y todos sus anhelos, se acerca a Dios, y Dios se acerca a él; y así gozan entre ambos de dulce comunión.

Hay algunos que se inclinan a burlarse de la idea de la comunión espiritual con Dios. Pero que se burlen si quieren; que la consideren, si así les place, como un sueño del entusiasmo. El creyente, sin embargo, no renunciará a sus goces por las risas de nadie. ¡La comunión con Dios es un privilegio que no cambiaría por diez mil mundos! De todas las cosas preciosas, para él es la más preciosa. La considera como el alba del día eterno, y la siente como la gloria comenzada aquí abajo. La comunión con Dios es para él como los racimos de Escol que fueron traídos al desierto; es un trago de aquellas corrientes cristalinas que alegran la ciudad del Altísimo; es una flor arrancada de los gloriosos emparrados del Paraíso de arriba. En una palabra, la comunión con Dios es el preludio y la prenda de la plenitud de gozo que está a la diestra de Dios, y en la cual consiste la mismísima esencia de aquella bienaventuranza que será gozada por santos y ángeles por los siglos de los siglos. Y mientras contempla los afanosos afanes de los hombres tras las cosas que perecen con su uso, su lenguaje es:

"Otros extiendan los brazos como mares,

y abarquen toda la orilla;

dame a mí las visitas de tu gracia,

¡y no deseo más!"

Cristiano, ¿hay alguna ambición en tu pecho? ¡He aquí un noble campo para manifestarla! ¡Oh, cuán indecible es el honor de mantener familiar comunión con el Rey de reyes! Y este honor lo tienen, no solo los siervos más favorecidos de Dios, sino todos los santos. Este es el maná escondido que ellos comen, del cual el mundo nada sabe. Este es el gozo que poseen, que ningún extraño puede comprender. Este es el honor que disfrutan, que proviene de Dios solamente. Pueden ser pobres y afligidos; pueden ser mal vistos por un mundo ingrato e impío; pero esto compensa todo: "tienen comunión con el Padre, y con su Hijo Jesucristo".

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Communion with God

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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