Es bueno orar por los amigos. En verdad, la amistad que no ora carece de uno de sus elementos más sagrados. Tenemos también un buen índice del carácter de la amistad en las cosas que uno pide para sus amigos. Buscar para ellos solo bendiciones terrenales es perderse el privilecio más alto de la amistad, que es invocar sobre ellos las bendiciones del cielo.
Es interesante estudiar las oraciones de Pablo por sus amigos. Su oración por los cristianos de Filipos puede tomarse como ejemplo. «Esta es mi oración: que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento.» Filipenses 1:9. No pide que tengan más de los bienes de este mundo, que prosperen en los negocios, sino que pide para ellos aquellas cosas que enriquecerán su vida y su carácter espirituales.
Pide que su amor abunde aún más y más. Sin amor no hay vida cristiana. Vivir de verdad es amar. El amor es el «tiempo perfecto» de vivir —al menos espiritualmente, si no gramaticalmente. Nadie puede ser cristiano y no tener amor. El carácter cristiano, dondequiera que se halle, en cualquier país, lleva en sí el hilo rojo del amor. No tener amor es no ser cristiano. Todo deber cristiano se resume en amar, amando a Dios y al prójimo.
La oración de Pablo es que este amor abunde aún más y más. No basta tener un poco de amor en el corazón, un manantial débil y goteante que brota y envía pequeños hilos y arroyuelos de afecto. El amor en nosotros debería ser como un río. Nuestra vida debería ser rica en su dulzura, su paciencia, su caridad, su longanimidad, su perdón, su servicio. Necesitamos un amor que no cuente sus perdones siete veces, sino que perdone setenta veces siete. Necesitamos un amor que sea bondadoso, no solo con quienes nos muestran bondad, sino también con quienes nos son desagradables. Necesitamos un amor que siga amando cuando se aflige y se hiere; que haga bien a cambio del mal y del odio; que nos enseñe a «orar por los que nos persiguen». Necesitamos un amor que no se vea afectado por el trato cruel de los hombres; que derrame su dulzura y su bondad sobre el mal y sobre el bien; que en el sufrir el agravio personal sea como el lago que, surcado por la quilla que lo hiende, sana al instante su propia herida y queda de nuevo tranquilo y liso. Necesitamos un amor que abunde en servicio, olvidándose de sí mismo; que dé, que se sacrifique hasta lo sumo, para bendecir a otros. Necesitamos un amor que todo lo sufre y nunca falla.
Nunca deberíamos decir, aun después de los más altos logros del amor: «Ya he alcanzado mi ideal de desinterés, de paciencia, de dulzura, de servicio. Ya he hecho mi parte por los demás. No tomaré más cargas sobre mí. Ya no me desgastaré más sirviendo.» Nuestro amor ha de abundar aún más y más.
Pablo oró para que el amor de sus amigos abunde aún más y más en conocimiento. El amor sin conocimiento es mera emoción, que pronto se apaga. Debemos conocer a Dios para amarlo de verdad. La razón por la que la gente no ama a Dios es porque no lo conoce. ¿Cómo podemos obtener este conocimiento de Dios? ¿Cómo llegamos a conocer mejor a un amigo humano? ¿No es reuniéndonos con él a menudo; conversando con él para aprender sus pensamientos y sentimientos; observando sus actos para aprender el modo de su vida; notando su disposición y sus actitudes para descubrir su espíritu? ¿Cómo de otra manera podemos llegar a conocer mejor a Dios? Si nunca nos encontramos con Él, si nunca hablamos con Él, si nunca estudiamos su Palabra, si nunca observamos sus caminos, ¿cómo podremos conocerlo jamás?
La Biblia revela a Dios. Despliega su carácter y nos dice cuáles son sus pensamientos hacia nosotros, cuál es su voluntad para nosotros. Estudia el Libro si quieres conocer a Dios. Jesús fue llamado «el Verbo». Una palabra revela el pensamiento. Un pensamiento yace en lo profundo de tu alma, y nadie puede leerlo. Entonces hablas, y el pensamiento se da a conocer.
Así también, en lo profundo del ser de Dios yacía el misterio de su amor, su gracia y su verdad. Los hombres no podían conocerlo. Nadie, investigando, podría descubrir a Dios. Entonces vino Jesús, el Verbo, revelando los pensamientos que estaban en la mente del Padre. Dios dejó al descubierto su corazón en Cristo. Conoce a Jesús, y conocerás a Dios. Entonces, conociendo mejor a Dios, tu amor por Él abundará más y más.
Nos hallamos en la mera orilla de un gran océano de conocimiento, cuando procuramos aprender de Dios. Podemos obtener, en el mejor de los casos, solo pequeños fragmentos de conocimiento de Él.
España solía estampar en sus monedas la roca de Gibraltar, lanzando sobre la figura un rollo con las palabras «No más allá». Creía que no había tierras más allá de aquellas rocas. Pero un día un espíritu audaz navegó lejos, más allá de aquellas rocas, y descubrió un nuevo mundo. Entonces España cambió sabiamente sus monedas, borrando la palabra «No» y dejando «Más allá». Algunos de nosotros tal vez hayamos estado creyendo que conocemos todo lo que de Dios puede conocerse en este mundo. Pero más allá de nuestro pequeño «no más allá» se extiende un vasto continente de conocimiento de Él. Podemos estudiar teología, la ciencia de Dios, por siglos, y aun así solo comenzaremos a conocerlo.
Entonces, cuanto más conozcamos a Dios y lo amemos, más amaremos a nuestros semejantes. Pues el verdadero amor humano no es sino la lección del amor de Dios aprendida. Solo intentamos pensar los pensamientos de amor de nuestro Dios. Jesús nos manda que nos amemos los unos a los otros como Él nos ama. Solo en la medida en que aprendamos cómo nos ama Cristo sabremos cómo amarnos unos a otros. Todas nuestras lecciones de amar debemos recibirlas de Él. Debemos conocer la paciencia de Cristo antes de poder ser pacientes. Debemos conocer la dulzura de Cristo antes de poder ser dulces. Debemos conocer el modo de perdonar de Cristo antes de poder perdonar de verdad.
Pablo oró para que sus amigos «pudieran discernir lo que es MEJOR». Filipenses 1:9-10. En este mundo debemos estar siempre haciendo elecciones. No podemos tomar todo lo que se encuentra en nuestro camino, y debemos elegir lo mejor. Aun entre las «cosas correctas» hay lugar para la elección, pues algunas cosas correctas son mejores que otras.
Hay, sin embargo, muchísimos cristianos que no eligen habitualmente lo mejor, sino cosas de segunda. Trabajan por el alimento que perece, cuando podrían trabajar por el alimento que perdura para vida eterna. Aun en sus oraciones piden bendiciones temporales, cuando podrían pedir dones y tesoros espirituales. Son como el «hombre del rastrillo» de John Bunyan, que solo mira hacia abajo y arrastra su rastrillo entre las malas hierbas y la basura sin valor, mientras sobre su cabeza hay coronas que podría tomar con sus manos.
Son como Esaú, que vendió su valiosa primogenitura por un poco de pan y un guiso de lentejas. Se afanan por las cosas de este mundo, cuando podrían haber estado atesorando en el cielo.
Solo tenemos una vida que vivir, y por tanto deberíamos hacer con ella lo mejor que podamos. Pasamos por este mundo una sola vez, y deberíamos recoger y llevar con nosotros las cosas que verdaderamente nos enriquezcan, ¡las cosas que podemos conservar para siempre!
No vale la pena afanarse, sudar, esforzarse y luchar por hacer cosas que no dejarán ningún resultado duradero cuando la vida se acabe, ¡mientras hay cosas que podemos hacer que tienen significado eterno!
¿Cuáles son, pues, las cosas excelentes? Toda bondad cristiana es excelente. Deja resultados en otras vidas, resultados que sobrevivirán al tiempo. Las palabras que hablas con amor y verdad en otros corazones jamás perecerán.
El poeta encontró su canción, mucho, mucho tiempo después de haber sido cantada de principio a fin, en el corazón de su amigo. Así será con cada palabra dicha y cada canción entonada por Cristo: algún día las hallaremos todas en algún corazón. El servicio cristiano está entre las cosas excelentes que deberíamos elegir. La ociosidad es maldita. Produce muerte en el ocioso. El trabajo bendice al mundo y bendice a quien trabaja.
El carácter noble es excelente. Alguien dice: «Lo único que regresa de la tumba con los que lloran, y se niega a ser sepultado, es el carácter». Esto es verdad. Lo que un hombre ES sobrevive a su muerte. Nunca puede ser sepultado. Permanece en su hogar, cuando sus pasos ya no se escuchan allí. Vive en la comunidad donde fue conocido. Y esta misma cosa, el carácter, el hombre la consigo a la vida venidera. Por ello debemos cuidar de edificar en nuestro carácter solo cosas hermosas, cosas que serán admitidas en el reino celestial. Pablo enseña esto cuando dice: «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, en esto pensad», y «esto haced». Vale la pena reunir en nuestro carácter estas cosas hermosas, estas cosas eternas, pues podemos conservarlas para siempre.
Otra cosa excelente es la verdadera amistad. Debemos elegir lo mejor. Hay amistades que solo dañan la vida, que solo envenenan la fuente del ser, que solo afean la belleza del alma. No podemos encontrar amigos perfectos; todos tienen sus faltas, maneras que nos molestarán e irritarán, peculiaridades que nos fatigarán. Con todo, hay amigos que, con todas sus imperfecciones, son dones santos de Dios para nosotros. Tener un amigo que sea verdadero, digno, noble, puro, es un privilegio bendito. La amistad piadosa trae bendiciones a nuestra vida.
La amistad trae bendiciones a nuestra vida. Nos hace más fuertes, pues comparte con nosotros las cargas de la vida. Es una inspiración para nosotros. Escribe sus líneas de hermosura en nuestra alma. Las cosas verdaderas que la santa amistad trae a nuestra vida las tendremos siempre. Aun la muerte no puede arrebatárnoslas.
Estas son sugerencias de «las cosas que son excelentes» por las que un cristiano debería elegir vivir. Miles de vidas se desperdician casi o por completo porque se gastan en buscar cosas que no valen la pena. Somos seres inmortales, y es insensatez vivir solo para esta vida y descuidar las cosas que son eternas.
Otra de las oraciones de Pablo por sus amigos es que sean sinceros y sin ofensa. Sincero significa «sin cera». En los días de esplendor de Roma, mucha gente vivía en suntuosos palacios de mármol. A veces un obrero deshonesto, cuando se había astillado un trozo de piedra, rellenaba la hendidura con una clase de cemento llamado cera, una imitación del mármol. Por un tiempo el engaño no se descubría; pero al poco tiempo la cera se decoloraba, y así el fraude, la falsedad, quedaba al descubierto. Llegó a ser necesario, por tanto, incluir en los contratos con los constructores una cláusula que estipulara que la obra debía ser «sine cera», sin cera. Este es el origen de nuestra palabra «sincero». Significa que la vida descrita es verdadera de parte a parte, sin engaño, sin fraude, sin apariencia. Sus profesiones son reales. No hace pretensiones, sino que es sencillamente lo que es.
Deberíamos notar bien esta característica de la vida por la que Pablo ora. La insinceridad en cualquier forma afea la hermosura del carácter. ¡Qué farsa representan los que se ponen ante el mundo como lo que no son! Todos recordamos con qué palabras tan duras Jesús condenó la hipocresía. Este fue el único pecado del que no habló con piedad y compasión. Puede haber hipocresía en otras cosas además de la religión. Se puede ser hipócrita en el vestir, en el modo de vivir, en profesiones de amistad, en los negocios, en el trabajo. Hay mucho que brilla como diamante y no lo es. Hay mucha ostentación de riqueza que es solo pobreza en ropas de púrpura. Hay abundancia de mármol en apariencia que es solo cera.
La oración de Pablo es que sus amigos sean sinceros en todo. Es una buena oración que todos nosotros hagamos por nosotros mismos. Deberíamos ser verdaderos de parte a parte. Deberíamos vivir de tal modo que jamás temamos el ser expuestos. ¡Qué farsa es vivir falsamente! ¡Qué farsa es vivir con insinceridad ante el mundo, una vida vacía de mera apariencia exterior, mientras el ojo divino mira hacia el corazón y ve la miserable realidad!
Pablo ora también para que sus amigos sean sin ofensa. Nosotros usamos la palabra «ofender» para herir los sentimientos. Ofendemos a un hombre cuando lo hacemos enojar. La Biblia hace poco caso de los meros sentimientos heridos, pero tiene por de infinita importancia un daño causado a una vida. Ofendemos a otro en el sentido bíblico cuando, con nuestro ejemplo, nuestra influencia, nuestras palabras, cualquier acto nuestro, le hacemos tropezar o caer. La oración de Pablo es que sus amigos nunca hagan nada que haga tropezar a otros. Es muy importante que aprendamos a vivir de modo que jamás dañemos a otras almas.
Jesús habló muy solemnemente del pecado de hacer tropezar a un pequeño. Es algo grave pecar; es algo aún más grave ser la causa de que otro peque. Debemos guardar nuestros hábitos, no sea que pongamos los pies de otros en senderos que los lleven a la ruina. Debemos vigilar nuestras palabras, no sea que en momentos descuidados digamos lo que envenenará la mente de otro. Debemos cuidar nuestro ejemplo, no sea que su influencia se vuelva el azote y la maldición de una vida inocente. Deberíamos ser sin ofensa en toda nuestra vida.
Otra de las oraciones de Pablo por sus amigos fue que fueran llenos de los frutos de justicia. Es bueno ser sin ofensa, es decir, no hacer ningún daño en el mundo. Pero eso no es lo mejor. Algunas personas tienen tanto miedo de hacer daño que nunca hacen ningún bien. Pero esa no es la clase de bondad que la Biblia nos insta a tener. Debemos ser activos, abundando siempre en la obra del Señor. Debemos llevar fruto, mucho fruto, y así demostrar ser discípulos de Cristo.
Debemos ser llenos de los frutos de justicia. Esto sugiere una vida santa, que lleva los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, longanimidad, gentileza, bondad, mansedumbre, fe, dominio propio. Significa también una vida llena de buenas obras. Debemos ser personas útiles, personas que ayudan. El mundo es un gran mar, en cuyas aguas oscuras perecen las almas, ¡y nosotros debemos ser pescadores de hombres! A nuestro alrededor hay necesidad y dolor humano, y debemos ser consoladores y ayudadores. Debemos ser Cristo para el mundo, llevando siempre en nosotros la sanidad de Cristo.
Es en sus sarmientos donde la vid lleva sus frutos, y nosotros somos los sarmientos. Cristo debe vivir en este mundo en nosotros y por medio de nosotros, o no vivirá en absoluto. Los frutos con que saciaríamos el hambre del mundo deben crecer en nuestras vidas. «Dadles de comer vosotros» es la respuesta de Cristo cuando le hablamos de la gente que perece a nuestro alrededor.
Son frutos de justicia con los que debemos ser llenos. El avivamiento que el mundo espera hoy en la iglesia es un avivamiento de justicia. «¡No sois tan buenos como vuestro Libro!», dijo un brahmán a los misioneros en la India. «Si fuerais tan buenos como vuestro Libro, la India sería pronto de Cristo». Si todos los cristianos fueran tan buenos como su Libro, este mundo entero sería de Cristo en poco tiempo. Debemos guardar los mandamientos. Debemos ser santos. Debemos vivir justa y piadosamente en este presente mundo malo. Debemos hacer descender el reino de los cielos a la tierra con nuestro vivir.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Praying for Our Friends
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.