Todo verdadero cristiano es un hombre libre; y mientras los demás del mundo son esclavos de Satanás, los santos son reyes y sacerdotes para Dios y para el Cordero. Todos ellos son hijos del Altísimo, y ninguna relación se compara con la de hijos de Dios. Pues aunque el siervo pueda permanecer mucho tiempo en la casa, no «permenece en ella para siempre, sino el hijo permanece para siempre». Los nobles antepasados son el orgullo del mundo. La gente se jacta de su alto nacimiento y de su sangre noble, como los consejeros de Faraón antaño: «Hijo soy del sabio, hijo de reyes antiguos».
Pero cuando, en Cristo, podemos decir: «¡Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es!», entonces podemos gloriarnos de un linaje celestial.
Ningún mendigo rehusaría llegar a ser el hijo adoptivo y heredero de un rey rico. Ninguno tan pobre como el hombre en su estado natural, y ninguno tan rico como Dios. ¡Qué bendición tan inmensa, pues, que los pecadores desterrados sean hechos hijos de Dios; que los arruinados sean hechos herederos de la bienaventuranza! Pero, ¡qué locura hay en quienes desprecian el privilegio celestial! ¿De qué sirven todas nuestras contiendas sobre rango y linaje, que han de acabar en corrupción y terminar en polvo? Nada nos aprovechará que la sangre real corra por nuestras venas, si el Espíritu de adopción no es enviado a nuestras almas, para que, con la voz de la fe, clamemos: «¡Abba, Padre!», y conozcamos, como fruto de este divino privilegio, lo que es acercarnos con libertad a una relación tan cercana y compasiva, quien, siendo todo sabiduría, toda bondad y toda ternura de corazón, nunca dará cosas malas a sus hijos.
Pero, ¡oh! ¡cómo debería andar el hijo adoptivo de Dios y comportarse conforme al carácter de la familia divina, de la cual, por libre gracia, ha sido hecho miembro! Los acontecimientos adversos de nuestra peregrinación terrenal suelen dispersar a una familia lejos y ancho, pero una vez hijo, siempre hijo en la celestial e invisible sociedad, y siempre en la presencia del Padre. Cuando se es adoptado en esta relación que ennoblece, el honor no es solo divinamente glorioso, sino los privilegios ineffablemente grandes. Aunque no caen bajo la mirada del ojo carnal, no por eso son menos reales. Poseedor de ellos, el pobre santo, a quien el mundo quizá desdeña notar, puede recorrer con cánticos de gratitud la extensión de su dicha, la vastedad de su bienaventuranza. Puede gritar con triunfo: «¡Dios es mi Padre, Cristo es mi Salvador y Hermano Mayor! ¡Las aflicciones y los castigos son señales del amor y el cuidado de mi Padre! ¡El cielo es mi herencia reservada! ¡La gloria es mi porción futura! ¡La vida y la muerte, las cosas presentes y las venideras son todas mías!»
¡Qué sonidos vacíos son todos los títulos honoríficos comparados con esto: «¡hijos de Dios!»! ¡Cuán pobre ser heredero de una corona terrenal frente a la sólida esperanza de la vida eterna! Ciertamente el hijo de la adopción de Dios es el hombre más feliz del mundo. Los ángeles, esos seres superiores, son incluso espíritus ministradores para los herederos de la salvación. Quienquiera que los hiera se dice que «tocó la niña del ojo de Dios», expresión figurada, pero muy elocuente, pues no hay parte tan tierna como el ojo, ni parte del ojo tan preciosa como la pupila, que defendemos del peligro con el mayor cuidado. ¡Tal uno tiene derecho a todos los privilegios de los hijos de Dios! ¿Qué privilegios no otorgará un Padre tal, cuyo afecto es infinito y su poder sin límite, a sus hijos? Quienquiera que se levante contra ellos ofende a toda la familia del cielo; pues «quien a vosotros desprecia», dice Cristo a sus discípulos, «a mí me desprecia; y quien me desprecia a mí, desprecia al que me envió». Y si se da la orden de guardar a un alma escogida, de repente queda rodeado de carros celestiales y caballos del cielo, ¡gloriosos en su ardiente majestad!
Es verdad que ahora los hijos adoptivos de Dios son como nobles que habitan secretamente en tierra extranjera. Su linaje no se conoce, su grandeza no se ve, y por tanto su nobleza ni se admira ni se codicia. Pero viene un día en que todos los hijos de Dios harán su gloriosa aparición en un solo majestuoso conjunto, a la vista de un mundo congregado, que se avergonzará de haber hablado tan encarecidamente de los que no eran sino brote de la tierra, y haber despreciado a los nacidos del cielo. ¡Qué hermosura se derramará en torno a ellos! Serán vestidos con ropas de gloria, con palmas de victoria en las manos, y la carta del pacto, que contiene todos los privilegios de la adopción, desplegada ante ellos, y se hará una solemne proclamación, ante hombres, ángeles y demonios: «¡Estos son los hijos del Dios viviente!»
Ahora bien, si he sido recibido en la familia real del cielo, rompa yo toda correspondencia con los enemigos del Rey —el pecado y la vanidad—, y muestre la grandeza de alma, el sentimiento refinado y el pensamiento elevado, aborreciendo lo que él prohíbe, por dulce que sea a la mente carnal, y eligiendo lo que él manda, por adverso que sea a la carne y a la sangre. Si Dios es mi Padre, honrémoslo y reveréncielo, quien nunca me será temible como Juez. Reciba yo corrección de su mano e instrucción de su palabra, y demuestre ser de la familia celestial hablando el lenguaje del mejor país, teniendo mis afectos puestos arriba y amando a todos los demás hijos adoptivos suyos. Acuérdese de su antigua y deplorable condición, y sea humilde. Acuérdese de sus presentes privilegios, y sea agradecido. Anticipe sus esperanzas futuras, y sea santo en todo su modo de vivir y conversar. Y admírese a diario de aquel amor, y adore la soberanía de aquella libre gracia, que admite a gusanos infernales entre los hijos de Dios, y los enriquece con tantos privilegios —¡privilegios que contienen no solo lo que hay en este mundo, sino las glorias y felicidades del mundo venidero!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: ADOPTION
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.