Un discurso sobre las aflicciones

El propósito de las aflicciones en la vida del creyente

Una meditación sobre Hebreos 12 que nos llama a recibir las aflicciones con humildad y reverencia, recordando que toda corrección divina es una instrucción de nuestro Padre celestial.

Hebreos 12:5-11

"Habéis olvidado la exhortación que se os dirige como a hijos: 'Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando seas reprendido por él; porque a quien el Señor ama, lo corrige, y azota a todo hijo que recibe.'

Si soportáis la corrección, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien el padre no corrija? Pero si estáis sin corrección, de la cual todos se han hecho partícipes, entonces sois bastardos y no hijos. Además, tuvimos padres humanos que nos corregían, y los respetábamos. ¿No estaremos mucho más sometidos al Padre de los espíritus y viviremos? Porque ellos, en verdad, por pocos días nos corregían como a ellos les parecía, pero él para nuestro provecho, para que seamos partícipes de su santidad. Ahora bien, ninguna corrección parece en el presente ser alegre, sino dolorosa; no obstante, después produce el fruto pacífico de justicia a los que por ella han sido ejercitados."

El apóstol, después de haber trazado un catálogo de aquellas almas ilustres que habían manifestado una fe escogida en diversas ocasiones, desciende en este capítulo a exhortar a los hebreos creyentes al ejercicio de la paciencia y la fe bajo aquellas presiones que encontrarían en su carrera cristiana; donde propone primero ante ellos el ejemplo de Cristo, versículo 2, 8.

Luego, la exhortación del Espíritu Santo, tomada de Proverbios 3.11, 12: 'Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando seas reprendido por él; porque a quien el Señor ama, lo corrige, y azota a todo hijo que recibe', la cual, siendo una instrucción acerca de la naturaleza y el uso de las aflicciones que Dios envía sobre nosotros, el apóstol la aplica al caso particular de los hebreos, pero discurre en general sobre el autor, los sujetos y los fines de las aflicciones con que Dios ejercita a sus hijos. '¿Habéis olvidado la exhortación que se os dirige como a hijos?' ¿Habéis perdido el recuerdo de lo que Dios dice en aquella exhortación por su sabiduría, Proverbios 3, donde recomienda su bondad y muestra la obligación que tenéis de escucharle, al concederos el nombre de hijos, la mayor gloria y el mayor consuelo de una criatura? ¿Habéis, dice él, olvidado esto? ¿No tenéis el propósito de ello en vuestras mentes y recuerdos, en vuestros corazones y consideraciones?

El apóstol discurre aquí de la necesidad y las ventajas de las aflicciones. En el versículo 5, nos ordena no menospreciar la corrección del Señor, ni hundirnos bajo ella: 'Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando seas reprendido por él.' Esto lo respalda con muchos motivos en los versículos siguientes. No hagáis poco caso de las aflicciones.

1. Un motivo está en la palabra corrección (paideia), que significa la instrucción mediante la cual un niño es llevado al conocimiento de las cosas provechosas para él, y como esto no se logra en aquella edad, sujeta al extravío, sin azotes así como sin palabras—la palabra se usa, por tanto, para la disciplina que acompaña a tal instrucción.

2. Otro motivo se toma del autor de las aflicciones, el Señor: No menospreciéis la corrección del Señor.

OBSERVACIONES.

1. Debe ser nuestro gran cuidado no tomar a la ligera las aflicciones, ni deprimirnos demasiado bajo ellas. El dolor nos impedirá menospreciar una aflicción en sí misma; pero la tomamos a la ligera cuando descuidamos aprovecharla para los fines para los cuales Dios la inflige. Podemos ser sensibles al dolor, cuando no somos sensibles al provecho que puede resultarnos de él. Dios prohíbe aquí dos extremos: el uno un exceso, el otro una falta de valor. Ambos deshonran a Dios: el uno en su soberanía, el otro en su bondad y amor. Y ambos perjudican al que sufre, pues se rebela contra lo uno y pierde la dulzura de lo otro.

Debemos recibir las aflicciones que Dios envía...

con humildad sin desánimo,

con reverencia sin desconfianza,

y guardarnos de temer demasiado, o de no temer a Dios lo suficiente. Mezclad la reverencia con la confianza, adorad la mano que nos hiere, y descansad en la bondad que él promete. Este es el camino para recoger el fruto de las aflicciones.

2. Todas las aflicciones, vengan de cualesquiera causas inmediatas, proceden de la mano de Dios. Ya provengan de los hombres, como pérdida de bienes u otras calamidades; ya sean enfermedades, pesares, etc.—todas son dispensadas por el orden de Dios para un mismo designio, a saber, nuestra instrucción. La razón humana no cree esto. Algunos piensan que las aflicciones vienen por casualidad, o miran solo a las causas segundas, y no las consideran como sanas instrucciones de Dios y órdenes de su providencia.

1. Esto debería detener todo movimiento impaciente. Conviene que tengamos el temple del salmista: 'Estaba mudo; no abriría mi boca, porque tú eres quien ha hecho esto!' Salmo 39:9

Fuente y atribución

Autor original: Stephen Charnock

Título original: A Discourse on Afflictions — parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Stephen Charnock, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura