La vida de Cristo para cada día

El que viene a Cristo jamás será rechazado

El Padre entrega al Hijo pecadores como recompensa de sus sufrimientos, y Él los recibe, los resucitará en el último día y jamás echa fuera al que viene, porque tal es la voluntad del Padre.

Entre la multitud que rodeaba al Señor mientras enseñaba en la sinagoga, había algunos que no creían. Pero había algunos que vendrían a Él y serían su corona para siempre. Esto Él lo sabía; este era su consuelo en medio de todas las burlas y escarnios de la multitud mientras estaba en la sinagoga, e incluso después, cuando estuvo en la cruz.

Fue a aquellas personas que sí creían, o que creerían en Él, a quienes Jesús se refirió cuando dijo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí». Aún no habían venido todos a Él, pero Él sabía que vendrían, pues su Padre se los había dado. ¡Oh, qué don fue aquel! Pecadores contaminados, culpables y desvalidos fueron el don que el Padre confirió al Hijo como recompensa de todos sus sufrimientos. Fue la compasión de su corazón lo que hizo al Salvador estimar tal don.

Una familia de niños pobres fue en una ocasión legada por un padre moribundo a un hombre rico. El legado fue aceptado. Muchos se asombraron de la bondad y condescendencia del hombre rico. ¡Cuánto problema, cuidado y gasto suponía tal don! Los niños debían ser alimentados, vestidos, educados y provistos; el hombre rico estaba dispuesto a hacerlo todo, y lo hizo todo. ¡Y qué no hará el Salvador por aquellos que el Padre le ha dado! Él los recibirá, como dijo: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Cuando vengan a Él, por más desvalidos, enfermos y menesterosos que sean, los recibirá con gracia en su casa de misericordia y los sentará a la mesa de sus hijos.

Y no es esto todo; Él los resucitará en el último día. Está dispuesto a todos los hombres morir una vez, crean o no en Jesús; pero también está dispuesto que algunos resuciten para vida eterna. Jesús promete estar con sus hijos al atravesar el valle de sombra de muerte, recibir sus almas en el paraíso, velar sobre su polvo dormido y luego, al sonido de la última trompeta, resucitarlos de sus sepulcros, revestirlos con cuerpos gloriosos semejantes al suyo y darles la bienvenida a mansiones de eterna bienaventuranza. Todo esto hará Jesús por todo el que viene a Él.

¿Y por qué hará todo esto? Él mismo nos lo dice. Porque es la voluntad del Padre que lo envió. «Esta es la voluntad del que me envió, que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero». El Hijo se deleita en hacer la voluntad de su Padre, aun más que en mostrar misericordia a los pecadores. Fue el Padre quien lo designó como Salvador del mundo; y el Padre sabía cuánto se deleitaba el Hijo en esa obra. Cuando una persona a quien amamos profundamente nos da un mandato, estamos prontos a obedecerlo, por doloroso que sea; pero cuando la obra que nos encomienda es aquella en que se deleita nuestra alma, hay un gozo doble en la obediencia.

¿No deberíamos asombrarnos al pensar que el Padre y el Hijo, que llenan el cielo y la tierra, se hayan interesado en nuestra miserable raza, se hayan cuidado de ti y de mí? ¡Cuán culpables debemos ser, si rechazamos tan admirable misericordia! No podemos tener excusa para no venir a Jesús, cuando estamos tan plenamente asegurados de una recepción graciosamente. No seremos rechazados, no seremos reprendidos, ni siquiera seremos recibidos con frialdad. ¿Por qué, entonces, hemos de temer venir?

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ declares himself to be the bread of life

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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