Palabras diarias para los peregrinos de Sion

El rayo de luz que revela a Dios y al pecador

Un rayo de luz sobrenatural revela a la vez a Dios y al pecador, y despierta en el alma recién nacida gemidos que sólo hallan reposo clamando a Dios por misericordia.

El sentir es la primera evidencia de vida sobrenatural; un sentir compuesto de dos sensaciones distintas, una referida a Dios y la otra referida a uno mismo. El mismo rayo de luz ha manifestado dos cosas opuestas, «pues lo que manifiesta es luz»; y el pecador ve, en un mismo instante, a Dios y a sí mismo, la justicia y la culpa, el poder y la impotencia, una santa ley y un mandamiento quebrantado, la eternidad y el tiempo, la pureza del Creador y la inmundicia de la criatura. Y estas cosas las ve, no meramente como declaradas en la Biblia, sino como reveladas en él mismo como realidades personales, en las que va todo su gozo o toda su miseria en el tiempo y en la eternidad.

Es, pues, con él como si se le hubiera comunicado una nueva existencia, y como si por primera vez hubiera descubierto que hay un Dios. Un rayo de luz sobrenatural, atravesando el velo tendido sobre el corazón, ha revelado aquel terrible secreto: un Dios justo, que de ningún modo justificará al culpable. Este rayo penetrante ha rasgado la cama demasiado corta y ha arrancado la cobertura demasiado estrecha. Una convicción súbita y singular se ha precipitado en el alma. Un sentir absorbente se ha apoderado de ella y casi ha desterrado todo lo demás. «Hay un Dios, y yo soy un pecador delante de él» está escrito en el corazón por el mismo dedo divino que trazó aquellas fatales letras en la pared del palacio del rey de Babilonia, las cuales hicieron que se le aflojaran las coyunturas de los lomos y sus rodillas se golpearan una contra otra (Dan. 5:5, 6).

«¿Qué haré? ¿A dónde iré? ¿Qué será de mí? ¡Misericordia, oh Dios! ¡Misericordia, misericordia! Estoy perdido, arruinado, destruido! ¡Necio, loco, miserable, monstruo que he sido! He arruinado mi alma. ¡Oh mis pecados, mis pecados! ¡Oh eternidad, eternidad!» Tales y semejantes clamores y gemidos, aunque diferentes en profundidad e intensidad, suben del alma recién nacida casi día y noche al primer descubrimiento de Dios y de sí misma. Estos sentimientos se han adueñado de tal modo del corazón que no puede hallar reposo sino clamando a Dios. Este es el primer brote del retoño que atraviesa la corteza, la primera formación del tallo verde, aún envuelto en sus hojas y no abierto a la vista. Estos son los primeros dolores y afanes del nuevo nacimiento, antes de que se traiga la noticia: «Ha nacido un niño varón.» «¿Qué debo hacer para ser salvo?», clamó el carcelero. «¡Dios, sé propicio a mí, pecador!», exclamó el publicano. «¡Ay de mí, que estoy perdido!», brotó de los labios de Isaías.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: April 15

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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