El Salvador mostró su aborrecimiento del carácter de Herodes al darle el nombre de «zorro». El modo en que Herodes había tratado a Juan el Bautista lo hacía merecedor de ese nombre. En cierta ocasión había escuchado su predicación y le había mostrado respeto; pero después lo encarceló y vilmente lo asesinó. Las distintas naturalezas que Dios ha concedido a los animales están destinadas a representar los diversos caracteres de los hombres. Los hijos de Satanás se asemejan a los lobos, a los osos y a los zorros, y a toda clase de aves rapaces y reptiles repugnantes; mientras que los hijos de Dios son como las mansas ovejas y la inocente paloma.
Pero las amenazas de Herodes no alarmaron al Señor. Aunque los fariseos dijeran: «Herodes te matará», Aquel que todo lo sabía conocía que el tirano no lo mataría. ¿Y por qué no? Porque aquella hora no era el tiempo, ni aquel lugar el sitio de su muerte. El Salvador sabía cuándo habría de morir. Profetizó que viviría aún unos pocos días, es decir, un corto tiempo más, y al tercer día ser perfeccionado, o llevado a su plenitud. En este lenguaje misterioso aludía a su muerte: por la muerte fue perfeccionado, o llevado a plenitud como sacerdote expiatorio. En la muerte ofreció aquel sacrificio que expió los pecados de su pueblo, y con ese sacrificio se presentó en la presencia de Dios por nosotros. Jesús sabía dónde moriría. Dijo: «No puede ser que un profeta perezca fuera de Jerusalén.» No pretendía decir que ningún profeta hubiera perecido en otra parte, sino que la mayoría habían sido muertos en aquella ciudad impía. ¿El panorama de su muerte, con todos sus horrores, despertaba sentimientos de ira en su pecho? En vez de expresar ira, prorrumpió en las más tiernas lamentaciones sobre la ciudad de sus verdugos. ¡Cuán conmovedoras son sus palabras!: «¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste!»
En el Antiguo Testamento el Señor se comparó a sí mismo con un águila que lleva a sus polluelos sobre sus alas hacia un lugar seguro. Pero aquí se compara con una gallina que procura resguardar a sus pequeñuelos bajo sus alas, de las aves de rapiña que sobrevuelan el aire. ¡Cuán apropiadas son ambas comparaciones! Cuando Israel estaba en Egipto, Dios lo libró de sus enemigos con la fuerza del águila, llevándolo hasta Canaán. Pero cuando Israel estuvo en la tierra prometida, prometió guardarlo con el tierno cuidado de una gallina, de los enemigos que amenazaban devorarlo. Cuando estamos en angustias, Dios es como un águila al librarnos; y cuando hemos sido librados, es como una gallina al preservarnos del mal. ¡Cuántas bendiciones poseemos en este momento! Pero hay muchos peligros por todas partes. Si nos refugiamos bajo las alas de nuestro Dios, ningún mal nos alcanzará. Pero si rehusamos acudir a Aquel que nos llama, entonces seremos presa de nuestros enemigos. Satanás y todos sus ángeles son como aves de rapiña que sobrevuelan el aire, anhelando devorarnos. Pero Jesús preservará a su pueblo de su malicia. Vivimos en un mundo lleno de tribulación y tentación, pero hay un refugio para nosotros. He aquí una oración para el alma que siente su propia impotencia y teme el poder de sus enemigos: «Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí, porque en ti ha confiado mi alma; sí, a la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.» (Sal. 57:1.)
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ replies to Herod's threatening
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.