Palabras diarias para los peregrinos de Sion

El refugio seguro de la divinidad de Cristo

Cuando descubrimos la profundidad de nuestro pecado, sólo la deidad del Salvador inviste su obra con mérito suficiente para justificar al alma culpable y darnos refugio seguro.

¡Qué belleza y bendición hay en la deidad del Señor Jesucristo cuando se contempla con el ojo espiritual! Nuestra mente racional, es cierto, puede tropezar profundamente ante la doctrina de un Dios encarnado. Mi propia mente, lo sé, ha sido llevada a veces casi al límite de sus fuerzas por este gran misterio de deidad y humanidad unidas en la Persona de Cristo, pues supera toda comprensión humana y escapa al alcance de nuestras facultades razonadoras. No es, en verdad, contraria a la razón, pues no hay en ella nada imposible ni contradictorio; pero está más allá y por encima del pensamiento humano y de toda aprehensión tangible. Sin embargo, cuando somos llevados a considerar cuáles serían las consecuencias más ciertas y temibles si el Señor Jesucristo no fuera lo que declara ser, Dios tanto como hombre, nos vemos compelidos, por la misma necesidad del caso, a echarnos con todo el peso de nuestros pecados y dolores sobre un Dios encarnado, como el náufrago se echa gozosamente sobre la roca en medio del océano como único refugio del mar devorador.

Cuando sentimos lo que somos y hemos sido como pecadores, cuando miramos las profundidades de la caída y vemos, aunque sea débil y vagamente, lo que es el pecado ante un Dios santo y puro, ¿qué puede salvarnos de la desesperación si no vemos la deidad del Señor Jesucristo invistiendo su obra en la cruz y su obediencia con un mérito suficiente para justificar nuestras almas culpables, lavar nuestras iniquidades agravadas, borrar nuestros temibles crímenes y hacernos aptos para comparecer ante la presencia de un Dios justo? Así, a veces nos vemos absolutamente compelidos a arrojarnos sobre la deidad de Cristo, a punto de perecer, porque en tal divino Salvador, en tan preciosa sangre, vemos un refugio, y en ninguna otra parte vemos otro.

Entonces sentimos que si la deidad de Cristo se quita, la Iglesia de Dios está perdida. ¿Dónde hallar perdón? ¿Dónde justificación? ¿Dónde reconciliación con Dios? ¿Dónde sangre expiatoria, si no hay un Salvador que meritoriamente obrara como Dios y sufriera como hombre? Más nos valdría saltar de una vez al infierno con todos nuestros pecados sobre la cabeza, como un marinero podría saltar de la proa de un barco en llamas a las olas hirvientes para ir al encuentro de la muerte en lugar de esperarla, si no creyéramos con fe viva en la deidad del Hijo de Dios.

Pero a veces somos llevados dulcemente a esta verdad gloriosa, no meramente empujados por pura necesidad, sino atraídos con bendición a este gran misterio de piedad, cuando Cristo es revelado a nuestras almas por el poder de Dios. Entonces, viendo la luz en la luz de Dios, contemplamos la deidad de Cristo invistiendo cada pensamiento, palabra y acto de su humanidad sufriente con mérito inefable. Vemos cómo este hecho glorioso de deidad y humanidad en la Persona de Emanuel satisface toda necesidad, quita todo pecado, sana toda herida, enjuga toda lágrima y conduce dulcemente al alma a reposar en el seno de Dios. Así, unas veces por necesidad, empujados por las tormentas de la culpa y las olas de la tentación, y otras dulcemente atraídos por los guiamientos y enseñanzas del Espíritu Santo, nos asimos de la esperanza puesta delante de nosotros en la deidad esencial y humanidad sufriente del Hijo de Dios, sabiendo que hay en él refugio del pecado, la muerte, el infierno y la desesperación.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: July 12

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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