En el primer versículo de este capítulo se registra que el Señor envió a setenta discípulos a predicar. Ahora oímos de su regreso.
Mientras ellos habían estado visitando las ciudades y aldeas, su Señor había estado enseñando en Jerusalén. Hemos oído a qué pruebas estuvo expuesto en aquella ciudad impía por las burlas de sus enemigos. ¡Cuán grande debió ser el alivio para su espíritu afligido cuando se vio de nuevo en medio de sus seguidores afectuosos! Los mensajeros regresaron con gozo. Se regocijaban porque los demonios se les habían sujetado por el nombre de Cristo. El Salvador parece haber participado de su gozo cuando pronunció aquellas misteriosas palabras: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo». ¿Podía haber alguna vista más apropiada para causar gozo al gran enemigo y conquistador de Satanás? Cuando un tirano cruel es muerto, los cautivos en sus mazmorras son puestos en libertad. Se ha escrito un relato interesante de la destrucción de la Inquisición de Madrid en 1809. Los hombres impíos que gobernaban aquella terrible prisión fueron degollados por los soldados franceses. Al mismo tiempo se visitaron las mazmorras, y se hallaron llenas de miserables cautivos. Los que durante muchos años habían vivido bajo el temor de la muerte fueron repentinamente restituidos a la luz del día y a todos los goces de la vida. ¡Grande fue el gozo sentido por los soldados que obraron tan gran liberación!
Pero ¿quién podrá concebir el gozo que sintió nuestro Salvador cuando miró hacia las consecuencias de la caída de Satanás! Ya el pueblo de Dios es librado de su poder. Llegará el día en que la antigua serpiente no engañará más a las naciones. Al fin del mundo será arrojada al lago de fuego y azufre, y «será atormentada día y noche por los siglos de los siglos» (Apoc. 20:10). Esta liberación Jesús la obtuvo para nosotros con su propia muerte.
Cristo dio a sus discípulos poder para hollar serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo. ¿Se refería a serpientes literales o a serpientes espirituales? ¿No se refería a ambas? Los discípulos fueron protegidos de los ataques de toda criatura venenosa. En su encargo de despedida el Señor les dijo: «Estas señales seguirán a los que creen: en mi nombre echarán fuera demonios… tomarán en las manos serpientes» (Mar. 16:17-18). En el mismo encargo dijo también: «En mi nombre echarán fuera demonios». Cristo debió de aludir a Satanás y a sus ángeles cuando habló de «todo el poder del enemigo».
Bien podían los discípulos regocijarse en los dones maravillosos que poseían. Sin embargo, tenían una causa mayor de gozo: sus nombres estaban escritos en el cielo. El Cordero tiene un libro de la vida, en el cual ha escrito los nombres de todos cuantos no gustarán la segunda muerte. No contiene solo los nombres de los apóstoles, sino los de todos los que aman a Jesús. Como un padre anota en su gran Biblia familiar los nombres de todos sus hijos, así Dios escribe en el libro de su remembranza los nombres de todos sus hijos. Un padre podrá algún día leer, con un suspiro y con una lágrima, la lista de su familia; pero Jesús no perderá a uno solo de los miembros de su familia: vivirán para siempre los que están escritos en el libro de la vida. ¿Es nuestro mayor deseo tener nuestros nombres escritos allí? Si este es nuestro deseo supremo, debemos ser salvos. Los que perecen, perecen porque no quieren venir a pedir vida.
¡Ojalá esta sentencia tan tremenda despierte a los que ahora viven indiferentes respecto de sus preciosas almas! «Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego» (Apoc. 20:15).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The return of the seventy disciples
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.