Patmos

El río del agua de vida: la felicidad que procede del trono de Dios

El río del agua de vida, claro como el cristal, que fluye del trono de Dios y del Cordero, nos revela que la bienaventuranza celestial tiene su origen en la gracia soberana de Dios y en la obra expiatoria de Cristo, y que será una dicha pura y santa.

EL RÍO DEL AGUA DE VIDA

EL RÍO DEL AGUA DE VIDA

"Después el ángel me mostró el río del agua de vida, claro como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por en medio de la calle de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que daba doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán." Ap. 22:1-3

En el capítulo anterior tuvimos la sublime descripción del Cielo como una Ciudad, la residencia palaciega de la glorificada Esposa de Cristo: una ciudad sin templo, sin luz de sol ni de luna, ni lumbrera material alguna, y, sin embargo, resplandeciente con eterna radiancia. Aquí tenemos unida a ella un Paraíso restaurado, con su río de cristal y su perenne Árbol de la Vida. Los dos lugares más santos de la tierra, el Edén y Jerusalén, son así empleados en símbolo entrelazado para representar una bienaventuranza que ni el ojo ha visto, ni el oído ha oído, ni el corazón ha concebido. Estos versículos forman un clímax adecuado a la serie de visiones precedentes. ¡Cuántas veces han sido escuchados por el creyente moribundo, animándolo en su paso por el Jordán, afinando su voz para su canto terrenal final, hasta que sus notas se mezclan con las de los serafines!

Procuremos recoger de ellos unos cuantos pensamientos adicionales, bajo nuevos emblemas, acerca de la naturaleza de la venidera bienaventuranza celestial: unos cuantos destellos adicionales del Hogar Eterno. El lector deberá tolerar hasta cierto punto la repetición; pues, aunque bajo imágenes variadas, reaparecen algunas de las mismas características con las que ya estamos familiarizados. El inspirado Pintor se deleita en delinear una y otra vez el mismo tema, solo presentándolo bajo nuevos aspectos.

El primer pensamiento aquí acerca de la felicidad reservada para los santos de Dios en su Cielo futuro es que se trata de una felicidad de origen divino. Juan ve este Río del Agua de Vida "fluyendo del Trono de Dios"; allí tiene su manantial. ¿Podría acaso el símil haber sido sugerido por el único nacimiento de río con el que él estaba familiarizado en Palestina, y que para él encerraba los más santos recuerdos; aquel que ningún viajero que lo haya visto puede jamás olvidar: el brotar del Jordán en la caverna al pie del gigante monte Hermón ("el monte real"), que es por sí mismo el más glorioso emblema en aquella tierra de sagrado símbolo del Trono "Eterno en los Cielos"? Al descender del escabel de este trono montañoso, el río Jordán, desde el impulso de su pura corriente, bien podría sugerir las palabras: "el río del agua de vida."

Esta, también, es la primera característica de la visión que capta la atención del apóstol; pues, aunque el paisaje a ambos lados del río ocupaba el primer plano del cuadro (más cercano a su punto de visión), antes de entrar en su descripción sigue la Corriente hasta su fuente. ¡La ve brotar al pie del Trono de Dios! Y esto formará uno de los grandes elementos de gozo para los santos redimidos allá arriba, al rastrear toda su riqueza de bienaventuranza y gloria hasta su origen en la libre y soberana gracia y el amor de Jehová! De no ser por Su gracia soberana, no podría haber habido río, ni arpa, ni corona, ni cántico. ¡Por la gracia de Dios son lo que son!

Además, la visión no solo nos dice que Dios es el autor y la fuente de toda felicidad en el cielo, sino que Él mismo constituye la felicidad del cielo. Es una emanación de Él; sus rayos irradian del gran Sol central. Hágase oír la proclamación en el Santuario celestial: "No hay Dios", y los gozos del Cielo terminarían. Aniquila aquel majestuoso Trono, y el río dejaría de fluir; la bienaventuranza de los ángeles y de los Redimidos llegaría a su fin. Puede haber, y sin duda habrá, otros gozos; pero Dios mismo será para Sus Redimidos su "supremo gozo". La Jerusalén de antaño no tenía río. Ni el Tigris, ni el Éufrates, ni el Tiber bañaban sus muros, ni corrían por sus valles circundantes. El Jordán estaba a la distancia, y el Cedrón era un torrente de invierno que dejaba un cauce seco durante todo el verano. Pero ella tenía un equivalente y una compensación más nobles: "El glorioso Señor será para ella un lugar de anchos ríos y arroyos." Esto, en un sentido más sublime, será verdad de la Jerusalén celestial: "DIOS está en medio de ella." El canto de la tierra será el canto de la eternidad: "todos mis manantiales están en ti," "contigo está el manantial de la vida."

Un segundo elemento de la bienaventuranza celestial de los redimidos, expresado en estas palabras, es que se trata de una felicidad derivada de la obra expiatoria de Cristo y dependiente de ella. El río procede "del Trono de Dios y del Cordero." Y se añade de nuevo, en el versículo 3: "Pero el Trono de Dios y del CORDERO estará en ella." "El Cordero" denota, en este Libro, como bien sabemos ya, el nombre sacrificial de Jesús. Mientras "el Trono de Dios" nos recuerda los propósitos de amor en la adorable Trinidad desde toda la eternidad, se nos recuerda de manera especial que los redimidos, al apiñarse junto a las orillas del Río de la Vida para contemplar su flujo, rastrearán todos sus privilegios del pacto hasta el Salvador que murió por ellos, y harán su eterna atribución: "¡Digno es el Cordero que fue inmolado, porque tú nos has redimido para Dios con tu sangre!" Verán cada gema de su corona resplandeciente con Su obra expiatoria y Su justicia. Entenderán entonces el pleno significado de aquella expresión de Pablo, donde el Cielo es llamado "la posesión adquirida."

Cada puerta de esta "Ciudad del mar de cristal" llevará la inscripción: "No sois vuestros, habéis sido comprados por precio." No solo eso: evoca una de las verdades de una visión anterior, que no necesitamos desarrollar de nuevo: la perpetuidad de la humanidad exaltada del Salvador. Aunque aquí se habla de Su trono, denotando Su Deidad y Su soberanía real, es el Trono del CORDERO. Seguirá siendo conocido en medio de Su Iglesia redimida como la víctima sacrificial del Calvario: no solo el Hermano en nuestra naturaleza, sino "¡Aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con Su propia sangre!"

El siguiente pensamiento que estas palabras nos presentan es también uno con el que las visiones anteriores nos han familiarizado: que la felicidad celestial será pura en su naturaleza. Será la felicidad de la santidad. Si tomamos el Río como símbolo de la bienaventuranza del creyente, su pureza captó de modo especial la atención del Apóstol. "Me mostró un río puro del agua de vida"; y en el versículo 3 se dice: "no habrá más maldición." La mayor de todas las maldiciones es la maldición del pecado. Esa maldición habrá terminado; y los Redimidos conocerán, en toda su hermosura y plenitud, la verdad de la bienaventuranza: "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios."

¡Cuánto la felicidad y la paz presentes son estropeadas y contaminadas por la impureza! El aliento del pecado empaña las ventanas del alma; la maldición del pecado marchita las flores más hermosas del jardín terrenal. La corrupción del corazón, como el viento sobre la superficie del lago, perturba sus más hermosos reflejos; y cada corriente que de él fluye queda también agitada y turbia. Muchos hombres, con todo lo que el mundo puede dar para hacerlos felices: riquezas, honores, fama, son desgraciados a causa del veneno de algún pecado-serpiente que han nutrido y acariciado hasta la destrucción de su propia paz. El virus moral ha contaminado toda su vida y su ser; se ha vuelto esclavo de su concupiscencia y por eso es miserable. Miren el mundo que nos rodea: ¡qué escena de inquietud y agitación! ¡Cuán diferente de la pintura divina del Vidente de Patmos! Observen las "conspiraciones y contraconspiraciones" del pecado: sus envidias y calumnias, sus fraudes y ambiciones, sus contiendas y odios, y su intenso amor a sí mismo.

Junto a aquel río puro de la Vida no habrá tales causas de perturbación: "no habrá maldición" (o "cosa maldita"); sino una vasta comunidad de seres santos penetrada por una sola ley: la ley del amor. Seremos felices porque seremos santos; el cielo consistirá en la asimilación al carácter divino en su santidad: la fusión de la voluntad humana con la divina. "Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser" (hay mucho acerca de las circunstancias de la bienaventuranza celestial que permanece sin revelar); "pero (esto) sabemos, que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él." "Y", añade el Apóstol, "todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro." Piense una vez más en esta tan reiterada condición de la ciudadanía celestial. Es "un río puro del agua de vida" en cuyas orillas los Redimidos habrán de recostarse, y de cuyas corrientes habrán de beber. "Sin santidad nadie verá al Señor."

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE RIVER OF THE WATER OF LIFE — Parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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