¿Qué es «propiciación»? Por propiciación hemos de entender un sacrificio expiatorio aceptable a Jehová, por el cual Dios, o más bien los atributos de Dios, quedan satisfechos; mediante el cual Dios puede ser favorable; mediante el cual la misericordia, la gracia y el perdón pueden fluir libremente. Ahora bien, el pecado y la ley que condena al pecado cerraban el paso, rechazaban el favor de Dios. Eran el obstáculo opuesto al amor de Dios. Pues Dios no puede, siendo Dios, amar el pecado y a los pecadores; por tanto, el pecado del hombre y la santa ley de Dios, trasunto de su pureza infinita y eterna, rechazaban, por así decirlo, el favor de Dios. Era necesario, entonces, que esta barrera fuera removida, que se proveyera un cauce por el cual la gracia, el favor y la misericordia de Dios pudieran fluir; en una palabra, que el pecado fuera borrado y que la ley fuera cumplida y satisfecha en todas sus exigencias estrictas, para que Dios «pudiera ser justo», reteniendo todo atributo recto, sin sacrificar ni una de sus santas perfecciones, y, sin embargo, siendo justo, perfectamente justo, «el justificador de aquel que cree en Jesús».
Pero, ¿cómo habría de efectuarse esto? Ningún serafín, ningún ángel resplandeciente habría podido idear jamás un camino. Estaba encerrado en el seno del Dios trino desde la eternidad; y era que el unigénito Hijo de Dios, que yacía en el seno del Padre desde toda la eternidad, «el resplandor de su gloria y la imagen misma de su Persona», se convirtiera en un Cordero que sangra, «el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo»; que tomara en unión con su propia Persona divina una naturaleza humana, «la carne y la sangre de los hijos», pura, inmaculada y santa, y ofreciera aquella naturaleza, aquel cuerpo que Dios le preparó, como sacrificio santo. Cuando vino al mundo, el sacrificio comenzó; y todo pensamiento santo, toda palabra santa y toda acción santa, en el padecer y en el obrar, que pasó por el corazón, brotó de los labios o fue realizado por las manos del unigénito Hijo de Dios cuando estuvo en la tierra, fue parte de aquel sacrificio.
Pero la gran consumación de él (la ofrenda de aquel cuerpo de manera especial) fue cuando fue clavado en el árbol maldito y se derramó sangre para quitar el pecado. Este es el sacrificio expiatorio, la redención, el sacrificio, el camino, el único camino por el cual el pecado es expiado; el camino, el único camino, por el cual el pecado es perdonado.
Pero para que este bendito sacrificio expiatorio pase a nosotros, para que su valor, validez, eficacia y bendición sean sentidos en nuestras conciencias, debe obrarse en nuestras almas aquello por lo cual es abrazado. La única salvación para nuestras almas es el sacrificio expiatorio realizado por Jesús en el árbol de Calvario. No hay otro sacrificio por el pecado sino ese. Pero, ¿cómo ha de pasar a nuestros corazones? ¿Cómo ha de hacerse personalmente nuestra la eficacia de este sacrificio expiatorio? Es por la fe. ¿No lo declara así el Espíritu Santo por boca del Apóstol? Dice: «A quien Dios puso como propiciación por la fe en su sangre.»
He aquí el punto de inflexión en la salvación del alma. Este es el gran punto que debe quedar decidido en la conciencia del hombre delante de Dios. Cuando, por fe viva, le es dado ver el sacrificio expiatorio a través de la sangre del Cordero, sentir su mismo corazón y alma saliendo tras él, apoyándose en él y experimentando una medida de descanso y paz sólidos en la sangre del sacrificio ofrecido en Calvario, entonces comienza a recibir en su conciencia una medida del favor y la gracia del Señor Dios Todopoderoso.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: June 28
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.