Nuestro bondadosos Señor experimentó la tentación en toda forma y manera, pues la palabra de verdad declara que «en todo fue tentado según nuestra semejanza, pero sin pecado». Deseo hablar con mucha cautela sobre este tema, porque en un punto tan difícil y misterioso hay gran riesgo de expresarse mal. Mientras nos mantengamos estrictamente dentro del lenguaje de la Escritura estamos seguros, pero en el momento en que sacamos inferencias de la palabra sin la dirección especial del Espíritu de verdad, podemos equivocarnos grandemente. A veces puedes pensar que tus tentaciones son tales que nuestro bondadosos Señor jamás podría haber sido tentado por ellas; pero esa palabra del apóstol decide la cuestión: «en todo tentado según nuestra semejanza, pero sin pecado».
Es un misterio solemne que no puedo explicar: cómo la tentación en todo punto, forma y manera pudo asaltar el alma santa del Redentor inmaculado. Lo creo plenamente. Veo la gracia y la sabiduría de ello, y mi fe se somete a ello como una verdad benditísima. Pero no puedo comprenderlo. Sé también, y creo por el testimonio de la palabra y el de mi propia conciencia, que cualesquiera que fueran las tentaciones con que fue asaltado, ni una sola de ellas pudo manchar, mancillar ni contaminar su santa humanidad. Aquella era una naturaleza absoluta y perfectamente pura, no caída, inmortal, capaz de morir por un acto voluntario, pero sin tener en sí misma germen alguno de enfermedad, mortalidad o muerte. Y sin embargo leo que, aunque así poseía una humanidad santa, pura y sin mancha, en unión eterna con su propia Deidad, en todo fue tentado según nuestra semejanza.
No puedo explicar el misterio, ni deseo hacerlo. Lo recibo como un misterio, del mismo modo en que recibo aquel gran misterio de la piedad: «Dios manifestado en carne». Pero aun así bendigo a Dios porque él fue tentado en todo según nuestra semejanza, pues esto le hace un Sumo Sacerdote tan compasivo con su pobre familia ejercitada, probada y tentada aquí abajo. A veces he comparado las tentaciones que azotaron el alma del Señor con las olas del mar que se estrellan contra una roca de mármol puro y blanco. La roca puede sentir el golpe de la ola, pero ni es movida por ella ni manchada. Sigue erguida, inconmovible en toda su firmeza original; sigue brillando con todo el resplandor del mármol puro y centelleante cuando las olas se retiran y el sol se refleja en su faz. Así, ninguna de las tentaciones con que el Señor fue asaltado movió la Roca de los siglos, ni manchó la pureza, santidad y perfección del Cordero inmaculado de Dios.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 8
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.