Cuando el adorable Señor, por un acto voluntario, entregó su vida, las últimas palabras que pronunció fueron: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Por su «espíritu» hemos de entender su alma humana, que entró de inmediato en el paraíso, a la presencia inmediata de Dios, como él lo intimó en las palabras: «Y ahora voy a ti» (Juan 17:13). Tampoco fue allí solo aquel día. Un trofeo le seguiría pronto: el alma de aquel malhechor arrepentido y creyente, que, compañero con él en el sufrimiento, había llegado a ser por su gracia soberana compañero con él en la gloria.
Hubo, pues, una separación real del cuerpo y el alma del Redentor; pero esto no destruyó ni afectó la unión de su Deidad con su humanidad. Aquella unión permaneció entera, pues su santa alma entró en el paraíso unida a su Deidad, y así siguió siendo Dios-hombre tanto en el paraíso como junto al sepulcro de Lázaro o en la Última Cena. Pero su sagrado cuerpo, aunque por el acto de la muerte la vida había salido de él, seguía siendo, como antes, «aquella cosa santa». La muerte no manchó aquel sagrado cuerpo, así como el pecado no lo manchó en el seno de la Virgen. La promesa era, por tanto: «No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu Santo vea corrupción».
Este santo cuerpo era esencialmente incorruptible, por ser engendrado del Espíritu Santo, por generación especial y sobrenatural, de la carne de la Virgen; pero como en todos los demás actos de la sagrada Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se empeñaron en que ningún vestigio de corrupción lo asaltara en la muerte. El Padre lo prometió y, como un Dios que no puede mentir, lo cumplió con su poder omnipotente y superintendente; el Hijo, por la misma energía divina, innata y activa, con que asumió aquel cuerpo en el seno de la Virgen, lo preservó sin mancha y sin corrupción en el sepulcro; y el Espíritu Santo, que formó aquel cuerpo en su primera concepción, respiró sobre él su santa influencia para mantenerlo, a pesar de la muerte y la tumba, tan puro e incorruptible como cuando lo creó por primera vez. Estas cosas son, en verdad, difíciles de entender y aun de concebir; pero son misterios celestiales que la fe recibe y retiene a pesar de los sentidos, la razón y la incredulidad; pues considerar las tremendas consecuencias de admitir que alguna corrupción asaltara aquel bendito cuerpo muestra cuán vital es la verdad fundamental que aquí se nos revela.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: March 28
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.