EL SECRETO DE LA SUMISIÓN
EL SECRETO DE LA SUMISIÓN
"Este es el lugar de descanso, descansen los cansados; y este es el lugar de reposo"—
"Yo me quedé callado; no abrí mi boca, porque Tú lo hiciste." Salmo 39:9
Nunca hubo un peregrino más abrumado de tristeza que aquel que pronunció estas palabras. Andaba "errante en el desierto, por camino solitario"; un rey destronado; un fugitivo vestido de cilicio, con la cabeza cubierta y los pies sin sandalias, y con recuerdos y pruebas mucho más terribles que aplastaban su alma, los cuales ningún israelita en Elim podría haber compartido.
Sin embargo, no carecía de su palmera protectora en este desierto de tribulación. Bajo una de ellas reposa aquí. Cuando Simei, representante de la casa abandonada de Saúl, de corazón vil y lengua inmunda, salió a maldecirlo arrojando piedras y polvo sobre el soberano desterrado, los fieles seguidores del Rey, heridos en lo más vivo por los reproches de aquel hombre malvado, habrían cruzado de buena gana el barranco y lo habrían hecho callar a filo de espada.
—Callen —dice el monarca humillado—; no escuchen estos agravios. Oigan como si no los oyeran. Esta expulsión de mi trono y de mi reino no es obra de hombres, ni resultado de una pasión humana descontrolada o de un impulso caprichoso. Dios ha enviado a este "hijo de Belial" en su misión de afrenta. Déjenlo que maldiga, porque el Señor se lo ha mandado. Y entreteje las reflexiones de este suceso en uno de los salmos más conmovedores y plañideros.
Nunca, en verdad, es David más digno de admiración que en este tiempo de adversidad; ¡nunca es verdaderamente mayor este Cedro de Dios que cuando lucha con la tempestad! La agudeza de su temperamento podría haber despertado emociones muy distintas. Si hubiera sido por naturaleza reservado, estoico, apático, no nos habría sorprendido verlo someterse pasivamente a su suerte. Pero con sentimientos tan finamente afinados, herido hasta lo vivo por la imputación de un agravio inmerecido (pues "el oprobio", nos dice, le había "quebrantado el corazón"), ¿habríamos podido extrañarnos si, herido hasta la locura, irritado como una leona a la que le roban sus cachorros, hubiéramos presenciado una irritación incontrolable, algún estallido de rabia vehemente, algún voto de feroz venganza? ¡Cuán diferente! "Yo dije: 'Guardaré mis caminos y pondré freno a mi boca mientras el impío esté delante de mí.' Yo me quedé callado; no abrí mi boca, porque Tú lo hiciste."
Y que nadie diga que el Rey de Israel era un veterano en la prueba, que sus sentimientos más sensibles estaban ya embotados, que hizo una virtud de la necesidad y se sometió con fría resignación estoica a las duras suertes de la guerra. No; vemos al santo de Dios, al creyente resignado, con el alma como un niño destetado, permaneciendo calmo e inmutable como una roca en medio del oleaje del océano, porque acoge el espíritu de un antiguo y afín sufridor, cuyas mismas palabras repite él mismo en esta ocasión: "Es el Señor; que haga lo que bien le parezca" (1 Sam. 3:18, y 2 Sam. 15:26).
"TÚ lo hiciste." ¡Ojalá estuviéramos siempre dispuestos a refrendar con estas palabras todo lo que nos sucede! Aquella columna removida: "Tú lo hiciste"; aquella calabacera secada: "Tú lo hiciste"; aquel lirio cortado: "Tú lo hiciste"; aquella misteriosa marchitez en mis esperanzas de vida: "¡Tú lo hiciste!" ¡Oh, elevarse por encima del ateísmo de las segundas causas, de las reflexiones que, si no se dicen en voz alta, al menos se piensan en el interior, y que a menudo se formulan así: 'Si tal o cual cosa se hubiera hecho, mi hijo se habría salvado; de no ser por algún accidente adverso, por alguna cruel desgracia, estrellas que hoy han sido borradas de mi firmamento aún me estarían alumbrando con su resplandor!' O estas reflexiones pueden tomar la forma aún más triste de sospechas sobre la fidelidad divina, poniendo en tela de juicio la sabiduría y la justicia de los tratos de Dios. '¿Dónde están la justicia y el juicio que se dice ser el cimiento del trono de Dios? ¿Dónde la misericordia y la verdad que se dice ir delante de su rostro?'
En el caso de David, algunos podrían sentir la tentación de pensar que había cabida para tales cuestionamientos y quejas. 'Es difícil para mí', podría él mismo haber sentido y dicho, 'soportar este viento huracanado en mi vejez. Después de una vida de entrega al Dios de Israel; después de procurar cumplir, aun con tristes deficiencias, mis deberes como su siervo ungido, como Rey de su pueblo del pacto y como músico de su Iglesia, ¡es duro que me arranquen el arpa de las manos, o que quede colgada sin ton ni son y muda en mi palacio de cedro, y verme arrojado como peregrino a tierra extraña!' Pero ningún razonamiento semejante sale de sus labios. De todos los salmos que cantó, este salmo de vida fue el más sublime: cuando prosigue su camino doloroso, tan humilde, desinteresado, generoso y sumiso, "no pagando mal por mal, ni afrenta por afrenta."
Procuremos tener un corazón así en nosotros en medio de nuestras aflicciones. Cuando el Todopoderoso en un instante trastorna nuestros planes más queridos y nos envía 'descalzos y llorando' a cruzar el monte de la prueba, sintamos que todo está ordenado; y digamos, mirando por encima de los instrumentos humanos: ¡Oh Dios! Heme aquí; haz de mí como te parezca bien: tómame, úsame para tu gloria. No deseo evadir cruz alguna. La suerte echada en el regazo puede ser amarga, "¡pero su decisión es del Señor!" Si mi copa está llena de bendiciones inmerecidas, "Tú lo hiciste"; si queda vacía y con sus fragmentos esparcidos por el suelo, "Tú lo hiciste." Que el mundo hable de accidentes o de azar, pero que la mía sea una filosofía más noble y verdadera: "El Señor dio, el Señor quitó."
Acojiendo tal espíritu, ¿no podemos añadir que se nos concederán refrigerios y consuelos inesperados, palmerales de consuelo, en la misma estación y el mismo desierto de nuestra prueba? El anciano Rey de Judá los tuvo en su hora de adversidad: refrigerio temporal (2 Sam. 16:14), y el mejor consuelo de amistades generosas y fieles, destinadas a sobrevivir largo tiempo a la temporada del destierro, coronando todo con un regreso seguro del otro lado del Jordán y una entrada triunfal entre los muros de su amada Sion.
Así sucede con su pueblo probado. También para ellos Él prepara mesa en el desierto. "El desierto y la tierra sequosa se alegrarán por ellos" (Isaías 35:1). "Haré que fluyan ríos en las alturas desiertas, y manantiales en medio de los valles. Convertiré el desierto en estanques de agua, y la tierra seca en manantiales" (Isaías 41:18). Así los hace cantar de misericordia en medio del juicio, impartiendo, cuando más lo necesitan, consuelos nuevos e insospechados: fortaleza en la hora de la debilidad, sostén en la hora del peligro, amigos en la hora de la soledad, simpatía humana y divina en la hora del dolor. Y sobre todo, cualesquiera que sean sus experiencias y pruebas en el desierto, llevándolos al fin, en seguridad, al otro lado del río fronterizo, a la Sion celestial, la Nueva Jerusalén, donde jamás se vuelva a oír el lamento de la tristeza, ni el canto fúnebre de las esperanzas quebrantadas y de los afectos marchitos o sepultados.
¡Oh! Con este lema en todo tiempo de su tribulación, "TÚ lo hiciste", confíe en un Dios fiel que guarda el pacto. Sí, confíe en Él, aun cuando, como David, lleve el cilicio en sus lomos y la lágrima en el ojo, aun cuando parezca estar bajo la sombra, no de la palmera verde, sino del ciprés doliente. "Encomienda al Señor tu camino, y confía en Él, y Él lo hará."
"No te alejes de mí, oh mi Fortaleza,
A quien obedecen todos mis tiempos;
El puntal más firme de la tierra puede fallar,
Pero no te apartes Tú,
Y deja que la tormenta que cumple tu obra
Obre conmigo como quiera.
Tu amor tiene muchas sendas iluminadas
Que ningún ojo externo puede rastrear;
Y mi corazón te ve en lo profundo,
Con la oscuridad en su rostro,
Y comulga contigo en medio de la tormenta
Como en un lugar secreto.
A salvo en tu gracia santificadora,
Todopoderoso para restaurar,
Llevado hacia delante, con el pecado y la muerte atrás,
Y el amor y la vida delante,
¡Oh, que mi alma abunde en esperanza,
Y confíe en Ti cada vez más!"
"El Señor es bueno, refugio en tiempos de angustia. Él cuida de los que en Él confían."
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE SECRET OF SUBMISSION
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.