Poco después de que Judson llegó a Birmania, un día se encontró con una mujer nativa. No podía decir una palabra del idioma, pero tocando la mano de la mujer miró hacia arriba y señaló hacia lo alto. Ella volvió a casa y les contó a sus amigos que había visto un ángel. Su mismo rostro parecía transfigurado.
Así también, cada alma escribe su historia de manera más o menos visible en el rostro, que es el índice de la vida interior. El descontento pronto muestra su espíritu febril en los rasgos alterados. La ira pronto revela su falta de amor en las líneas siniestras que imprime en la frente. La lujuria, con el tiempo, borra las delicadas marcas de pureza e inocencia del semblante, y deja en su lugar las manchas deslucidas que obra su propia vileza. No hay pecado secreto abrigado en el corazón que no termine por subir desde lo más profundo donde se esconde y revele de algún modo su presencia en el rostro.
Los hombres piensan que su pecado secreto, no santificado, no es conocido; pero a menudo se equivocan: aquello que suponen oculto a todas las miradas menos a la suya, todos lo ven en señales reveladoras que ningún arte puede disimular.
De igual manera, la piedad en el corazón se abre camino hasta el rostro e imprime en él su propia belleza. El amor en la vida suaviza los rasgos y les da un calor semejante a la suave belleza de las flores de primavera. La paz en el corazón pronto da una calma serena al semblante. La pureza en el alma se manifiesta en la mirada hacia lo alto y en la reverencia pensativa que habla de comunión con Dios. La benevolencia escribe su autógrafo en la frente y en las mejillas. Así, en cierto sentido, incluso los rasgos físicos comparten la transfiguración de la vida de fe y santidad.
Drummond cuenta de una joven que llegó a ser maravillosamente hermosa en su vida, creciendo hasta una rara semejanza con Cristo. Sus amigos se preguntaban cuál podía ser el secreto. Ella llevaba sobre el pecho un pequeño dije que siempre mantenía cerrado, negándose a permitir que nadie viera su interior. Una vez, sin embargo, cuando estuvo muy enferma, permitió que una amiga lo abriera, y allí encontró solo un pequeño trozo de papel que llevaba escritas las palabras: «A quien, sin haberlo visto, amo». Esto contaba toda la historia. Su amor por el Cristo no visto era el secreto de aquella vida hermosa que tanto había impresionado a sus amigos.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: the secret
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.