Horas devocionales con la Biblia — volumen 7

El segundo milagro en Caná y la fe del padre

Un padre angustiado viaja hasta Caná buscando a Jesús para sanar a su hijo moribundo. Cristo sana a la distancia y confirma que toda su palabra se cumple fielmente para quienes creen.

"Otra vez visitó Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había allí un noble cuyo hijo estaba enfermo en Capernaum." Después de salir de Sicar, Jesús parece haber ido de inmediato a Caná. Nunca descansaba. Cuando su obra terminaba en un lugar, se apresuraba a ir a otro. Nunca estaba apresurado, nunca alterado, nunca febril en su prisa; pero tampoco holgueseaba ni perdía un solo instante. Si mantenemos el corazón en paz y vivimos según las leyes de Dios, hay poco peligro de dañar nuestra salud por trabajar demasiado. Entonces, aun cuando el deber exija un trabajo arduo y un esfuerzo lleno de renuncia a uno mismo, es semejante a Cristo no rehuirlo. "Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá." Cuidarse en exceso es precisamente el modo de sacar el menor provecho de la propia vida.

Jesús no fue una excepción a la conocida regla de que "el profeta no tiene honra en su propia tierra." Es un dicho común que nadie es héroe para su propio siervo. Quienes viven en trato familiar con los grandes o los buenos son los menos propensos a reconocer en ellos los rasgos de grandeza o de bondad. Muchos de los hombres cuyos nombres brillan en la galaxia de la fama, y cuya obra vive en el mundo con influencia inmortal, tuvieron poca honra entre quienes caminaban a su lado, y quizá tendrían poca honra hoy si regresaran a vivir en aquellas antiguas relaciones. A menudo dejamos de reconocer la verdadera excelencia de nuestros mejores amigos mientras están con nosotros. No es sino hasta que ella ha salido de un hogar cuando se valora de verdad el worth de una madre. Lo mismo sucede con cada miembro de la casa y con cada amigo en quien nos apoyamos mucho y cuya vida significa mucho para nosotros. Jesús caminó entre la gente de Judea, enseñó, realizó sus milagros y vivió su dulce y hermosa vida de amor en medio de ellos; pero no supieron reconocer en Él al Mesías. "En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (1:10, 11). Corremos el peligro, en estos mismos días, de no valorar las bendiciones del cristianismo, porque nos resultan demasiado familiares.

La enfermedad y el sufrimiento están por todas partes. Nadie está exento de ellos. Ni siquiera las mansiones de los nobles están a salvo de las invasiones de la enfermedad. No hay encanto alguno en la riqueza, el rango o el poder que mantenga alejada la fiebre. A la casa de este noble llegó el sufrimiento. Era además solo un niño el que estaba enfermo. Incluso a los más pequeños llega la enfermedad, lo mismo que a los ancianos.

Muchas veces la aflicción envía a Cristo a quienes no habrían ido si la aflicción no los hubiera tocado. Fue la enfermedad del hijo del noble lo que lo envió a Jesús. Había oído hablar del gran Sanador, pero probablemente nunca lo había buscado, ni siquiera pensado en buscarlo. Pero cuando su niño fue derribado y parecía a punto de morir, recordó lo que había oído acerca de Jesús: que Él era capaz de sanar a los enfermos e incluso de devolver la vida a quienes estaban al borde de la muerte. Así que este gran hombre se apresuró a recorrer toda la larga distancia hasta Caná para encontrar a ese Sanador. Todos le debemos mucho más de lo que imaginamos a nuestras aflicciones. No reconocemos nuestra necesidad de ayuda divina hasta que nos hallamos en alguna angustia profunda, cuando la ayuda humana nada puede hacer por nosotros. Entonces nos volvemos a Dios. Si nunca tuviéramos conciencia de nuestra pecaminosidad, nunca buscaríamos a Cristo como Salvador. Si nunca reconociéramos nuestra impotencia en medio de la tentación, nunca recurriríamos a Él como nuestro auxilio. En verdad, la Biblia se vuelve para nosotros un libro nuevo en tiempos de angustia. Muchas de las mejores cosas que contiene nunca las habríamos descubierto si no hubiera sido por alguna gran necesidad que hizo real su significado. No acudimos a Dios con los anhelos del corazón hasta que reconocemos la insuficiencia de las amistades y bendiciones de este mundo.

El niño parecía a punto de morir. El relato dice que "estaba a punto de morir." El punto de la muerte es un punto al que todos debemos llegar en algún momento de nuestra vida. Debemos pasar por este mundo por muchos caminos distintos, pero cada uno de nosotros llega al fin al punto de la muerte. Todos los caminos terrenales pasan por allí. No importa cuán luminoso sea el sendero por el que caminan ahora nuestros pies, en algún punto de él, quizá aún muy lejos, quizá más cerca de lo que creemos, aguarda ese punto de la muerte. Debemos aprender a vivir de tal manera que, si a alguna hora repentina nos encontramos frente a la muerte, no estemos turbados ni perturbados.

En la súplica ferviente de este noble tenemos una revelación del corazón de un padre. Él clamó: "Baja antes que mi hijo muera!" No valoramos el amor del padre como un impulso en este mundo. El secreto que envía cada día a miles de hombres a sus tareas, a sus luchas, a sus heroicidades, está en los hogares de los que provienen, donde habitan los hijos. Idealizamos el amor de la madre, no en exceso, pero quizá a veces hasta excluir o al menos olvidar el amor del padre, que apenas es un motivo menos poderoso para inspirar las cosas nobles de la vida humana. La enfermedad de un hijo envió a este noble a muchos kilómetros de distancia a suplicar a Cristo.

Había también una gran fe en el corazón del padre: creía que Jesús podía salvar la vida de su hijo. Parece, sin embargo, que no pensaba que ni siquiera el Maestro, con todo su poder, pudiera hacer algo sin viajar hasta su casa. Creía necesaria la presencia del Sanador para el despliegue de su poder. Así que insistió en que Jesús fuera con él a su casa, donde su niño yacía moribundo.

Jesús reconoció la fe del padre y le aseguró de inmediato que su hijo se recuperaría. "Vete; tu hijo vive." A más de veinte kilómetros de distancia yacía el niño enfermo, pero el poder de Jesús lo sanó allí con la misma facilidad que si hubiera estado al lado de la cama. La palabra de poder voló por el aire toda aquella larga distancia como un relámpago, y en su lecho de dolor el niño sufriente sintió de pronto un estremecimiento de salud. Un momento después, la fiebre había desaparecido por completo y el niño estaba del todo sano. Este milagro debe traernos mucho consuelo. No podemos ahora llevar a Cristo en presencia corporal a la habitación donde yace nuestro ser querido, pero podemos orar a Él, y Él puede sanar a nuestro amigo desde su morada celestial con la misma facilidad que si estuviera presente donde el enfermo reposa. También podemos pedir a Dios que bendiga a un amigo nuestro a veinte kilómetros de distancia, o a mil kilómetros, y Él puede hacerlo tan fácilmente como si ese amigo estuviera a nuestro lado cuando oramos.

El padre se apresuró a regresar a casa, y en el camino se enteró de que su petición había sido concedida. "Y cuando ya él iba bajando, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive." Desde aquel día, cada vez que miraba a este niño, el padre recordaría que la vida conservada de su hijo era respuesta a una oración. El niño también sabría siempre que vivía en el mundo porque su padre había pensado en él un día en que estaba muy enfermo, y había ido todo el camino hasta Caná para hablar con Jesús en su favor. Los hijos no saben cuántas bendiciones disfrutan, porque sus padres, maestros, pastores y otros amigos han ido a Cristo por ellos, en los días de su necesidad.

El modo en que fue respondida la oración de este noble causó una profunda impresión en el padre. Comparó las horas y descubrió que el comienzo de la recuperación del niño había sido precisamente en el instante en que Jesús había dicho que el muchacho viviría. Antes ya creía; ahora su fe quedó confirmada. Comprobó que todo era tal como el Maestro había dicho. Hubo muchos otros casos en que las palabras de Jesús fueron puestas a prueba de inmediato y resultaron ser exactamente verdaderas. A la mujer de Samaria le contó toda su vida pasada. A Pedro le dijo que la moneda para pagar el impuesto del templo estaría en la boca del pez. A los discípulos les dijo que encontrarían un pollino atado, y les refirió la conversación que tendrían con su dueño; y todo sucedió tal como Él lo había dicho. A los discípulos les dijo también que encontrarían a un hombre que llevaba un cántaro de agua, quien los conduciría al aposento; y las palabras se cumplieron.

De estas ilustraciones en la vida común aprendemos que toda palabra de Cristo será hallada verdadera. Él prometió salvación y vida eterna a quienes crean en Él, y todo el que cree y le entrega su vida encontrará esta promesa cumplida. Dijo que en la casa de su Padre hay muchas moradas, y que Él vendrá otra vez para recibir consigo a cada creyente; hallaremos esta palabra verdadera. Cuando pasemos por el valle de las sombras, nos encontraremos bajo el cuidado personal de Cristo, y seremos conducidos por Él al hogar, para entrar en la morada que nos ha estado preparando.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Second Miracle at Cana

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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