Los fariseos estaban tan enfurecidos contra Cristo que, ahora que él estaba en Jerusalén, buscaban con ahínco hallar alguna acusación contra él o contra sus discípulos. Los observaban especialmente el día de reposo; y ahora creían haberlos sorprendido en una falta, porque los vieron arrancar espigas, frotarlas con las manos, como nos informa Lucas, y comerlas mientras pasaban por unos sembrados camino de la sinagoga.
La ley de Moisés declaraba expresamente que se podían arrancar espigas o uvas al pasar por los sembrados o viñas, y comerlas mientras se iba de camino, aunque no se podía llevar nada consigo. Sin duda los fariseos no podían pensar de veras que estaba mal en los discípulos satisfacer su hambre; pero no hay tontería tan grande que la malicia no diga contra el objeto de su odio. ¡Qué acusaciones triviales y absurdas se han levantado en todo tiempo contra el pueblo de Dios! Es una gran prueba para los seguidores de Cristo saber que son objeto de crítica y blanco de calumnia. Algunos se abstienen de profesar religión por temor a que su conducta sea ridiculizada y a que se les culpe aun siendo inocentes. Pero ¿por qué ha de alarmarles esta perspectiva? Los reproches dirigidos contra ellos se dirigen en realidad a su Maestro. ¿No es un honor participar de su oprobio? ¡Ojalá nuestros enemigos nunca hallaran mayor causa para culparnos que la que tuvieron los fariseos en esta ocasión para culpar a los discípulos de Cristo! Entonces ciertamente resplandeceríamos como hijos de Dios, sinceros e irreprensibles. ¡Con qué mansedumbre el Señor Jesús defendió a sus discípulos! No devolvió injuria por injuria, sino que argumentó suavemente con sus enemigos. Su ejemplo debe llevarnos, cuando seamos atacados injustamente, ni a dar una respuesta airada ni a guardar un silencio sombrío, sino a procurar, con espíritu apacible, convencer a nuestros oponentes con argumentos poderosos.
Estos fueron los argumentos que Jesús presentó. Dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David?». ¿No hemos leído lo que hizo David? Huyendo una vez de Saúl, fue vencido por el hambre en Nob, donde estaba entonces el tabernáculo. En el tabernáculo había una mesa sobre la que se colocaban cada reposo doce panes, llamados panes de la proposición, los cuales, al ser retirados, eran comidos por los sacerdotes. Sin embargo, los sacerdotes dieron a David aquel pan sagrado, porque no tenían otro que darle; y obraron bien al hacerlo, y aun los fariseos, al oír la historia, nunca habían censurado a David por comerlo. Este fue uno de los argumentos del Señor: si David podía comer pan sagrado cuando tenía hambre, ¿no podían los discípulos arrancar espigas en un día sagrado cuando tenían hambre?
Otro argumento fue éste: los sacerdotes hacían mucho trabajo el día de reposo en el templo; mataban animales y encendían fuego, aunque al pueblo en general le estaba prohibido hacer estas obras en el día de reposo; pero los sacerdotes podían hacerlas cuando servían a Dios en el templo. Jesús se declaró entonces mayor que el templo; porque no sólo Dios habitaba en su cuerpo como en un templo, sino que él era Dios; por tanto, sus discípulos podían realizar cualquier obra mientras le servían. ¡Cuánto debió exasperar y enfurecer a los fariseos esta declaración! Nos enseña que en el día de reposo son lícitas todas las obras que se hacen en el servicio de Cristo. Podemos usar animales en su servicio y para el adelanto de su reino. Podemos recolectar dinero para usos sagrados, o darlo. Podemos escribir sobre temas santos o distribuir libros sagrados. Todos estos actos son como los servicios de los sacerdotes en el templo; se hacen en honor de Aquel que es mayor que el templo.
Pero Jesús añadió un argumento más: citó un versículo del profeta Oseas, bien conocido por los fariseos en la letra, pero no en el espíritu: «Misericordia quiero, y no sacrificio». Dios dio el reposo como misericordia, y la misericordia nunca debe olvidarse aquel día para pagar sacrificio o servicio externo. Los hambrientos deben ser alimentados y los enfermos cuidados. Dios no desea que ninguna criatura sufra en ese día. Todo lo necesario para nuestra salud, o para la salud de otros, puede hacerse entonces. Marcos refiere que Jesús añadió: «El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo». El reposo fue dado por Dios al hombre para beneficio de su alma y su cuerpo. Por supuesto, el alma ha de ser lo más atendido, porque es lo de más valor. Si alguna manera de pasar el reposo hace bien al cuerpo pero daña al alma, es una manera cruel y no misericordiosa. El lunes por la mañana deberíamos observar si estamos más inclinados a orar que antes, pues así descubriremos si hemos pasado el reposo como su Señor desearía.
«El Hijo del hombre es Señor del día de reposo». Jesús mostró que era Señor del reposo al cambiar después el día, del sábado séptimo al domingo primero, porque entonces resucitó de entre los muertos. Debemos, por tanto, pensar mucho en aquel día en nuestro Señor resucitado. ¡Cuántas lágrimas se enjugaron cuando los ángeles anunciaron por primera vez: «¡Ha resucitado!»! El gozo entonces sentido jamás pasará. Cada reposo que vuelve nos invita a alegrarnos de nuevo. Fue en el día del Señor que el apóstol Juan oyó una vez una voz que decía: «Yo soy el que vivo, y estuve muerto».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ defends his disciples when falsely charged with the breach of the Sabbath
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.