Cuanto más profundamente leemos la vida y las enseñanzas de nuestro Señor y de sus apóstoles, con mayor claridad aparece que el pensamiento áureo de «amar a los demás» brota del mismo corazón del evangelio. Está incrustado no solo en las Epístolas de Juan, sino en las enseñanzas del Maestro mismo. El amor a Dios es solo un sentimiento vaporoso, una emoción nebulosa, a menos que se manifieste en amor por los hombres.
Nuestro Señor nos dio una imagen del juicio final que al principio casi nos sobresalta; pues, en vez de hacer de la fe en él mismo o del amor a Dios la prueba de la vida de los hombres, hace que todo dependa, en aquel gran día final, de la manera en que hayan tratado a los demás en este mundo. Quienes han empleado sus dones para alimentar al hambriento, vestir al desnudo, aliviar la angustia del pobre, del preso, del enfermo, son recibidos en el gozo eterno. Quienes han cerrado sus manos y sus corazones, permitiendo que la necesidad y el sufrimiento humanos queden sin alivio, son a su vez excluidos de la bienaventuranza eterna.
¿Son, pues, los hombres salvados, al fin y al cabo, por las buenas obras? ¡No! El significado de la imagen va más profundo que eso. El verdadero amor por Cristo siempre abre los corazones de los hombres hacia sus semejantes. Hay otro rasgo de la imagen que presenta esta verdad con luz aún más clara. Cristo aparece aceptando todo lo hecho a los necesitados como hecho a él mismo en persona.
«Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí».
Entonces, cuando los justos digan, asombrados: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recogimos, o sin vestidos y te cubrimos? ¿Cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y te visitamos?», el Rey les responderá: «De cierto os digo: en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Mateo 25:34-40.
Tú no lo sabías, pero cada vez que alimentaste a un vecino hambriento, o diste un vaso de agua a un peregrino sediento, o visitaste a un enfermo, o vestiste a un niño huérfano, o realizaste cualquier ministerio de bondad a alguien necesitado, lo hiciste a mí. Es decir, la manera en que Jesús quiere que le sirvamos es sirviendo a quienes necesitan nuestro ministerio. El incienso que él más ama es el que se quema, no en un incensario de oro para desperdiciar su perfume en el aire, sino en los hogares de necesidad para animar algún cansancio humano o consolar algún pesar humano.
Todo el asunto de la consagración práctica resulta muchas veces muy insatisfactorio. Decimos que nos entregamos a Cristo, haciendo una consagración sin reservas de todos nuestros dones y poderes a su servicio. Somos sinceros, y sin embargo no somos conscientes de que en nuestra vida real dejamos totalmente de cumplir nuestros solemnes pactos y honestas intenciones. Puede ayudarnos a sacar nuestra consagración de la región de lo emocional y hacerla real recordar que es un sacrificio vivo lo que debemos hacer de nosotros mismos a Dios; es decir, él no quiere solo cantar himnos, orar y arrobamientos de amor, sino un servicio vivo en su nombre y para él en este mundo asolado.
Los antiguos monjes católicos solían esconderse en desiertos y montañas y en celdas de monasterio, lo más lejos posible del pecado y la necesidad humanos, y pensaban que ese era el tipo de servicio que Cristo quería. A veces se torturaban a sí mismos, laceraban sus cuerpos, ayunaban, vivían en el frío y las tempestades. Algunos habitaban durante años en lo alto de columnas y monumentos, expuestos a la lluvia y la nieve, al calor y a la tormenta, y pensaban que estaban ofreciendo a Dios los sacrificios más aceptables.
Pero no era así. Solo estaban desperdiciando, en ociosos ensueños, inútil sacrificio, sufrimiento vano y horrenda autotortura, los gloriosos dones que Dios les había concedido para ser usados en servir a otros. Solo el sacrificio vivo es agradable a Dios. Le llevamos a sus pies nuestros dones naturales, nuestros poderes o ganancias adquiridos, nuestros dones y bendiciones; y, tocándolos con su bendición, nos los devuelve y dice: «Tomad de nuevo estas cosas y usadlas para mí, llevando gozo, ayuda, consuelo, ánimo o inspiración a quienes os rodean y a los caminos de la vida que necesitan vuestros ministerios».
A medida que leemos aún más profundamente en el corazón de este asunto, descubrimos que Dios no confiere ningún don, poder ni bendición sobre nosotros para nosotros solos.
Tome el dinero. El error del hombre rico en la parábola de nuestro Señor en Lucas 16 no fue que fuera rico. Adquirió su riqueza honradamente. Dios se la dio en cosechas abundantes. Pero su pecado comenzó cuando preguntó: «¿Qué haré con toda esta riqueza? ¿Dónde guardaré todos mis bienes que aumentan de prisa?». Su decisión mostró que vivía solo para sí mismo. No pensó en su relación con Dios, que está por encima, ni con los hombres que lo rodeaban.
«Edificaré graneros más grandes, y allí guardaré mis bienes». En vez de usar su riqueza para bendecir a otros, la atesoraría y la conservaría toda en sus propias manos. El hombre que cumple su misión e ilustra su consagración cuando el dinero le es dado es quien dice: «Este dinero no es mío. Lo he recibido por la bendición de Dios. Me ha honrado grandemente al hacerme su agente para usarlo por él. Es un sagrado depósito, concedido para ser empleado en su nombre para la bendición de los hombres; ¡debo hacer con él justamente lo que Cristo mismo haría si estuviera aquí en mi lugar!».
O tome el conocimiento. La educación, en una vida consagrada, no ha de buscarse por sí misma, sino para que por ella seamos capacitados para hacer más por el bien o el gozo de otros. Cada nueva lección en la vida, cada nuevo incremento de nuestro conocimiento, cada nueva experiencia, se emplea legítimamente solo cuando se vuelve enseguida hacia algún canal de ayuda personal a otros. Alguien tiene el don de la música, y sabe cantar o tocar bien. La clase de consagración que Cristo quiere de este don es su uso para hacer bien a otros, para hacerlos más felices o mejores, para poner canciones en corazones silenciosos y gozos en corazones tristes. De todos los dones, no hay quizá ninguno capaz de un ministerio más divino que el don del canto.
«Dios envió a sus cantores a la tierra, con cantos de tristeza y de alegría, para que tocaran los corazones de los hombres y los volvieran a llevar al cielo otra vez».
Una joven sabe leer bien. Si quiere llevar a cabo el espíritu de su consagración a Cristo, debe emplear su don de la lectura en dar felicidad y provecho a otros. Puede alegrar muchas horas vespertinas en su propio hogar leyendo en voz alta a los seres amados que se reúnen en torno al hogar. O puede hacer una obra aún más cristiana buscando a los ancianos de ojos apagados, a los pobres que no saben leer, o a los enfermos en sus cámaras solitarias, y leyéndoles en voz baja y con ternura palabras de consuelo, instrucción y amor divino.
Tome las bendiciones de la experiencia espiritual. Hay una frase admirable en una de las cartas de Pablo. Está agradeciendo a Dios por el consuelo que le había dado en alguna pena, y dice: «Bendito sea el Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar a los que están en cualquier tribulación, con el mismo consuelo con que nosotros somos consolados por Dios». Es decir, Pablo alababa a Dios no solo porque él mismo había sido consolado, sino porque el consuelo que se le había dado en su pena le daba un poder añadido con el cual consolar a otros.
Era una gran cosa sentir el calor del amor de Dios irrumpiendo en su corazón, la luz de su rostro derramándose sobre su alma, y su bendita paz deslizándose en su pecho. Pero la experiencia personal de Pablo del gozo de ser así consolado quedó enteramente sepultada en la alegría del otro pensamiento: «¡Ah! Ahora puedo ser un mejor predicador para los atribulados. ¡Puedo llevar más consuelo a los que lloran! ¡He obtenido un nuevo poder de ayuda con el cual servir a mis semejantes! ¡Puedo hacer más en adelante para enjugar lágrimas y poner canciones en el corazón de otros!». Por esto agradecía a Dios, no porque el consuelo de Dios le hubiera sido impartido, aunque eso era un gran gozo, sino porque ahora tenía algo que nunca antes había tenido con qué hacer el bien y derramar bendiciones a otros. Su mayor alegría no era que Dios hubiera encendido una nueva lámpara en su alma para derramar sus rayos celestiales sobre su propia pena, aunque eso era motivo de profunda alabanza, sino que ahora tenía una nueva lámpara para llevar a otros hogares oscurecidos. ¡Qué sublimidad de utilidad! Y sin embargo esa es la verdadera manera cristiana de recibir consuelo y todo don y bendición espiritual. Esa es la verdadera idea de la consagración.
«Cuando te hayas arrepentido», dijo el Maestro a Pedro, «confirma y fortalece a tus hermanos». Su significado era que un nuevo poder de ayuda personal habría de venir a él a través de su triste experiencia, el cual debía usar para fortalecer a otros frente a la tentación. Entonces, cuando hubo pasado por aquella noche terrible, cuando fue levantado de nuevo, cuando se arrastró de vuelta a los pies de su Señor resucitado y fue perdonado y restituido, tuvo doble motivo de gratitud: que él mismo había sido salvado de un naufragio sin esperanza y restaurado, y, más aún, que era ahora un hombre mejor, preparado, en un sentido más alto que antes, para ser un apóstol y un amigo paciente y servicial para otros en prueba semejante.
Considere luego la experiencia aún más admirable de la propia tentación de nuestro Señor. Ciertamente él soportó por su propio bien, a fin de llegar a ser Conquistador y Señor de todo, y de ser «perfeccionado por medio del sufrimiento». Pero lo que las Escrituras aman detenerse a contemplar como la razón principal por la que fue llamado a pasar por la tentación, fue que por ella pudiera ser capacitado, por sus propias experiencias, para ser a su pueblo un Amigo y Salvador compasivo y servicial.
El significado de todo esto es que debemos recibir incluso nuestros dones y bendiciones espirituales, no solo como meras pruebas del amor y la bondad de Dios hacia nosotros, sino también como nuevos poderes con los cuales hemos de servir a nuestros semejantes. Es fácil ser egoísta incluso en la región de nuestra vida espiritual más sagrada. Podemos querer consuelo solo para ser consolados nosotros mismos. Podemos desear altos logros en la vida cristiana por sí mismos, sin ningún deseo de ser por ellos mayores bendiciones para el mundo. Pero cuando buscamos de esta manera, podemos no recibir. Aun en las cosas espirituales, el egoísmo restringe el flujo divino hacia nosotros.
A Dios no le gusta conferir sus bendiciones donde serán atesoradas o usadas con egoísmo. Le gusta poner sus dones mejores en las manos de quienes no los guardarán en graneros, ni los doblarán en pañuelos para esconderlos, sino que los esparcirán. Pone sus canciones en los corazones de quienes las volverán a cantar. Este es el secreto de aquella promesa de que al que tiene se le dará, y de aquella otra palabra de Cristo poco comprendida, poco creída y poco practicada: «Más bienaventurado es dar que recibir».
La bendición del cielo no viene sobre el recibir, sino sobre el dispensar. No somos bendecidos en el acto de tomar, sino en el acto de volver a dar. Las cosas que tomamos para guardarlas solo para nosotros se marchitan en nuestras manos. Los hombres son buenos y grandes ante Dios, no en la medida en que atesoran en sus manos y corazones los abundantes dones de Dios, ya sean temporales o espirituales, sino en la medida en que su acopio aumenta su utilidad y los hace mayores bendiciones para otros.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Service of Consecration
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.