La vida de Cristo para cada día

El siervo que no supo perdonar

Cuán odioso parece el siervo que, tras recibir inmensos beneficios de su señor, sale y trata con dureza a su consiervo. Pero este no hace sino reflejar débilmente al pecador que se niega a perdonar.

¡Cuán odioso parece aquel siervo que, después de haber recibido tan excedidos beneficios de su señor, salió y obró con tanto rigor contra su consiervo! Sin embargo, ese siervo sin sentimientos no ofrece más que un débil retrato del pecador que no perdona. Pues ¿cuál era la obligación que él había recibido, comparada con la que tenemos para con Dios! Su señor le había perdonado una deuda de diez mil talentos; pero no se nos dice que, para hacerlo, su señor hubiera tenido que realizar sacrificio alguno doloroso. En cambio, antes de que nuestro Señor pudiera perdonarnos, fue constreñido por su propia santidad a encontrar una expiación por nuestros pecados, y esa expiación fue la sangre de su Hijo. Ahora bien, si después de haber recibido este regalo saliéramos y conserváramos deliberadamente cualquier sentimiento poco amable contra quienes nos han ofendido, ¡cuán grande sería nuestra culpa!

Debemos recordar también cuán infinitamente mayor es la deuda que tenemos con Dios que cualquier deuda que nuestros semejantes puedan tener con nosotros. En la parábola, la desproporción es inmensa: dos millones de libras en un caso y tres libras en el otro, según los cálculos de algunos; pero hay aún mayor disparidad entre nuestra deuda para con Dios y la del hombre para con nosotros. Consideremos estas dos circunstancias que más agravan las ofensas: la repetición frecuente de ellas y el haberlas cometido tras recibir grandes beneficios. ¿No tienen nuestras ofensas contra Dios estas dos agravantes de manera eminente? ¿Quién puede habernos provocado con tanta FRECUENCIA como nosotros hemos provocado a Dios? Desde nuestro nacimiento hasta este momento no hemos cesado de pecar contra él en pensamiento, palabra y obra; y, con todo, él sigue dispuesto a reconciliarse con nosotros. ¿Quién puede haber recibido de nosotros tales beneficios como los que nosotros hemos recibido de Dios, no solo bendiciones temporales, sino la oferta de vida eterna y el don de su Hijo!

Si tuviéramos una idea más justa de la naturaleza y la extensión de nuestras transgresiones contra él, nos avergonzaríamos de pensar en los pecados de los hombres contra nosotros. Acaso, en nuestras disputas, seamos nosotros los más culpables y debamos realmente más de lo que se nos debe; o aunque hayamos sido tratados ingrata-mente por uno, nosotros mismos podemos haber tratado ingratamente a alguna otra persona, de modo que, en conjunto, nada se nos deba. ¡Cómo calmaría el tumulto de nuestras pasiones si, cuando nos sintamos inclinados a pensar en las injurias recibidas de nuestros semejantes, dirigiéramos nuestra atención a los insultos que hemos dirigido a Dios! Pero quizá no sintamos que Dios ha perdonado esos insultos. Quizá aún nos turbe el temor de su enojo por nuestras transgresiones pasadas. Nada ablandaría tanto nuestros corazones como el sentido de su amor perdonador. Oremos por esta bendita seguridad. Entonces sentiremos la fuerza del mandato del apóstol: «Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros, si alguno tuviere queja contra otro; de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. The parable of the unforgiving servant

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura