Horas devocionales con la Biblia — volumen 7

El testimonio de Juan acerca de Jesús el Cordero de Dios

Juan el Bautista negó ser el Mesías y se humilló para señalar a Cristo como el Cordero de Dios. Su vida nos enseña la belleza de la humildad y el llamado a ser una voz clara que prepare el camino del Señor.

Juan fue un buen testigo. Tuvo una formación singular. Fue criado, no en ninguna escuela con maestros humanos, sino en la escuela de Dios, en el desierto, lejos de los hombres. Por fin salió dispuesto a comenzar su obra. Su predicación tenía un poder tremendo. De cerca y de lejos, la gente acudía en multitudes para escucharlo, y quedaba profundamente impresionada por sus palabras.

El efecto producido por la obra del Bautista fue tan grande, que las autoridades de Jerusalén consideraron necesario enviar una delegación para investigarlo. Ellos afirmaban tener la dirección de los asuntos religiosos de la nación, y deseaban saber el significado de la obra de Juan. Estos hombres preguntaron a Juan: «¿Quién eres tú?» Había entonces una inquietud general, con mucha agitación febril respecto a la venida del Mesías. Se sentía de manera general que ese acontecimiento estaba cercano. La impresión que Juan causó en el pueblo fue tan grande, que muchos pensaron que él podría ser el Mesías. Si Juan hubiera estado dispuesto a ello, podría haber afirmado ser el que había de venir, y habría tenido un gran séquito. Pero su lealtad a la verdad y a su Maestro se lo impidió, y respondó con vehemencia y con dolor ante la sugerencia: «¡No, no! Yo no soy el Mesías.» Pensaron entonces que debía ser algún otro personaje importante: Elías, a quien los judíos esperaban como precursor del Mesías, o «el profeta», es decir, el profeta «semejante a Moisés», prometido y vagamente esperado. Al menos se sentía que este predicador junto al Jordán no era un hombre cualquiera; era un hombre muy grande, y su poder como predicador era asombroso.

La manera en que Juan respondió a estas preguntas mostró la clase de hombre que era. Si hubiera sido débil y ambicioso, habría sentido la tentación de fomentar los pensamientos de la gente acerca de él y de aceptar el homenaje que querían rendirle, y al cual sabía que no tenía derecho. Se retrajo con dolor de toda esa oferta de honor que no le pertenecía, y en cambio dirigió con entusiasmo toda la expectativa y el fervor del pueblo hacia Jesús. Esto reveló en Juan una nobleza digna de su misión. Solo buscaba honrar a Cristo. Se ocultó fuera de la vista, para que nada en él atrajera ningún ojo de su Maestro. Esta es una lección que todos necesitamos aprender.

Cuando se le preguntó de nuevo que dijera quién era en realidad, si no era el Mesías ni uno de los grandes hombres profetizados, dijo que era solamente una voz. No buscaba honor para sí mismo. Había sido enviado con un mensaje que era esencial que el pueblo escuchara, mientras que la personalidad del mensajero carecía de importancia. «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto.»

Así se identificó con una conocida profecía mesiánica; pero en su humildad no le importaba que se conociera su propio nombre. Era solamente una voz, que pronunciaba una palabra para Dios, que entregaba un mensaje divino a los hombres. Es honor suficiente para cualquiera ser una voz: una voz que pronuncia palabras celestiales, palabras de consuelo, aliento o esperanza divinos para los cansados, los desanimados, los solitarios o los quebrantados. Los títulos, los grados y los honores terrenales, que algunos hombres se esfuerzan tanto por alcanzar, son lastimosamente vacíos en comparación con la distinción de ser una voz clara y verdadera que habla los mensajes de Dios a los hombres.

En esta parte de la historia de Juan aprendemos dos hermosas lecciones. Una es el esplendor de la humildad. La humildad es la más encantadora de las virtudes, y sin embargo es la más divina. Nada muestra tan bien la grandeza del Bautista como su humildad al rechazar el honor y la alabanza humanos. La otra lección es que debemos estar seguros de ser verdaderamente una voz, con un mensaje de Dios, en este mundo, hablando con claridad por Dios. Demasiadas vidas no significan nada, no defienden nada, no declaran nada a otros, y no producen ninguna impresión de belleza, de aliento, de santidad. La voz de la vida de Juan se escucha aún en todo el mundo, y el mundo es mejor, más verdadero y más santo gracias a ella. Debemos ser una voz de nota inconfundible, una voz que se escuche adondequiera que vayamos, cuyo sonido haga a los hombres más felices, más fuertes, más valientes, más amables, más semejantes a Dios, y que prepare el camino de Cristo hacia los corazones de los hombres.

El mensaje de Juan era importante. Llamaba a los hombres a preparar el camino del gran que había de venir. «¡Enderezad el camino del Señor!» «En medio de vosotros está uno que vosotros no conocéis. Es aquel que viene después de mí, de quien yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.» Así Juan apartó de sí todo pensamiento y toda mirada, considerándose indigno incluso de prestar este servicio más humilde a Aquel cuyo camino había venido a preparar. De este modo honró a Cristo y lo ensalzó por encima de todos los hombres, como Uno digno de recibir la más profunda adoración y la más alta alabanza. La humildad de Juan no era fingida. Estaba tan consciente de la verdadera gloria de Cristo, que se sentía verdaderamente indigno de realizar aun el servicio más humilde para Él. No importa cuán elevado sea el lugar que uno ocupe, Cristo es infinitamente más alto, y debe ser nuestro gozo servirle de las maneras más humildes.

El testimonio de Juan acerca de Jesús continuó al día siguiente. Estaba entre la multitud cuando un joven se acercaba a él. Señalándolo, Juan dijo al pueblo: «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» Esta fue una declaración clara de que Jesús era el Mesías que había sido anunciado como un cordero llevado al matadero, como el Cordero Pascual, como el sacrificio que expía el pecado. Esta parte del testimonio de Juan acerca de Jesús no debe pasarse por alto. Lo vio como el Cordero de Dios. No basta pensar que el nombre «cordero» se refiere a su gentileza, a su mansedumbre, a su constancia en soportar el agravio. El pensamiento principal del nombre es el de sacrificio. El cordero pascual prefiguraba a Cristo, quien así fue anunciado como el portador del pecado del mundo. Debemos ver a Cristo primero como nuestro Salvador. En el cielo el canto de los redimidos es: «Digno es el Cordero que fue inmolado.» Hasta que lo veamos como Salvador, no puede ser otra cosa para nosotros.

Juan da testimonio también de la unción divina de Jesús como el Mesías. «Vi al Espíritu que descendía del cielo como una paloma, y se posó sobre él.» Este fue un testimonio infalible. Juan no tuvo la menor duda acerca de la mesianidad de Jesús. «¡Yo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios!» En estos días, cuando tantas personas dudan y tratan de sembrar dudas en la mente de otros, es bueno contar con un testimonio como este, que nos afirma positivamente que aquel en quien confiamos como Salvador y Señor es ciertamente el Hijo de Dios. Nos ofrece una roca inconmovible sobre la cual edificar, en la cual hallar refugio.

Cada cristiano debe, primero, ser testigo de Cristo en su propia vida, y segundo, dar testimonio de Cristo en su confesión del bendito Nombre, adondequiera que vaya.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Witness of John to Jesus

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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