Aquellos niños debieron alegrarse en sus días posteriores al recordar que Jesús había puesto sus manos sobre sus cabezas y los había bendecido. A veces, el recuerdo mismo de una mano humana posada sobre la cabeza en la infancia perdura a lo largo de toda la vida, y se convierte en una bendición.
Un cristiano dijo ya avanzados sus días que aún podía sentir el toque de la mano de su madre moribunda sobre su cabeza, cuando ella se despidió de él y le pidió que prometiera seguir a Cristo. Un niño fue llevado al lecho de su padre, y fue «besado y bendecido y entregado a Dios». Durante toda su juventud, cuando se presentaba alguna tentación de hacer el mal, venía el pensamiento: «¡No! No debo hacer esto, porque soy el niño que fue besado y bendecido y entregado a Dios». Cuando, más adelante en la vida, las cargas le oprimían y estaba a punto de ceder a la desesperación, recordaba los actos y las palabras de su padre, y ese recuerdo lo sostenía: «¡No! ¿Acaso no soy el niño que fue besado y bendecido y entregado a Dios?»
En medio de las presiones de la vida, al fin su mente cedió, y pasó años en las sombrías habitaciones de un asilo para enfermos mentales. Y desde allí, en sus momentos de mayor lucidez, escribía a su hija: «Aquí estoy encerrado y muy solo. No tengo a nadie que me cante como tú solías hacerlo: 'Jesús, amante de mi alma', o 'Roca de la eternidad, abierta para mí'. Todo parece muy oscuro y difícil; pero aun así, soy el niño que fue besado y bendecido y entregado a Dios».
Así, durante toda su vida, fue sostenido y fortalecido por el recuerdo de la última bendición de su padre. Si todos los que se han consagrado a Cristo y han sentido su mano puesta sobre ellos recordaran siempre aquel toque santo, ¡cuán puros y verdaderos harían sus vidas!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Children's Friend
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.