Hallamos ahora a nuestro bendito Señor de vuelta en su propia ciudad, Capernaum, y en la casa donde solía hospedarse. Los recaudadores del tributo se presentaron en aquella humilde morada y, viendo a Pedro cerca, le preguntaron si su Maestro pagaría la suma requerida. Este tributo no se pagaba a César, el emperador, sino a los sacerdotes, para los sacrificios del templo. Toda persona mayor de veinte años debía pagar anualmente medio siclo, cerca de un chelín y tres peniques de nuestra moneda. El Señor Jesús, como Hijo de Dios, podría haberse excusado de pagar este tributo para el servicio de su propio Padre, pues los reyes no exigen tributo a sus propios hijos; sin embargo, no quiso usar este privilegio, porque sabía que se le haría motivo de acusación. El mundo habría malentendido sus motivos y habría sospechado de su indiferencia hacia el servicio del templo. Sabía que esta era una ocasión para ejercer su poder milagroso. Sus atributos divinos resplandecieron entonces de modo glorioso. Manifestó su omnisciencia, al describir las circunstancias de cierto pez que nadaba entonces en el lago de Genesaret. Mostró su omnipotencia, al hacer que aquel mismo pez acudiera al anzuelo de Pedro. Mostró también su amor por su discípulo, pues la moneda hallada en el pez era un siclo entero, que bastaría para pagar el tributo de Pedro además del de su Maestro.
Este milagro estaba dispuesto para fortalecer la débil fe del apóstol ante las pruebas cercanas. Era evidente que Aquel que todo lo sabía de un pez insignificante debía prever el modo de su propia muerte; era evidente que Aquel que podía dirigir los movimientos de aquel pequeño animal en las profundidades del mar podía escapar de sus enemigos, si quisiera ejercer su poder todopoderoso.
Y sin duda este milagro debe ser consuelo para todo el pueblo de Dios. Las circunstancias más minuciosas acerca de nosotros son vistas por aquel ojo que discernió el pececillo en el agua; los incidentes más pequeños de nuestra vida son ordenados por aquella mano que llevó el pez al anzuelo de Pedro. ¿Por qué habremos de temer? ¿Qué mal puede alcanzarnos, si pertenecemos a Cristo y confiamos en Él? No sabemos lo que un día traerá consigo, pero Él sí. Podemos, como él, quedar reducidos a nuestra última moneda, pero Él puede proveernos más en el momento necesario. ¿Cómo puede alguno ser tan insensato de no buscar el favor del Gobernador de todo el universo? ¡Qué privilegio pertenecer a su familia! ¡Qué consuelo estar bajo su cuidado paternal!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ pays tribute
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.