La santidad cristiana

El trofeo más grande de Cristo en la cruz

El ladrón penitente demuestra que Cristo es poderoso para salvar hasta lo último. Ningún pecador está demasiado lejos, pero ninguno debe presumir del día de su arrepentimiento.

Uno de los criminales que colgaba allí lo insultaba: «¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!». Pero el otro criminal lo reprendió, diciendo: «¿No tienes temor de Dios, ya que estás bajo la misma condena? Nosotros somos castigados con justicia, porque recibimos lo que merecen nuestros hechos; pero este hombre no ha hecho nada malo». Entonces dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Jesús le respondió: «De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso». Lucas 23:39-43

Son pocos los pasajes del Nuevo Testamento más familiares a los oídos de los hombres que los versículos que encabezan este mensaje. Contienen la conocida historia del «ladrón penitente».

Y es justo y bueno que estos versículos sean bien conocidos. Han consolado a muchas mentes atribuladas; han traído paz a muchas conciencias intranquilas; han sido un bálsamo sanador para muchos corazones heridos; han sido medicina para muchas almas enfermas de pecado; han suavizado más de una almohada de muerte.

Dondequiera que se predique el evangelio de Cristo, estos versículos siempre serán honrados, amados y recordados.

Deseo decir algo sobre estos versículos. Trataré de desplegar las lecciones principales que están destinados a enseñar. No puedo ver el estado mental particular de quienquiera que tenga en sus manos este mensaje. Pero puedo ver en este pasaje verdades que ningún hombre puede conocer jamás demasiado bien. ¡Aquí está el mayor trofeo que Cristo ganó jamás!

1. En primer lugar, aprendemos de estos versículos el poder y la disposición de Cristo para salvar a los pecadores.

Esta es la doctrina principal que se desprende de la historia del ladrón penitente. Nos enseña lo que debería ser música para los oídos de todos cuantos la escuchen: nos enseña que Jesucristo es «poderoso para salvar» (Isaías 63:1).

Pido a cualquiera que diga si pudo haber un caso que pareciera más desesperado y sin salida que el de este ladrón penitente en su momento.

Era un hombre perverso, un malhechor, un ladrón, si no un asesino. Lo sabemos, pues solo tales personas eran crucificadas. Sufría un castigo justo por haber quebrantado la ley. Y así como había vivido perversamente, parecía decidido a morir perversamente, pues al principio, cuando fue crucificado, injuriaba a nuestro Señor.

Y era un hombre moribundo. Colgaba allí, clavado en una cruz, de la cual nunca bajaría con vida. Ya no tenía poder para mover mano ni pie. Sus horas estaban contadas; la tumba estaba lista para él. Solo había un paso entre él y la muerte.

Si alguna vez hubo un alma suspendida al borde del infierno, fue el alma de este ladrón. Si alguna vez hubo un caso que pareciera perdido, ido y más allá de todo rescate, fue el suyo. Si alguna vez hubo un hombre de quien el diablo estaba seguro como suyo, era este hombre.

Pero ved ahora lo que aconteció. Dejó de injuriar y blasfemar como lo había hecho al principio; comenzó a hablar de una manera completamente distinta. Se volvió a nuestro bendito Señor en oración. Pidió a Jesús que se «acordara de él cuando viniera en su reino». Pidió que su alma fuera cuidada, que sus pecados le fueran perdonados y que se pensara en él en otro mundo. ¡Verdaderamente, este fue un cambio admirable!

Y entonces observad qué clase de respuesta recibió. Algunos habrían dicho que era un hombre demasiado perverso para ser salvo, pero no fue así. Algunos habrían imaginado que era demasiado tarde, que la puerta estaba cerrada y que no había lugar para la misericordia; pero resultó no ser demasiado tarde en absoluto. El Señor Jesús le dio una respuesta inmediata, le habló con bondad, le aseguró que estaría con Él aquel día en el paraíso, le perdonó por completo, le limpió a fondo de sus pecados, le recibió con gracia, le justificó gratuitamente, le levantó de las puertas del infierno y le dio un derecho a la gloria.

De toda la multitud de almas salvadas, ninguna recibió jamás una seguridad tan gloriosa de su propia salvación como este ladrón penitente. Recorred toda la lista, del Génesis al Apocalipsis, y no encontraréis a nadie a quien se le hayan dicho palabras como estas: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

Creo que el Señor Jesús nunca dio una prueba tan completa de su poder y voluntad para salvar como en esta ocasión. En el día en que parecía más débil, mostró que era un libertador fuerte. En la hora en que su cuerpo estaba atormentado de dolor, mostró que podía sentir ternura por otros. En el momento en que Él mismo moría, concedió a un pecador vida eterna.

Ahora bien, ¿no tengo derecho a decir: «Cristo es poderoso para salvar hasta lo último a todos los que vienen a Dios por Él» (Hebreos 7:25)? He aquí la prueba. Si alguna vez un pecador estuvo demasiado lejos para ser salvo, fue este ladrón. ¡Y, sin embargo, fue arrancado como un tizón del fuego!

¿No tengo derecho a decir: «Cristo recibirá a cualquier pobre pecador que acuda a Él con la oración de la fe, y no echará fuera a ninguno»? He aquí la prueba. Si alguna vez hubo uno que pareciera demasiado malo para ser recibido, este fue el hombre. Y, sin embargo, la puerta de la misericordia estaba abierta de par en par incluso para él.

¿No tengo derecho a decir: «Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros; no de obras. No temáis, solo creed»? He aquí la prueba.

Este ladrón nunca fue bautizado; no pertenecía a ninguna iglesia visible; nunca recibió la Cena del Señor; nunca hizo obra alguna por Cristo; nunca dio dinero para la causa de Cristo. Pero tuvo fe, ¡y así fue salvo!

¿No tengo derecho a decir: «La fe más joven salvará el alma de un hombre, con tal de que sea verdadera»? He aquí la prueba. La fe de este hombre tenía apenas un día de vida; pero lo condujo a Cristo y lo preservó del infierno.

¿Por qué, entonces, ha de desesperar hombre o mujer alguno, teniendo un pasaje como este en la Biblia? Jesús es un Médico que puede curar los casos sin esperanza. Él puede vivificar almas muertas.

¡Nunca debería desesperar hombre ni mujer alguno! Jesús sigue siendo el mismo ahora que hace mil ochocientos años. Las llaves de la muerte y del infierno están en su mano. Cuando Él abre, nadie puede cerrar.

¿Qué si vuestros pecados son más numerosos que los cabellos de vuestra cabeza? ¿Qué si vuestras malas costumbres han crecido con vuestro crecimiento y se han fortalecido con vuestra fuerza? ¿Qué si hasta ahora habéis odiado el bien y amado el mal todos los días de vuestra vida? Estas cosas son, en verdad, tristes; pero hay esperanza, incluso para vosotros. ¡Cristo puede sanaros, Cristo puede levantaros de vuestra baja condición! El cielo no está cerrado para vosotros. Cristo es capaz de recibiros, si humildemente encomendáis vuestra alma en sus manos.

¿Están perdonados vuestros pecados? Si no es así, os presento hoy una salvación plena y gratuita. Os invito a seguir los pasos del ladrón penitente: venid a Cristo y vivid. Os digo que Jesús está lleno de piedad y de tierna misericordia. Os digo que Él puede hacer todo cuanto vuestra alma necesita. Aunque vuestros pecados sean como la grana, Él puede hacerlos blancos como la nieve; aunque sean rojos como el carmesí, serán como lana. ¿Por qué no habéis de ser salvos vosotros así como otro? Venid a Cristo y vivid.

¿Sois un verdadero creyente? Si lo sois, debierais gloriaros en Cristo. No os gloriéis en vuestra propia fe, vuestros propios sentimientos, vuestro propio conocimiento, vuestras propias oraciones, vuestra propia enmienda, vuestra propia diligencia. Gloriáos solo en Cristo. ¡Ay! Los mejores de nosotros apenas conocemos algo de ese Salvador misericordioso y poderoso. No le exaltamos ni nos gloriamos en Él lo suficiente. Pidamos orar para que veamos más de la plenitud que hay en Él.

¿Procuráis alguna vez hacer bien a otros? Si es así, acordaos de hablarles de Cristo. Hablad a los jóvenes, hablad a los pobres, hablad a los ancianos, hablad a los ignorantes, hablad a los enfermos, hablad a los moribundos: hablad a todos de Cristo. Habladles de su poder y habladles de su amor; habladles de sus obras y habladles de sus sentimientos; habladles de lo que ha hecho por el mayor de los pecadores; habladles de lo que está dispuesto a hacer hasta el último día del tiempo; decídselo una y otra vez. Nunca os canséis de hablar de Cristo. Decidles amplia y plenamente, libre e incondicionalmente, sin reservas y sin dudar: «Venid a Cristo, como hizo el ladrón penitente; venid a Cristo, y seréis salvos».

2. En segundo lugar, aprendemos de estos versículos que, si algunos son salvos en la misma hora de la muerte, otros no lo son.

Esta es una verdad que jamás debería pasarse por alto, y no me atrevo a dejarla sin notar. Es una verdad que resalta claramente en el triste fin del otro malhechor, y con harta frecuencia se olvida. Los hombres olvidan que hubo «dos ladrones».

¿Qué fue del otro ladrón que fue crucificado? ¿Por qué no se volvió de su pecado y clamó al Señor? ¿Por qué permaneció endurecido e impenitente? ¿Por qué no fue salvo? Es inútil tratar de responder a tales preguntas. Contentémonos con tomar el hecho tal como lo encontramos, y veamos lo que está destinado a enseñarnos.

No tenemos derecho alguno para decir que este ladrón fue un hombre peor que su compañero, pues no hay nada que lo pruebe.

Ambos eran claramente hombres perversos; ambos recibían el debido galardón de sus hechos; ambos colgaban al lado de nuestro Señor Jesucristo; ambos le oyeron orar por sus asesinos; ambos le vieron sufrir pacientemente.

Pero mientras uno se arrepintió, el otro permaneció endurecido; mientras uno comenzó a orar, el otro siguió injuriando; mientras uno fue convertido en sus últimas horas, el otro murió como un hombre perverso, como había vivido; mientras uno fue llevado al paraíso, el otro se fue a su propio lugar, el lugar del diablo y sus ángeles.

Ahora bien, estas cosas están escritas para nuestra advertencia. Hay advertencia, además de consuelo, en estos versículos, y es una advertencia muy solemne.

Me dicen claramente que, aunque algunos pueden arrepentirse y ser convertidos en su lecho de muerte, de ello no se sigue en absoluto que todos lo serán. Un lecho de muerte no siempre es un tiempo de salvación.

Me dicen claramente que dos hombres pueden tener las mismas oportunidades de provecho para sus almas, pueden hallarse en la misma posición, ver las mismas cosas y oír las mismas cosas, y, con todo, solo uno de los dos aprovechará, se arrepentirá, creerá y será salvo.

Me dicen, sobre todo, que el arrepentimiento y la fe son dones de Dios y no están en el poder del hombre; y que, si alguno se lisonjea de poder arrepentirse cuando quiera, escoger su propia oportunidad, buscar al Señor cuando le plazca y, como el ladrón penitente, ser salvo al final, puede hallar al cabo que ha sido grandemente engañado.

Y es bueno y provechoso tener esto presente. Hay una inmensa cantidad de engaño en el mundo precisamente sobre este tema. Veo a muchos que dejan que la vida se les escape, totalmente desprevenidos para morir. Veo a muchos que admiten que deberían arrepentirse, pero que siempre postergan su propio arrepentimiento. Y creo que una gran razón es que la mayoría de los hombres supone que puede volverse a Dios cuando le parezca. Tuercen la parábola de los obreros de la viña, que habla de la hora undécima, y la usan como nunca se quiso que se usara. Se detienen en la parte agradable de los versículos que ahora considero y olvidan el resto. Hablan del ladrón que fue al paraíso y fue salvo, y olvidan al que murió como había vivido y se perdió.

Ruego a todo hombre de sentido común que lea este mensaje, que se guarde de caer en este error.

Mirad la historia de los hombres en la Biblia, y ved cuán a menudo son contradichas las nociones que he estado exponiendo. Observad bien cuántas pruebas hay de que dos hombres pueden tener la misma luz ofrecida y solo uno usarla, y de que nadie tiene derecho a tomar libertades con la misericordia de Dios y presumir que podrá arrepentirse cuando le venga en gana.

Mirad a Saúl y a David. Vivieron aproximadamente en la misma época; subieron del mismo rango en la vida; fueron llamados a la misma posición en el mundo; gozaron del ministerio del mismo profeta, Samuel; reinaron el mismo número de años. ¡Y, sin embargo, uno fue salvo y el otro se perdió!

Mirad a Sergio Paulo y a Galión. Ambos fueron gobernadores romanos; ambos fueron hombres sabios y prudentes en su generación; ambos oyeron predicar al apóstol Pablo. Pero uno creyó y fue bautizado, y al otro «no le importaban nada esas cosas» (Hechos 18:17).

Mirad al mundo que os rodea. Ved lo que ocurre continuamente ante vuestros ojos. Dos hermanas con frecuencia asisten al mismo ministerio, escuchan las mismas verdades, oyen los mismos sermones, y, sin embargo, solo una se convierte a Dios, mientras la otra permanece totalmente indiferente. Dos amigos a menudo leen el mismo libro religioso: uno queda tan conmovido que lo deja todo por Cristo; el otro no ve nada en él y continúa igual que antes. Cientos han leído «El progreso del alma» de Doddridge sin provecho; para Wilberforce fue uno de los comienzos de la vida espiritual. Miles han leído la «Vista práctica del cristianismo» de Wilberforce y la han dejado sin alterarse. Leigh Richmond la leyó y se hizo otro hombre. Nadie tiene garantía para decir: «La salvación está en mi propio poder».

No pretendo explicar estas cosas. Solo las pongo ante vosotros como grandes hechos, y os ruego que las consideréis bien.

No debéis malentenderme. No quiero desalentaros. Digo estas cosas con todo afecto, para advertiros del peligro. No las digo para apartaros del cielo. Las digo más bien para atraeros y llevaros a Cristo mientras puede ser hallado.

Quiero que os guardéis de la presunción. No abuséis de la misericordia y compasión de Dios. No continuéis en el pecado, os lo ruego, ni penséis que podéis arrepentiros, creer y ser salvos cuando queráis, cuando os plazca, cuando queráis y cuando escojáis. Siempre pondría ante vosotros una puerta abierta. Siempre diría: «Mientras hay vida, hay esperanza». Pero si queréis ser sabios, no pospongáis nada que toque a vuestra alma.

Quiero que os guardéis de dejar escapar los buenos pensamientos y las convicciones piadosas, si los tenéis. Cultivadlos y alimentadlos, no sea que los perdáis para siempre. Aprovechadlos al máximo, no sea que tomen alas y huyan. ¿Tenéis inclinación a comenzar a orar? Ponedlo en práctica al momento. ¿Tenéis la idea de empezar a servir de veras a Cristo? Poneos manos a la obra al instante. ¿Gozáis de alguna luz espiritual? Procurad vivir conforme a vuestra luz. No juguéis con las oportunidades, no sea que llegue el día en que queráis usarlas y no podáis. No os demoréis, no sea que os hagáis sabios demasiado tarde.

Quizá digáis: «Nunca es tarde para arrepentirse». Respondo: «Eso es muy cierto; pero el arrepentimiento tardío rara vez es verdadero». Y añado que, si posponéis el arrepentimiento, no podéis estar seguros de que os arrepentiréis en absoluto.

Quizá digáis: «¿Por qué he de temer? El ladrón penitente fue salvo». Respondo: «Es cierto; pero volved a mirar el pasaje que os dice que el otro ladrón se perdió».

3. El Espíritu siempre conduce a las almas salvadas por un mismo camino.

Este es un punto que merece particular atención y con frecuencia se pasa por alto. Los hombres miran el hecho general de que el ladrón penitente fue salvo al morir, y no miran más allá.

No consideran los testimonios que este ladrón dejó tras de sí. No observan la prueba abundante que dio de la obra del Espíritu en su corazón. Y estas pruebas deseo trazarlas. Deseo mostraros que el Espíritu siempre obra de una misma manera, y que, ya convierta a un hombre en una hora, como hizo con el ladrón penitente, ya por grados lentos, como hace con otros, los pasos por los que conduce a las almas al cielo son siempre los mismos.

Tratad de que esto quede claro a todo el que lea este mensaje. Quiero poneros en guardia. Quiero que sacudáis la noción común de que hay un camino real y fácil al cielo desde un lecho de muerte. Quiero que entendáis a fondo que toda alma salva pasa por la misma experiencia, y que los principios rectores de la religión del ladrón penitente fueron los mismos que los del santo más anciano que haya vivido jamás.

a. Ved cuán fuerte fue la FE de este hombre. Llamó a Jesús «Señor». Declaró su creencia de que Él habría de tener un «reino». Creyó que Él era capaz de darle vida y gloria eternas, y con esa creencia oró a Él. Mantuvo la inocencia de Él frente a todos los cargos que se le imputaban. «Este hombre», dijo, «no ha hecho nada malo». Otros tal vez pensaron que el Señor era inocente; pero ninguno lo dijo abiertamente sino este pobre moribundo.

¿Y cuándo aconteció todo esto? Aconteció cuando la nación entera había negado a Cristo, gritando: «¡Crucifícale, crucifícale! ¡No tenemos más rey que César!»; cuando los principales sacerdotes y los fariseos le habían condenado y hallado «reo de muerte»; cuando incluso sus propios discípulos le habían abandonado y huido; cuando Él colgaba, desfallecido, sangrando y muriendo en la cruz, contado entre los transgresores y tenido por maldito. ¡Esta fue la hora en que el ladrón creyó en Cristo y oró a Él! Ciertamente, tal fe no se ha visto desde que el mundo comenzó.

Los discípulos habían visto señales y milagros poderosos. Habían visto muertos resucitados con una palabra y leprosos sanados con un toque, ciegos que recibían la vista, mudos que hablaban, cojos que andaban. Habían visto a miles alimentados con unos pocos panes y peces. Habían visto a su Maestro caminar sobre las aguas como por tierra seca. Todos ellos le habían oído hablar como nunca hombre alguno habló y ofrecer promesas de bienes venideros. Algunos tuvieron un anticipo de su gloria en el monte de la transfiguración. Sin duda su fe era «don de Dios», pero aun así tenían mucho que la ayudara.

El ladrón moribundo no vio ninguna de las cosas que he mencionado. Solo vio a nuestro Señor en agonía y en debilidad, en sufrimiento y en dolor. Le vio sometido a un castigo deshonroso, abandonado, escarnecido, despreciado, blasfemado. Le vio rechazado por todos los grandes, sabios y nobles de su propio pueblo, su fuerza seca como un tiesto, su vida acercándose a la tumba (Salmo 22:15; 88:3). No vio cetro, ni corona real, ni dominio externo, ni gloria, ni majestad, ni poder, ni señales de fuerza. Y, con todo, el ladrón moribundo creyó y miró hacia el reino de Cristo.

¿Queréis saber si tenéis el Espíritu? Entonces notad la pregunta que os hago hoy: ¿dónde está vuestra fe en Cristo?

b. Ved qué recto sentido del PECADO tenía el ladrón. Dice a su compañero: «Nosotros recibimos el justo castigo de nuestros hechos». Reconoce su propia impiedad y la justicia de su castigo. No procura justificarse ni excusar su maldad. Habla como un hombre humillado y abatido por el recuerdo de sus iniquidades pasadas. Esto es lo que todos los hijos de Dios sienten. Están dispuestos a reconocer que son pobres pecadores merecedores del infierno. Pueden decir con el corazón lo mismo que con los labios: «Hemos dejado de hacer las cosas que debíamos haber hecho, y hemos hecho las cosas que no debíamos haber hecho, y no hay salud en nosotros».

¿Queréis saber si tenéis el Espíritu? Entonces notad mi pregunta: ¿sentís vuestros pecados?

c. Ved qué AMOR FRATERNAL mostró el ladrón a su compañero. Trató de detener sus injurias y blasfemias y de llevarle a mejor parecer. «¿No temes a Dios?», le dice, «viendo que estás en la misma condenación». ¡No hay marca más segura de gracia que esta! La gracia sacude a un hombre de su egoísmo y le hace sentir por las almas de los demás. Cuando la mujer samaritana fue convertida, dejó su cántaro y corrió a la ciudad, diciendo: «Venid, ved a un hombre que me dijo todo cuanto yo he hecho. ¿No es este el Cristo?» (Juan 4:28-29). Cuando Saulo fue convertido, al instante fue a la sinagoga de Damasco y testificó a sus hermanos de Israel que «Cristo era el Hijo de Dios» (Hechos 9:20).

¿Queréis saber si tenéis el Espíritu? Entonces, ¿dónde están vuestra caridad y vuestro amor por las almas?

En una palabra, veis en el ladrón penitente una obra acabada del Espíritu Santo. Toda parte del carácter del creyente puede rastrearse en él. Tan breve como fue su vida después de la conversión, halló tiempo para dejar evidencia abundante de que era hijo de Dios. Su fe, su oración, su humildad, su amor fraternal son testigos inequívocos de la realidad de su arrepentimiento. No fue penitente solo de nombre, sino de hecho y en verdad.

Que nadie piense, pues, porque el ladrón penitente fue salvo, que los hombres pueden ser salvos sin dejar evidencia alguna de la obra del Espíritu. Considere tal persona bien qué evidencias dejó este hombre, y cuídese.

Es lamentable oír lo que la gente dice a veces de lo que llaman evidencias en el lecho de muerte. Es muy temible observar cuán poco satisface a algunos y cuán fácilmente pueden persuadirse de que sus seres queridos han ido al cielo. Os dirán, cuando su familiar ha muerto y se ha ido, que «hizo tan hermosa oración un día», o que «habló tan bien», o que «sentía tanto sus antiguos caminos y tenía la intención de vivir de modo tan distinto si se recuperaba», o que «no ansiaba nada de este mundo», o que «le gustaba que leyeran y oraran con él». Y porque tienen esto por fundamento, ¡parecen tener una esperanza consoladora de que es salvo! Puede que nunca se haya nombrado a Cristo, puede que el camino de la salvación no se haya mencionado en lo más mínimo. Pero no importa; hubo un poco de charla de religión, ¡y ya están contentos!

No tengo deseo de herir los sentimientos de nadie que lea este mensaje, pero debo y hablaré con llaneza sobre este asunto.

Dígase una vez por todas que, como regla general, nada es tan insatisfactorio como las evidencias en el lecho de muerte. Las cosas que los hombres dicen y los sentimientos que expresan cuando están enfermos y asustados son poco de fiar. A menudo, con harta frecuencia, son fruto del miedo y no brotan del fondo del corazón. A menudo, con harta frecuencia, son cosas dichas de memoria, tomadas de los labios de ministros y amigos solícitos, pero evidentemente no sentidas. Y nada lo prueba más claramente que el hecho bien conocido de que la gran mayoría de las personas que hacen promesas de enmienda en un lecho de enfermo, y entonces por primera vez hablan de religión, si se recuperan, ¡vuelven al pecado y al mundo!

Cuando un hombre ha vivido una vida de ligereza y locura, quiero algo más que unas cuantas palabras amables y buenos deseos para satisfacerme acerca de su alma cuando llega a su lecho de muerte. No me basta que me permita leerle la Biblia y orar a su lado, que diga que «no había pensado en la religión tanto como debiera y que cree que sería un hombre distinto si mejorara». Todo esto no me contenta; no me hace sentir tranquilo respecto de su estado. Está muy bien en cuanto alcanza, pero no es conversión. Está muy bien a su manera, pero no es fe genuina en Cristo. Hasta que vea conversión y fe en Cristo, no puedo ni me atrevo a sentirme satisfecho. Otros pueden sentirse satisfechos si les place, y tras la muerte de su amigo decir que esperan que haya ido al cielo. Por mi parte, prefiero callar y no decir nada. Me contentaría con la menor medida de arrepentimiento y fe en un moribundo, aunque no fuera mayor que un grano de mostaza. Pero contentarse con algo menor que arrepentimiento y fe me parece casi estar al lado de la infidelidad.

¿Qué clase de evidencia pensáis dejar tras de vos acerca del estado de vuestra alma? Seguid el ejemplo del ladrón penitente, y haréis bien.

Cuando os hayamos llevado a vuestra cama estrecha, que no tengamos que ir a cazar palabras sueltas y retazos de religión para tratar de demostrar que fuisteis un verdadero creyente. Que no tengamos que decir con vacilación, el uno al otro: «Confío en que es feliz; habló tan bonito un día, y parecía tan complacido con un capítulo de la Biblia en otra ocasión, y le gustaba tal persona, que es un buen hombre». Hablemos con decision acerca de vuestra condición. Tengamos alguna prueba sólida de vuestro arrepentimiento, vuestra fe y vuestra santidad, de modo que nadie pueda por un momento cuestionar vuestro estado. Confiad en ello: sin esto, los que dejáis atrás no pueden sentir consuelo sólido alguno acerca de vuestra alma. Podemos usar la forma de religión en vuestro entierro y expresar esperanzas caritativas. Podemos reuniros a la puerta del cementerio y decir: «Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor». ¡Pero eso no alterará vuestra condición! Si morís sin conversión a Dios, sin arrepentimiento y sin fe, vuestro funeral será solo el funeral de un alma perdida; ¡más os valiera no haber nacido jamás! Estamos destinados, además, a aprender de estos versículos que:

4. Cuando los creyentes en Cristo mueren, están con el Señor.

Esto podéis deducirlo de las palabras de nuestro Señor al ladrón penitente: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Y tenéis una expresión muy parecida en la Epístola a los Filipenses, donde Pablo dice que tiene el deseo de «partir y estar con Cristo» (Filipenses 1:23).

Diré poco sobre este asunto. Simplemente lo pondré ante vosotros para vuestra propia meditación privada. Para mi mente, está lleno de consuelo y de paz.

Los creyentes, después de la muerte, están «con Cristo». Eso responde a muchas preguntas difíciles que, de otro modo, podrían desconcertar la mente inquieta y ajetreada del hombre. La morada de los santos difuntos, sus gozos, sus sentimientos, su dicha, todo parece respondido por esta simple expresión: están «con Cristo».

No puedo entrar en explicaciones plenas acerca del estado separado de los creyentes difuntos. Es un asunto alto y profundo que la mente del hombre no puede ni abarcar ni sondear. Sé que su dicha queda corta respecto de lo que será cuando sus cuerpos sean resucitados en la resurrección del último día y Jesús vuelva a la tierra. Y, sin embargo, sé también que gozan de un descanso bienaventurado, un descanso del trabajo, un descanso del dolor, un descanso del dolor físico y un descanso del pecado. Pero no por no poder explicar estas cosas deja de estar yo persuadido de que son mucho más felices que nunca lo fueron en la tierra. Veo su dicha en este mismo pasaje: están «con Cristo», y cuando veo eso, veo bastante.

Si las ovejas están con el Pastor, si los miembros están con la Cabeza, si los hijos de la familia de Cristo están con Aquel que los amó y los llevó todos los días de su peregrinación en la tierra, entonces todo debe estar bien, todo debe estar en orden.

No puedo describir qué clase de lugar es el paraíso, porque no puedo comprender la condición de un alma separada del cuerpo. Pero no pido visión más brillante del paraíso que esta: que Cristo está allí. Todas las demás cosas, en el cuadro que la imaginación traza del estado entre la muerte y la resurrección, no son nada en comparación con esto. Cómo está allí y de qué manera está allí, no lo sé. Que yo solo vea a Cristo en el paraíso cuando mis ojos se cierren en la muerte, y eso me basta. Bien dice el salmista: «En tu presencia hay plenitud de gozo» (Salmo 16:11). Fue un dicho verdadero de una niña moribunda, cuando su madre trataba de consolarla describiendo cómo sería el paraíso. «Allí», le dijo, «allí no tendrás dolores ni enfermedad; allí verás a tus hermanos y hermanas, que se te adelantaron, y serás siempre feliz». «¡Ay, madre!», fue la respuesta, «pero hay una cosa mejor que todo, y es que ¡Cristo estará allí!».

Puede que no penséis mucho en vuestra alma. Puede que sepáis poco de Cristo como vuestro Salvador y nunca hayáis gustado por experiencia que Él es precioso. Y, sin embargo, quizá esperéis ir al paraíso cuando muráis. Ciertamente este pasaje es uno que debería haceros pensar. El paraíso es un lugar donde está Cristo. Entonces, ¿puede ser un lugar que vosotros disfrutaríais?

Puede que seáis creyente y, con todo, tembléis ante el pensamiento de la tumba. Parece fría y lúgubre. Sentís como si todo lo que tenéis por delante fuera oscuro, sombrío y sin consuelo. No temáis, antes bien cobrad ánimo con este texto. ¡Vais al paraíso, y Cristo estará allí!

5. La porción eterna del alma de cada hombre está cerca de él.

«Hoy», dice nuestro Señor al ladrón penitente, «hoy estarás conmigo en el paraíso». No nombra ningún período lejano; no habla de su entrada en un estado de bienaventuranza como de algo «lejano». Habla de hoy, «este mismo día en que estás colgado en la cruz».

¡Qué cerca parece eso! ¡Cuán awfulmente cerca trae esa palabra nuestra morada eterna!

Dicha o miseria, dolor o gozo, la presencia de Cristo o la compañía de los demonios, todo está cerca de nosotros. «Solo hay un paso», dice David, «entre mí y la muerte» (1 Samuel 20:3). Solo hay un paso, podemos decir, entre nosotros y el paraíso o el infierno.

Ninguno de nosotros lo realiza como debiera. Es ya hora de sacudir el estado soñoliento de la mente en que vivimos sobre este asunto. Solemos hablar y pensar, incluso de los creyentes, como si la muerte fuera un largo viaje, como si el santo moribundo se hubiera embarcado en una larga travesía. ¡Todo eso es erróneo, muy erróneo! Su puerto y su hogar están cerca, y ya han entrado en él.

Algunos sabemos por amarga experiencia cuán largo y fatigoso es el tiempo entre la muerte de los que amamos y la hora en que los sepultamos fuera de nuestra vista. Esas semanas son las más lentas, tristes y pesadas de toda nuestra vida. Pero, bendito sea Dios, las almas de los santos difuntos son libres desde el mismo instante en que exhalan su último aliento. Mientras nosotros lloramos, y se prepara el ataúd, y se provee el luto, y se hacen los últimos y dolorosos arreglos, los espíritus de nuestros seres queridos gozan de la presencia de Cristo. Están libres para siempre del peso de la carne. Están «donde el impío cesa de molestar, y el cansado reposa» (Job 3:17).

En el mismo instante en que los creyentes mueren, están en el paraíso. Su batalla está librada; su contienda ha terminado. Han atravesado ese lúgubre valle que un día debemos pisar; han cruzado ese río oscuro que un día debemos cruzar. Han bebido esa última copa amarga que el pecado ha mezclado para el hombre; han llegado al lugar donde ya no hay dolor ni lamento. ¡Ciertamente no querríamos que volvieran! No deberíamos llorar por ellos, ¡sino por nosotros!

Nosotros seguimos guerreando, pero ellos están en paz. Nosotros laboramos, pero ellos descansan. Nosotros velamos, pero ellos duermen. Nosotros llevamos nuestra armadura espiritual, pero ellos se la han quitado para siempre. Nosotros aún estamos en el mar, pero ellos están seguros en el puerto. Nosotros tenemos lágrimas, pero ellos tienen gozo. Nosotros somos extranjeros y peregrinos, pero ellos, en cuanto a ellos, están en casa.

¡Ciertamente, mejores son los muertos en Cristo que los vivos! Ciertamente, la misma hora en que el pobre santo muere, está al instante más alto y más feliz que el más alto sobre la tierra.

Temo que haya una vasta cantidad de engaño sobre este punto. Temo que muchos, que no son católicos romanos y profesan no creer en el purgatorio, tienen, no obstante, ideas extrañas en la mente acerca de las consecuencias inmediatas de la muerte.

Temo que muchos tengan una suerte de vaga noción de que hay algún intervalo o espacio de tiempo entre la muerte y su estado eterno. Imaginan que pasarán por una clase de cambio purificador, y que, aunque mueran sin estar aptos para el cielo, ¡al fin serán hallados idóneos para él!

Pero esto es un error entero. No hay cambio después de la muerte; no hay conversión en la tumba; no se da un corazón nuevo después de exhalado el último aliento.

El mismo día en que partimos, nos lanzamos para siempre; el día en que salimos de este mundo, comenzamos una condición eterna. Desde ese día no hay alteración espiritual, no hay cambio espiritual. Como morimos, así recibiremos nuestra porción después de la muerte; como cae el árbol, así ha de quedar.

Si sois un hombre no convertido, esto debería haceros pensar. ¿Sabéis que estáis cerca del infierno? Este mismo día podríais morir; y si murierais fuera de Cristo, abriríais los ojos al instante en el infierno y en tormento.

Si sois un verdadero cristiano, estáis mucho más cerca del cielo de lo que pensáis. Este mismo día, si el Señor os llevase, os hallaríais en el paraíso. La buena tierra de la promesa está cerca de vosotros. Los ojos que cerrasteis en debilidad y dolor se abrirían al instante a un descanso glorioso, tal que mi lengua no puede describir.

Y ahora dejadme decir unas pocas palabras en CONCLUSIÓN:

1. Este mensaje puede caer en manos de algún pecador humilde y contrito. ¿Sois vos ese hombre? Entonces aquí hay ánimo para vos. Ved lo que hizo el ladrón penitente, e haced lo mismo. Ved cómo oró; ved cómo clamó al Señor Jesucristo; ved qué respuesta de paz obtuvo. Hermano o hermana, ¿por qué no habíais de hacer lo mismo? ¿Por qué no habíais también de ser salvos?

2. Este mensaje puede caer en manos de algún hombre del mundo orgulloso y presuntuoso. ¿Sois vos ese hombre? Entonces tomad advertencia. Ved cómo el ladrón impenitente murió como había vivido, y guardáos de que lleguéis a un fin semejante. ¡Oh, hermano o hermana errante, no seáis tan confiados, no sea que muráis en vuestros pecados! Buscad al Señor mientras puede ser hallado. ¡Volveos, volvéos! ¿Por qué habéis de morir?

3. Este mensaje puede caer en manos de algún creyente profesante de Cristo. ¿Sois tal? Entonces tomad la religión del ladrón penitente como medida para probar la vuestra propia. Ved que sepáis algo de verdadero arrepentimiento y fe salvadora, de humildad real y caridad ferviente. ¡Hermano o hermana, no os conforméis con el estándar de cristiandad del mundo! Sed de un mismo sentir con el ladrón penitente, y seréis sabios.

4. Este mensaje puede caer en manos de alguien que está de luto por creyentes difuntos. ¿Sois tal? Entonces tomad consuelo de esta Escritura. Ved cómo vuestros seres queridos están en las mejores manos. No pueden estar mejor. Nunca estuvieron tan bien en su vida como lo están ahora. Están con Jesús, a quien sus almas amaron en la tierra. ¡Oh, cesad de vuestro luto egoísta! Alegráos más bien de que están libres de la tribulación y han entrado en el descanso.

5. Y este mensaje puede caer en manos de algún anciano siervo de Cristo. ¿Sois tal? Entonces ved por estos versículos cuán cerca estáis del hogar. Vuestra salvación está más cerca que cuando primero creísteis. Unos pocos días más de labor y de dolor, y el Rey de reyes enviará por vos, y en un momento vuestra guerra habrá terminado, y todo será paz.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — Christ's Greatest Trophy!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

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