La Misión del Dolor

El trono de la gracia: consuelo para los afligidos

Una invitación a llevar toda aflicción —pobreza, desprecio, pérdida o enfermedad— al trono de la gracia, donde la oración halla consuelo y sostén en Cristo.

TRISTEZA ANTE EL TRONO DE LA GRACIA

«¿Hay alguno entre vosotros afligido? Que ore.»

No podemos malinterpretar ni tergiversar esta exhortación apostólica, ni dudar a quiénes está dirigida con claridad. ¿Hay quienes sufren por pobreza? Ellos son los afligidos. La pobreza, la dependencia y la mortificación son una copa amarga para el corazón orgulloso y egoísta. Ser arrojado a las frías caridades de este mundo insensible es ser un varón de dolores. ¿Hay quienes sufren por el abandono o el desprecio de otros? Ellos son los afligidos. Sus penas quizá nunca se cuenten, sino que permanecen encerradas en su propio pecho; pero son penas tristes y deprimentes. ¿Hay quienes sufren opresión y agravio? Ellos son los afligidos. Tales fueron las aflicciones del salmista cuando Ahitofel lo abandonó y Simei lo maldijo, y Saúl y Absalón sedieron su sangre. ¿Hay quienes sufren imputaciones injustas y falsas invectivas? Ellos son los afligidos. Para una mente honrada, ningún juicio es más severo que el aliento pestilente de la calumnia y el oprobio. ¿Hay quienes sufren desengaños y pérdidas? Ellos son los afligidos. «El rico se marchita en sus caminos.» Su propiedad se pierde en el océano, o es destruida por el fuego, o dañada por un accidente, o arrancada por la deshonestidad y el fraude; y él siente la pérdida. ¿Hay quienes sufren amargas viudeces? Ellos son los afligidos. Dios ha quitado el deseo de sus ojos con un golpe; amante y amigo son apartados, y sus conocidos, a las tinieblas. El hombre va a su morada eterna, y los endechadores rondan por las calles. ¿Hay quienes sufren dolor y enfermedad? Ellos son los afligidos. «Por la mañana dicen: ¡Ojalá fuera ya de noche! Y por la noche: ¡Ojalá fuera ya de mañana!» Son hechos «para poseer meses de vanidad, y noches fatigosas les son señaladas».

Aflicciones como estas claman por alivio. ¿Cuál será? No puedes aliviar la pobreza del pobre, ni revertir la sentencia del abandono y el desprecio, ni detener el brazo de la opresión y la crueldad, ni sellar los labios del calumniador, ni compensar las pérdidas del desafortunado, ni traer de vuelta al difunto desde el sepulcro, ni sanar las dolencias del cuerpo o de la mente. No es consuelo aconsejar a estos hijos del dolor que, ya que es su asignación sufrir, debe ser su asignación soportar. El soportar no alivia ni un solo dolor, y solo abandona la esperanza del alivio. Puedes aconsejarles que olviden sus pruebas; pero la memoria no puede ordenar al dolor que se vaya, mientras el corazón sangre. Puedes aconsejarles que ahoguen sus penas en los afanes del mundo, acudiendo a sus frívolos compañeros y pasatiempos de moda. Pero miserables, miserables consoladores son todos ellos.

Los afligidos deben mirar más alto que el mundo. Deben mirar más allá de los collados eternos de donde viene su socorro. Los hijos del dolor sienten su propia indefensión; ni hay alivio alguno como el que se halla en el trono de la gracia celestial. Lleven sus penas al aposento, al altar familiar y al santuario. Si hasta aquí has vivido una vida sin oración, que tus aflicciones te impulsen a orar, y te instruyan para acercarte al trono a fin de obtener misericordia, y hallar gracia para el socorro en el tiempo de necesidad. Si eres un hombre de oración, que tus aflicciones te impulsen a retirarte del mundo, y a estar mucho a solas con Dios. Allí aprenderás a conocerle más, a amarle más y a confiar en él más. Tu corazón murmurador aprenderá a estar quieto allí; pondrás tu mano sobre tu boca, y dirás: «He aquí, soy vil; ¿qué te responderé?»

El mundo poco sabe la satisfacción que disfrutan los hijos del dolor cuando, en ejercicio de un espíritu filial y por una fe viva en el gran Mediador, tienen comunión con Dios, y se acercan aun a su sede, y llenan su boca de argumentos. Acuden entonces al Ser que puede quitar o santificar sus penas. Él dijo al padre de los fieles: «Yo soy el Dios Todopoderoso; no temas; yo soy tu escudo, y tu grande galardón». Él es el Dios de la creación, de la providencia y de la gracia. Él puede apartar las penas que sienten. Puede levantar al necesitado del muladar, y sentarlo entre príncipes. Puede arrancar a sus enemigos el tributo de afecto y homenaje. Puede cubrirlos con sus plumas, y debajo de sus alas confiarán. Puede esconderlos en lo secreto de su presencia del orgullo del hombre. Puede guardarlos secretamente en un lugar ajeno al aborrecimiento de lenguas. Puede reprender al devorador por amor de ellos, y darles un nombre y un lugar mejor que el de hijos o de hijas. Puede ordenar al destructor que envaine su espada. En cada caso, él quitará las aflicciones del suplicante cuando sea mejor para él que sean quitadas. Y donde no le parezca bien quitarlas, las hará el medio de una santidad más progresiva y un consuelo espiritual. Su gracia será suficiente para estos hijos del dolor, enseñándoles por esta disciplina provechosa a vivir por encima del mundo y andar con Dios. Las aflicciones son para el alma lo que las tormentas y las heladas son para la tierra. Por un tiempo desfiguran el rostro de la naturaleza; nos hablan de su soledad y esterilidad y desamparo; y se siente como invierno mientras cruzamos sus campos; pero preparan el suelo para el verdor y la promesa de la cosecha.

Esta comunión cercana con Dios es también el camino directo para quitar de su pueblo la causa de sus aflicciones. Como ya hemos visto, son como el crisol del refinador. Los endechadores que nunca oran, en lugar de ser mejorados por sus penas, son empeorados. Como Faraón, endurecen su corazón, y se vuelven insolentes y rebeldes. En el día de su adversidad, pecan más rápido y con más fuerza que nunca. Pero no es así con aquellos que, en el tiempo de su tribulación, entran en sus aposentos y cierran las puertas tras ellos. Hallan no solo una mejor disposición bajo sus aflicciones, sino consuelo y sostén presentes. Estos solo Dios puede impartir, e impartirá a los que buscan su rostro. Es un pensamiento dulce que hay un Ser gracioso que tiene acceso a la mente, aun cuando el cuerpo está debilitado por la flaqueza, o atormentado por el sufrimiento de la enfermedad. El dolor tiene un corazón de exquisita ternura– un corazón cuyas mil cuerdas producen armonía o sueltan discordia, según son tocadas por manos humanas o divinas.

«No hay heridas como las que siente un espíritu herido;

ni cura para ellas sino Dios, que las hizo, las sana».

Él solo puede sostener y consolar el alma cuando es abrasada por la tormenta y herida por las saetas de la adversidad. Su voz apacible y delicada alcanza el oído del sufriente en el calabozo, y calma sus temores en el horno ardiente de fuego. «El nombre del Señor es torre fuerte, a la cual corre el justo y está seguro.» Cuando los manantiales del gran abismo se rompen, y las cataratas de los cielos se abren, ellos están seguros, abrigados en el arca. Allí está la promesa: «Clámame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú me honrarás». Los afligidos han confiado en Dios, y al hacerlo nunca han sido avergonzados. Cuando el atroz Herodes decapitó a Juan el Bautista, los discípulos tomaron el cuerpo y lo sepultaron, y «fueron y se lo dijeron a Jesús». Cuando las mujeres en el sepulcro temblaron, una voz vino a ellas, diciendo: «No temáis; vosotras buscáis a Jesús, el que fue crucificado». Cuando el discípulo desterrado cayó como muerto ante la gloria abrumadora de su divino Señor, el Salvador le dijo: «No temas; yo soy el primero y el último; yo soy el que vive, y estuve muerto; y he aquí, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la muerte y del Hades». Las penas de los enlutados no se extienden ante Jesús en vano. Ningún ser en el universo tiene una simpatía más profunda con ellos; «en todas sus aflicciones él fue afligido; el ángel de su presencia los salvó; en su amor y en su compasión los redimió». Cuando estuvo en la tierra, los pobres, los tristes y los miserables en todas partes lanzaban el clamor: «¡Ten misericordia de nosotros, Señor!». Él «tuvo compasión de la multitud»; «tuvo compasión» del hombre endemoniado; «tuvo compasión» de la viuda de Naín. Invita a todos «los que trabajan y están cargados» a venir a él y hallar descanso. No hay nube tan oscura que la luz de su rostro no pueda tornar la sombra de muerte en mañana, ni duelo tan triste que él no pueda dar cánticos en la noche. Él hace más que compadecerse; convierte su luto en gozo. Este es su carácter, este es su oficio; y aunque ahora está ensalzado a la diestra de Dios, es para que «consuele a todos los que se lamentan».

Es la misión del dolor, por tanto, tomar al endechador por la mano, y conducirlo al trono de la gracia celestial. Allí los afligidos hallan consolación; allí «se dará porción a seis, sí, a siete». He aquí, él ora, es el precursor de la presencia divina. Hay señales del favor divino que solo llegan por la oración. Alentadores, muy alentadores son esos rayos del Sol de justicia que así caen sobre la lobreguez y la soledad de la adversidad. Estas aflicciones agudas serían abrumadoras de no ser por el libre acceso al que oye la oración. Podemos soportarlas, si Dios está con nosotros. Pero si no tenemos fe ni esperanza en Dios– si todos nuestros recursos están dentro de nosotros mismos, y todo nuestro refugio en este mundo perecedero, y no tenemos acceso al Padre de misericordias y Dios de todo consuelo– esto es no tener esperanza, y estar sin Dios en el mundo.

Todo hombre sin oración es así impío, así sin esperanza– impío y sin esperanza aun en la prosperidad, mucho más en la adversidad. Su sendero atraviesa un mundo de dolor; es huérfano, y no tiene consolador. Si esas penas tan solo te hacen un hombre de oración, las recibirás con gusto. Decimos entonces de nuevo, con palabras del apóstol: «¿Hay alguno entre vosotros afligido? Que ore». Sean cuales fueren sus conflictos o sus pruebas– que ore. Pida por cualquier cosa, por todo lo que necesita. «Abre bien tu boca, y yo la llenaré. Pedid, y se os dará. Yo soy Dios», todopoderoso. Ve a él diariamente, y vive de su plenitud. Cuanto mayores tus pruebas– más pronto está él para oír; cuanto mayores tus necesidades– más pronto está él para dar. No puedes pedir demasiado, no puedes esperar demasiado de Dios. No puedes medir su munificencia; es un océano sin fondo, que suple las mayores necesidades con la misma facilidad que las menores. Cuanto mayor la bendición, más se complace él en darla. Ve con espíritu de oración, y no encontrarás ningún rechazo gélido. Aunque una mujer olvide a su hijo que amamanta, Dios no olvidará, en el tiempo de su tribulación, a sus endechadores.

«Me parezco solo y abandonado,

oigo bramar la tempestad;

toda puerta está cerrada menos una,

y esa es la puerta de la misericordia».

Fuente y atribución

Autor original: Gardiner Spring

Título original: The Mission of Sorrow — SORROW AT THE THRONE OF GRACE

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Gardiner Spring, publicado originalmente en Grace Gems.

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