Es notable que, aunque los cuatro evangelistas mencionan el suceso de Pedro cortando la oreja del siervo, solo Lucas relata cómo fue sanada. Parece que este milagro fue el último que el Salvador realizó. En cierto sentido fue el más grande. Sin duda el poder del Señor se manifestó con mayor plenitud cuando los muertos resucitaban, pero su gracia se mostró más gloriosamente cuando su enemigo fue sanado. Multitudes lo habían rodeado a menudo, suplicándole con clamores lastimeros que devolviera la vista a sus padres ciegos y la salud a sus hijos enfermos. Pero esta multitud venía, no a suplicar, sino a asaltar. Con todo, el Salvador lleno de gracia sanó incluso a uno de aquella compañía malvada.
¿Qué efecto produjo este acto misericordioso en el corazón de Malco? ¿Es posible que se uniera aquella noche al grito de «¡Crucifícalo!»? ¿Que pudiera ver con crueldad gozosa cómo los clavos atravesaban la mano que había tocado su oreja sangrante? Es posible, aunque esperamos que Malco no fuera culpable de tal ingratitud. El corazón del hombre es tan duro por naturaleza que ninguna misericordia puede ablandarlo. Hay muchos hoy vivos que han recibido liberaciones mayores de la mano de Dios que Malco, y que sin embargo continúan rebelándose contra su Salvador. Hasta que el Espíritu Santo ablanda el corazón, el hombre sigue siendo enemigo de Dios.
¡Cuán ingrata fue aquella multitud con la que Jesús había pasado la última semana de su vida! Pareció sentir su ingratitud cuando dijo: «Todos los días estaba con vosotros enseñando en el templo». ¿Cómo explicar la conducta del hombre hacia el Redentor? Las Escrituras revelan el secreto. Fue Satanás quien primero puso al hombre contra su mejor amigo, y es Satanás quien aún mantiene esta enemistad. Por eso Jesús dijo a sus enemigos: «Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas». Mientras el corazón esté bajo la influencia de Satanás, resiste tanto los juicios más terribles como las misericordias más tiernas. El siguiente hecho es una muestra de esta verdad.
Un joven misionero llamado Félix Carey residía en el imperio birmano. El virrey que gobernaba la provincia donde vivía se distinguía por infligir castigos bárbaros a criminales que habían cometido faltas muy leves. En una ocasión el misionero vio a un pobre hombre suspendido en una cruz con clavos al rojo vivo. Profundamente conmovido por la compasión, fue al palacio a interceder por la liberación del sufrido. Aunque sabía que el virrey había prohibido, bajo pena de muerte, interceder por los criminales, no se dejó disuadir de abogar por la causa del desdichado. Al principio recibió una negativa perentoria, pero siguió suplicando e incluso declaró que no abandonaría el palacio hasta obtener el favor que pedía. Con su insistencia prevaleció. Recibió una orden para la liberación del criminal. Se apresuró a la cruz. El hombre había estado colgado siete horas, y al ser bajado apenas tenía fuerzas para agradecer a su libertador. El misionero lo llevó a su propio hogar y lo cuidó con ternura. En dos semanas el herido pudo sostenerse, y al fin se recuperó por completo. ¿Atendió a las instrucciones de su benefactor? ¿Consagró su vida a su servicio? No; incluso robó al hombre que había arriesgado su propia vida para salvarlo. Las agonías de una cruz no bastaron para arrancar el amor al pecado, ni la tierna compasión que se le había mostrado para plantar el amor a la santidad en su corazón.
¿Podemos suponer que los dolores del infierno harán mejores a las almas perdidas que cuando entraron por primera vez en su morada oscura? ¡Oh, no! El dolor no puede cambiar el corazón. Si Dios liberase a aquellas almas tras mil años de sufrimiento, todavía serían indignas de unirse a los cantos del cielo y de estar en la presencia del Santísimo. ¿Cómo serán mejorados nuestros corazones malos? El Espíritu de Dios, al aplicar la sangre de Jesús, puede quitar toda su dureza. La predicacion del evangelio por sí sola no puede ablandarlos. Si pudiera, aquellos a quienes Jesús enseñaba diariamente no habrían conspirado contra Él. Pidamos al Padre el Espíritu Santo para que nos convierta, si no lo estamos; y si lo estamos, para que nos haga conocer más del amor de Cristo y vivir más para su gloria.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ heals the servant's ear
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.