¿Vio jamás la tierra o el cielo un espectáculo más triste de dolor! En alma y cuerpo, nuestro Señor se sintió tan débil como el agua derramada sobre el suelo. La colocación de la cruz en su cuea le había sacudido con gran violencia, había tensado todos los ligamentos, afligido todo nervio, y más o menos descoyuntado sus huesos. Agobiado con su propio peso, el gran sufriente sentía la tensión aumentar cada momento de aquellas seis largas horas. Su sensación de desmayo y debilidad general era abrumadora; mientras que en su propia conciencia no llegó a ser sino una masa de miseria y desmayo enfermizo.
Cuando Daniel vio la gran visión, describió así sus sensaciones: "No quedó en mí fuerza, pues mi vigor se cambió en corrupción, y no retuve fuerza alguna." ¡Cuánto más desmayado debió estar nuestro Profeta mayor—cuando vio la espantosa visión de la ira de Dios, y la sintió en su propia alma!
Para nosotros, sensaciones como las que nuestro Señor padeció habrían sido insoportables, y una amable inconsciencia habría venido en nuestra ayuda; pero en su caso, Él fue herido, y sintió la espada—¡bebió la copa hasta las heces y gustó cada gota!
¡Oh Rey del dolor! ¡Oh Rey de las heridas—cómo he de afligirme por ti! Al arrodillarnos ante el trono de nuestro Salvador ya ascendido, recordemos bien el camino por el cual lo preparó como trono de gracia para nosotros; bebamos en espíritu de su copa, para que seamos fortalecidos para nuestra hora de pesadumbre siempre que llegue. En su cuerpo natural cada miembro sufrió, y así debe ser en el espiritual; pero así como de todos sus dolores y penas—su cuerpo salió ileso a gloria y poder, así también su cuerpo místico saldrá del horno sin que ni siquiera tenga olor de fuego.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: April 11 — Morning
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.